PARTE 2
Doña Graciela cayó sentada como si las piernas hubieran dejado de obedecerle.
Por primera vez desde que Lucía la conocía, no tenía una frase hiriente preparada. No había burla, ni sonrisa, ni ese tono de señora rica de Las Lomas que usaba para hacer sentir pequeñas a las demás.
El comandante Ocampo colocó la carpeta sobre la mesa baja de la sala.
Dentro había copias del consentimiento de transferencia, el registro del laboratorio, la autorización de descongelamiento y un dictamen preliminar de grafoscopía.
La firma al final decía: Lucía M. Robles.
Solo que Lucía jamás había firmado ese documento.
—Es una imitación buena —dijo el comandante—. Pero no perfecta.
Lucía miró la hoja. La curva de la L era parecida. El trazo largo de Robles también. Quien lo hizo conocía su firma, o la había tenido enfrente muchas veces.
Pero había un detalle que no pudieron copiar.
Desde su primer ciclo de fertilización, la clínica le exigía firmar todos los documentos médicos con sus 2 apellidos completos.
Lucía Marcela Robles Aranda.
El documento falso solo decía Lucía M. Robles.
Doña Graciela tragó saliva.
—Esto es un asunto familiar.
Lucía giró lentamente hacia ella.
—No. Dejó de ser familiar cuando alguien usó mi embrión sin mi consentimiento.
La palabra “mi” le atravesó el rostro a Graciela como una bofetada.
Durante 1 año, esa mujer había presumido a Camila en redes sociales. Fotos con moños rosas, cobijitas bordadas, frases como “Dios premia a las buenas familias” y “Por fin llegó la nieta que merecíamos”. A Fernanda la llamaba “la nuera que siempre soñó”. A Lucía, sin decir su nombre, la describía como “una etapa triste que ya quedó atrás”.
Pero Camila no era la prueba de que Fernanda había ganado.
Camila era la prueba de que Andrés le había robado a Lucía lo último que no había podido quitarle en el divorcio.
El comandante sacó una fotografía.
—Señora Luján, ¿usted acompañó a Fernanda Rivas a esta clínica el día de la transferencia?
—No —respondió ella demasiado rápido.
Ocampo deslizó la foto sobre la mesa.
Era una imagen de la cámara del estacionamiento. El Lexus plateado de Graciela estaba a 2 lugares de la entrada principal.
Fecha y hora exactas.
Día de la transferencia.
Graciela se quedó inmóvil.
—Solo la traje —susurró.
—¿Sabía que iban a usar un embrión de la relación anterior de su hijo?
—Yo sabía que Andrés tenía embriones guardados aquí —soltó ella.
Se arrepintió en cuanto terminó la frase.
Lucía sintió que el piso desaparecía bajo sus pies.
Siempre había sospechado que Andrés no había actuado solo. Él era egoísta, sí. Cobarde también. Pero Graciela era la estratega. La que le dijo que una mujer rota “no servía para formar una familia”. La que invitaba a Fernanda a comer antes de que el divorcio estuviera firmado.
Ahora la verdad empezaba a mostrar su cara.
El director de la clínica, el doctor Raúl Medina, apareció en el pasillo con el rostro pálido.
—Pasemos a mi oficina —dijo—. Ya suspendimos el expediente y notificamos al área legal.
Graciela se puso de pie con dificultad.
—Lucía, escúchame. Esa niña es hija de Andrés.
Lucía no parpadeó.
—También es mía.
Y fue entonces cuando Graciela entendió que la mentira no iba a terminar con una disculpa.
Iba a terminar en tribunales.
PARTE 3