Parte 2
El pasillo detrás del escenario olía a café, cables calientes y flores recién cortadas. Afuera, el público todavía aplaudía. Adentro, el silencio tenía filo.
Santiago dobló la esquina y la vio.
Elena estaba de pie junto a una mesa, guardando unos papeles en una mochila de lona vieja. Mateo y Daniel se quitaban las medallas para no rayarlas, como si aquel oro no los deslumbrara. Se veían tranquilos. No orgullosos. Tranquilos.
Eso fue lo que más hirió a Santiago.
“Elena”, dijo él.
Ella levantó la vista.
No hubo sorpresa en sus ojos.
“Santiago.”
El sonido de su nombre en la boca de ella lo partió en dos. Durante años, él se había imaginado que Elena lloraría si volvía a verlo. Que temblaría. Que le reclamaría con la voz rota. Pero ella lo miraba como se mira una factura vieja que ya fue pagada.
Mateo dio un paso al frente.
“¿Necesita algo, señor Montero?”
Santiago tragó saliva. Esa voz, esa postura, esa forma de proteger a su madre sin levantar la mano, eran un espejo cruel.
“Yo… no sabía”, dijo Santiago, mirando a los dos muchachos. “No sabía que ustedes existían.”
Daniel soltó una risa seca.
“Qué conveniente. Mi mamá le mandó 9 correos, 3 cartas certificadas y un aviso legal cuando nacimos. Usted devolvió todo con la firma de su abogado.”
Elena bajó la mirada a la mochila y cerró el broche.
“Después mandaste decir que si insistía, me acusarías de intentar sacarte dinero.”
Santiago sintió que el piso se movía.
“Yo estaba presionado. Valeria, su familia, la empresa…”
“Tu ambición”, corrigió Elena. “No le pongas apellidos elegantes.”
Mateo sostuvo el trofeo contra el pecho.
“Además, no vino por nosotros. Vino porque perdió el hijo de su esposa.”
La frase cayó pesada.
Santiago quiso acercarse, pero Daniel levantó una mano.
“No dé otro paso.”
“Soy su padre”, dijo Santiago, con la voz quebrada.
Mateo lo miró de arriba abajo.
“Padre fue el vecino que nos llevaba al hospital cuando mi mamá no tenía para taxi. Padre fue el maestro que nos prestaba libros. Padre fue mi mamá, dos veces.”
Elena respiró hondo
“Santiago, no hagas una escena. Ya hiciste una hace 13 años cuando me dejaste sola en una cama de hospital.”
Él se pasó una mano por el rostro.
“Déjame ayudarlos. Puedo pagarles la universidad, una casa, lo que quieran. Estos niños no tienen que vivir limitados.”
Daniel ladeó la cabeza.
“¿Limitados? Acabamos de vencer a todos en el concurso que usted compró para Patricio.”
Antes de que Santiago pudiera responder, se escucharon tacones furiosos en el pasillo.
Valeria apareció con Patricio detrás. Su maquillaje estaba intacto, pero la cara se le había deformado por la rabia.
“¡Aquí están!”, gritó. “Los tramposos y la exmujer resentida.”
Elena no parpadeó.
“Cuida tus palabras, Valeria.”
“¿Tú me vas a dar órdenes? Tú no eres nadie. Una abandonada que apareció con dos niños para colgarse del apellido Montero.”
Daniel sacó una tableta de la mochila.
“Qué curioso que hable de apellidos. Hace 11 minutos, cuando resolvimos el último reto, se activó el archivo público del sistema.”
Valeria frunció el ceño.
“¿De qué habla este mocoso?”
Mateo miró a Santiago.
“El reto final no era solo un problema matemático. Era una llave de verificación. El código estaba basado en un algoritmo de biometría predictiva registrado por Elena Ríos antes de que usted se casara con Valeria.”
Santiago se quedó sin aire.
Elena dio un paso hacia él.
“Creíste que nunca podría demostrar que robaste mi investigación. Creíste que una mujer con dos bebés prematuros no tendría fuerzas para pelear.”
Valeria volteó hacia Santiago.
“¿Qué significa eso?”
Daniel tocó la pantalla.
“Significa que el concurso se transmitió en vivo. Y que el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial, dos notarios y la prensa acaban de recibir el expediente completo.”
El teléfono de Santiago comenzó a vibrar sin parar.
Luego el de Valeria.
Después el de Patricio.
Y cuando la pantalla del pasillo mostró la primera alerta de noticias, Valeria leyó el titular y se quedó blanca.
Parte 3