—Hoy eliges: ella o yo.
Todavía puedo escuchar esas palabras como si hubieran sido pronunciadas hace un minuto y no hace seis meses.
Aquella mañana comenzó como cualquier otra en nuestra casa de Bosques de las Lomas. Mi madre, doña Carmen, estaba sentada en su silla de ruedas frente a la mesa del comedor. El Parkinson avanzado había ido apagando poco a poco la independencia de la mujer fuerte que me había criado sola después de que mi padre murió.
Yo cortaba un bolillo en pedacitos pequeños para que pudiera comer sin atragantarse.
—¿Así está bien, mamá?
—Sí, hija… gracias.
Sus manos temblaban tanto que apenas podía sostener una cuchara.
—Perdóname por darte tanto trabajo.
—No me das trabajo. Eres mi mamá.
Ella sonrió con tristeza.
Antes de que pudiera responder, escuchamos unos pasos firmes acercándose.
Andrés.
Mi esposo.
Entró al comedor ajustándose la corbata mientras revisaba mensajes en su teléfono.
Durante años había aprendido a reconocer cuándo estaba de mal humor.
Y aquella mañana venía peor que nunca.
Observó la mesa.
Las medicinas.
La silla de ruedas.
Las toallas absorbentes.
El desayuno especial.
Y resopló con fastidio.
—¿Otra vez?
No respondí.
—Buenos días, Andrés —dijo mi madre.
—No tienen nada de buenos.
Dejó el teléfono sobre la mesa.
—Estoy harto.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Ahora qué pasa?
—¿Ahora qué pasa? ¿En serio preguntas eso?
Señaló a mi madre.
—Eso pasa.
Mi madre bajó la mirada.
—Andrés…
—No, señora. Déjeme terminar.
—Basta.
—No. Ya me cansé de callarme.
Golpeó la mesa.
Los cubiertos vibraron.
Mi madre dio un pequeño sobresalto.
—Estoy cansado de vivir en un hospital. Estoy cansado de las medicinas. Estoy cansado de los médicos. Estoy cansado de escuchar quejas y ver enfermeras entrar y salir.
—Es mi madre.
—Y yo soy tu esposo.
—¿Y qué quieres que haga?
—Que por una vez pienses en nuestro matrimonio.
Mi madre comenzó a llorar en silencio.
—Yo puedo irme a mi cuarto…
Intentó mover la silla de ruedas.
Pero Andrés sujetó una de las manijas.
—No.
La anciana lo miró confundida.
—Quiero que se quede aquí.
—Suéltala.
—No.
—Andrés.
—Quiero que escuche la decisión de su hija.
Un escalofrío recorrió mi espalda.
—¿Qué decisión?
Él me miró directamente a los ojos.
—Hoy eliges.
—¿Elegir qué?
—Ella o yo.
El comedor quedó en silencio.
Mi madre dejó escapar un sollozo.
—No digas eso…
—Lo digo completamente en serio.
Lo observé incrédula.
—¿Me estás dando un ultimátum?
—Exactamente.
—¿Por cuidar a mi madre?
—Por convertirte en su enfermera de tiempo completo.
—Está enferma.
—Y no es mi problema.
Mi madre comenzó a llorar.
—Perdónenme…
—No tienes que pedir perdón por nada, mamá.
Andrés levantó la voz.
—¡Sí tiene que pedir perdón!
Sentí rabia.
—¿Qué acabas de decir?
—Que destruyó nuestro matrimonio.
—Nuestro matrimonio lo estás destruyendo tú.
—No. Lo destruyó esta situación.
Se acercó.
—La llevas a un asilo hoy mismo o te largas con ella.
—No.
—Entonces toma tus cosas.
—No pienso abandonarla.
—Perfecto.
Sonrió con desprecio.
—Cuando crucen esa puerta no vuelven jamás.
Mi madre lloraba desconsoladamente.
—Yo me voy sola…
—No, mamá.
—No quiero arruinarte la vida.
—Jamás volverás a decir eso.
Andrés soltó una carcajada.
—Mírense.
Lo observé.
Y por primera vez entendí algo.
No estaba frustrado.
No estaba cansado.
Era cruel.
Simplemente cruel.
Entonces ocurrió.
Mi madre intentó mover la silla para retirarse.
Andrés, molesto, la empujó.
Fue un movimiento rápido.
Violento.
Despreciativo.
La silla perdió estabilidad.
Y mi madre cayó al piso.
El golpe resonó por toda la casa.
—¡MAMÁ!
Corrí hacia ella.
Su rostro estaba completamente blanco.
Temblaba.
—Me duele…
—¿Dónde?
—La cadera…
—Tranquila.
Le tomé la mano.
Ella lloraba de dolor.
Entonces levanté la vista hacia Andrés.