Nunca voy a olvidar aquel martes.
El cielo parecía estar enojado con el mundo. La lluvia caía tan fuerte que las coladeras ya no podían tragarse el agua y las calles parecían ríos oscuros. Yo estaba cerrando mi ferretería, bajando la cortina metálica, cuando escuché unos gritos que me hicieron volver la cabeza.
—¡Fuera de aquí! ¡Ya te dije que no te quiero ver en mi propiedad! —gritaba una voz de mujer.
Al otro lado de la calle estaba Doña Elvira.
Todo el barrio la conocía.
Era dueña de una vieja vecindad y tenía fama de ser dura, grosera y completamente incapaz de sentir compasión por nadie.
Pero ni siquiera yo esperaba lo que estaba viendo.
Bajo la lluvia torrencial, Doña Elvira estaba lanzando bolsas, cobijas, ropa y juguetes a la banqueta mojada.
Un osito de peluche cayó en un charco.
Luego una mochila infantil.
Después una caja de plástico llena de ropa.
Y junto a todas esas cosas estaba Lorena.
Sentada en el borde de la acera.
Empapada.
Temblando.
Llorando.
Con sus dos hijos pegados al pecho.
Los cubría con una bolsa negra de basura para protegerlos del aguacero.
El niño mayor lloraba en silencio.
La pequeña tenía los labios morados por el frío.
Corrí hacia ellos.
—¿Qué está pasando?
Lorena levantó la mirada.
Tenía los ojos hinchados.
—Me atrasé dos días… sólo dos días… —sollozó—. Me faltaban doscientos pesos para completar la renta…
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Doscientos pesos?
Ella asintió.
—Le expliqué que mañana me pagaban unos postres que entregué… le rogué que me esperara… sólo un día…
En ese momento Doña Elvira señaló con el dedo.
—¡Y no me arrepiento! ¡Las reglas son las reglas!
—¿La está corriendo por doscientos pesos? —pregunté incrédulo.
—¡Claro que sí!
—Pero tiene niños.
—¡No son mis niños!
La lluvia seguía golpeando el pavimento.
—Señora, tenga un poco de humanidad…
—¿Humanidad? ¿Y quién paga mis recibos? ¿Quién paga mis impuestos? ¿Quién paga mis problemas?
Lorena bajó la cabeza.
—Por favor… déjeme entrar por las cosas de los niños…
—¡No!
—Sólo las cobijas…
—¡No!
—Por favor…
—¡NO!
Y entonces gritó algo que todavía me hierve la sangre cuando lo recuerdo.
—¡A mí no me importan tus chamacos! ¡Mi propiedad no es beneficencia pública! ¡Lárguense a estorbar a otro lado!
Hubo un silencio horrible.
De esos que duelen.
Varias puertas comenzaron a abrirse.
Los vecinos observaban desde los techos, ventanas y entradas.
Todos estaban indignados.
Todos estaban furiosos.
Pero nadie decía nada.
Porque todos le tenían miedo a Doña Elvira.
Entonces ocurrió.
¡BANG!
El estruendo de una cortina metálica hizo temblar toda la calle.
Todos volteamos.
Era Don Julián.
El zapatero.
Sesenta años.
Espalda ancha.
Brazos enormes.
Manos curtidas por décadas de trabajo.
Mandil manchado de pegamento.
Cara de pocos amigos.
Y una mirada que aquel día parecía capaz de partir piedras.
Salió de su taller bajo la lluvia.
Sin paraguas.
Sin prisa.
Caminó directo hacia Doña Elvira.
Ella intentó mantener su actitud desafiante.
—¿Y usted qué mira?
Don Julián metió la mano al bolsillo.
Sacó un billete.
Lo observó unos segundos.
Luego lo dejó caer frente a sus pies.
—Ahí está su miseria.
La mujer parpadeó.
—¿Qué?
—Doscientos pesos.
La calle quedó en silencio.
—Tómelos.
—¿Perdón?
Don Julián dio un paso adelante.
—Agárrelos.
Ella tragó saliva.
—¿Y usted quién se cree para hablarme así?
Entonces llegó la frase que nadie olvidó.
—Ahí está su miseria, señora. Agárrela y tráguesela.
Hasta la lluvia pareció detenerse.
Yo jamás había visto a Doña Elvira quedarse callada.
Jamás.
Pero aquella vez retrocedió.
Porque la voz de Don Julián no sonó enojada.
Sonó peor.
Sonó decepcionada.
—¿Va a humillar a una madre por doscientos pesos?
Doña Elvira intentó responder.
—Es mi propiedad…
—¿Y esos niños qué culpa tienen?
—No es mi problema.
—Pues ya no será problema suyo.
Ella no dijo nada.
Tomó el billete.
Miró alrededor.
Notó que todos los vecinos la observaban.
Y por primera vez vi vergüenza en su rostro.
Sin decir una palabra más, dio media vuelta y se encerró en su casa.