Cuando me casé con él, todos dijeron que había tenido suerte.
“De pasar hambre a vivir en una mansión”, murmuraban las vecinas.
Yo sonreía. Porque, siendo sincera, también pensé que era suerte.
Me llamo Emilia y crecí contando monedas antes de comprar pan. Mi mamá limpiaba casas, mi papá desapareció cuando yo era chica y aprendí demasiado temprano que pedir cosas era un lujo.
Trabajaba en una cafetería desde los diecisiete años. Jornadas largas, zapatos gastados y una cuenta bancaria que siempre estaba vacía.
Lo conocí una tarde lluviosa.
Entró vestido con un saco oscuro que probablemente valía más que todo lo que había en mi departamento. Se sentó solo y pidió café negro.
Le llevé la taza.
—Gracias.
Me sorprendió que me mirara a los ojos.
Volvió al día siguiente.
Y al otro.
Y al otro.
Después empezó a preguntarme cosas.
—¿Siempre trabajás acá?
—Sí.
—¿Y estudiás?
Negué.
—No alcanza.
No hizo comentarios raros. No me ofreció dinero. Solo escuchó.
Se llamaba Tomás.
Tenía una empresa, varias propiedades y una forma tranquila de hablar que me hacía sentir importante.
Empezó a buscarme después del trabajo.
Me llevaba a cenar.
Yo me sentía incómoda mirando los precios.
Él se reía.
—Emilia, no mires eso.
—Es fácil decirlo cuando tenés plata.
Me miró unos segundos.
—Ya no vas a tener que preocuparte por eso.
En ese momento me pareció romántico.
Hoy sé que fue una advertencia.
Todo pasó rápido.
Seis meses después me pidió casamiento.
Mi mamá lloró.
—¿Estás segura?
—Sí.
—Solo acordate de que tener dinero no vuelve buena a una persona.
Me enojé.
Pensé que estaba siendo injusta.
Nos casamos en una ceremonia hermosa. Yo usé un vestido que nunca habría podido imaginar.
Y durante las primeras semanas fui feliz.
Demasiado feliz.
No cocinaba.
No limpiaba.
No pensaba en cuentas.
Tenía ropa nueva.
Dormía tranquila.
Hasta que empezaron las cosas pequeñas.
Una mañana me puse unos jeans viejos para salir.
Tomás me miró.
—¿Vas a usar eso?
Me reí.
—Sí.
—Ya no necesitás vestirte así.
Fui a cambiarme.
No parecía importante.
Después dijo:
—No hace falta que sigas hablando con tus amigas del barrio.
—¿Por qué?
—No tienen tu mismo nivel ahora.
Sentí una incomodidad rara.