El hombre que me desterró durante tres años iba a casarse… y yo solo envié un mensaje
Para “darme una lección”, Adrian Hayes obligó a mi familia a enviarme al extranjero.
Tres años después regresé a casa más delgada, cubierta de cicatrices y con pesadillas que todavía me despertaban de madrugada.
Y el mismo día que bajé del avión descubrí que Adrian iba a casarse.
Mis padres, aterrados de que yo hiciera una escena, prácticamente me encerraron en casa.
Pero aquella noche tomé mi teléfono y escribí un solo mensaje.
“Marcus… he vuelto. Te extraño.”
Durante años todos creyeron que yo estaba obsesionada con Adrian Hayes.
Y tenían razones para pensarlo.
Cuando era más joven, cualquier mujer que se acercara demasiado a él se convertía automáticamente en mi enemiga. Había crecido convencida de que algún día sería su esposa.
Por eso mi madre casi dejó caer la taza cuando me escuchó preguntar tranquilamente:
—¿Adrian se casa con Sophia Lin?
Mi padre evitó mirarme.
—Emma…
—Solo preguntaba.
Me serví agua.
—Voy a terminar unos diseños. ¿Pueden subir la cena después?
Mi madre me observó como si estuviera esperando una explosión.
Pero no ocurrió.
Tres años atrás, Sophia había comido un pastel de mango que yo había preparado para mí misma.
Era alérgica.
Casi murió.
Sophia dijo que yo lo había hecho a propósito.
Yo repetí una y otra vez que jamás le ofrecí aquel pastel.
Nadie quiso escucharme.
Especialmente Adrian.
Todavía recordaba la forma en que me había sujetado del brazo.
—Antes toleraba tus caprichos porque eras joven —dijo con desprecio—. Pero jugar con la vida de alguien es imperdonable.
—¡Ella tomó mi comida sin permiso!
—Discúlpate.
—No.
Dos semanas después estaba sola en otro país.
“Para reflexionar”, dijeron.
Nunca preguntaron qué ocurrió después.
Nunca preguntaron por qué regresé con cicatrices.
Y yo había aprendido algo importante:
A veces dejas de amar a alguien no porque el sentimiento desaparezca… sino porque sobrevivir se vuelve más importante.
Dos días después Adrian apareció en mi casa.
No lo veía desde hacía tres años.
Seguía siendo alto, impecable y frío.
Pero cuando bajé las escaleras, no sentí absolutamente nada.
—Señor Hayes —dije—. ¿Qué necesita?
Por primera vez pareció desconcertado.
—Sophia quiere comprar Starlight.
Me quedé en silencio.
Starlight era el vestido de novia que yo misma había diseñado.
Mi vestido.
El que imaginé usando cuando todavía soñaba con casarme con Adrian.
—Tres millones —respondí.
Él frunció ligeramente el ceño.
—¿Lo venderás?
—Claro.
Subí por el contrato, firmé y se lo entregué.
—Después del pago pueden recogerlo.
Adrian me observó durante varios segundos.
Quizás esperaba lágrimas.
Quizás una súplica.
Quizás a la Emma que conocía.
Pero aquella chica se había quedado enterrada muy lejos de casa.
Firmó, pagó y se marchó.
Días después salí a cenar con mi amiga Chloe.
Fue entonces cuando apareció Sophia rodeada de amigas.
Al verme, sonrió.
—Emma. Gracias por venderme Starlight. Siempre me encantó ese vestido.
Sus amigas soltaron risitas.
—Adrian es increíble —continuó—. Solo mencioné que me gustaba y enseguida fue a buscarlo para mí.
Me estaba provocando.
La antigua Emma habría perdido el control.
Yo simplemente sonreí.
—No tienes que agradecerme. Me pagaron tres millones.
La sonrisa de Sophia se tensó.
Entonces una de sus amigas dijo:
—Supongo que debe doler ver a otra mujer casarse con el hombre que amaste durante tantos años.
La miré.
—No tanto como imaginan.
Y en ese preciso momento mi teléfono vibró.
Un mensaje.
Marcus: “Estoy en la ciudad. Dime dónde estás.”
Sophia alcanzó a ver el nombre.
Su rostro cambió.
Porque todos conocían a Marcus Cole.
Y todos sabían una cosa:
Adrian Hayes podía dominar casi cualquier lugar al que entrara.
Excepto cuando Marcus Cole estaba presente.
Cinco minutos después, un automóvil negro se detuvo frente al restaurante.
La puerta se abrió.
Marcus bajó.
Caminó directamente hacia mí, ignoró a Sophia y al resto del salón, y me rodeó con sus brazos.
—Tres años —murmuró junto a mi oído—. ¿Sabes cuánto tiempo llevo esperando que me llames?
Levanté los ojos.
Y entonces vi a Adrian de pie detrás de Sophia.
Había llegado sin que nadie lo notara.
Su mirada estaba fija en la mano de Marcus alrededor de mi cintura.
Por primera vez en muchos años…
Adrian Hayes parecía haber olvidado cómo respirar.
El hombre que me desterró durante tres años iba a casarse… y yo solo envié un mensaje