PARTE 1
“Te mentí toda la vida, Mariana.”
Mi padrastro me lo dijo en una cama de hospital, con la voz rota, los dedos helados apretándome la mano y los ojos llenos de una culpa que yo jamás le había visto.
Hasta ese momento, yo creía saberlo todo sobre él.
Para mí, Ernesto Robles era el hombre que llegó a mi vida cuando yo tenía 4 años, se casó con mi mamá, me enseñó a andar en bicicleta en una privada de Iztapalapa y se quedó cuando todos estaban seguros de que iba a abandonarme.
Mi papá biológico se había ido antes de que yo pudiera guardar siquiera su cara en la memoria. Mi mamá, Lucía, murió de un aneurisma cerebral cuando yo tenía 5. Una tarde estábamos peleando porque yo había dejado mis zapatos tirados en la sala; al día siguiente, la casa estaba llena de tías llorando, vecinos llevando ollas de mole y gente murmurando en la cocina.
“Ernesto no tiene obligación.”
“No es su sangre.”
“Su tía Gloria puede llevársela.”
Yo escuché todo desde debajo de la mesa.
Esa madrugada, Ernesto me encontró ahí, hecha bolita, con el vestido negro arrugado y la cara pegajosa de tanto llorar.
No me pidió que saliera. No me regañó. Solo se sentó en el piso, junto a mí, como si la mesa fuera una cueva y los dos estuviéramos escondidos del mismo monstruo.
“¿Te vas a ir?”, le pregunté.
Él tragó saliva.
“No.”
“Todos se van.”
“Yo no.”
“Promételo.”
Ernesto metió la mano debajo de la mesa y me ofreció su dedo meñique.
“Te lo prometo, mi niña.”
Y cumplió.
Se quedó cuando pudo haberse ido. Se quedó aunque mis tías lo miraban como intruso. Se quedó cuando tuve fiebre, cuando rompí una ventana jugando futbol, cuando llegué llorando porque una compañera dijo que yo no tenía papá de verdad.
Cada domingo hacía hotcakes de manzana y canela con un cortador metálico en forma de estrella. Eran horribles. Siempre se le quemaban las puntas. Pero yo me los comía como si fueran de restaurante elegante, porque él se sentaba enfrente esperando mi aprobación con esa sonrisa tímida de hombre grandote que no sabía pedir cariño.
Años después, él me llevó al altar. Cuando nació mi hija Camila, lloró más que yo. Le compró una cobijita amarilla y la cargaba con una delicadeza ridícula, como si la bebé fuera de vidrio soplado.
Cada vez que le preguntaba por su vida antes de mi mamá, respondía lo mismo:
“Lo importante empezó contigo, Marianita.”
Yo siempre pensé que era amor.
Nunca imaginé que también era una puerta cerrada.
La enfermedad llegó después de sus 78 años. Primero dejó de ir al mercado. Luego bajó de peso. Después vinieron estudios, especialistas, quimioterapias que no prometían nada y médicos con cara de pésame anticipado.
La última semana dormí en una silla de vinil junto a su cama en un hospital de la colonia Roma. Aprendí el sonido de cada máquina. Sabía cuándo el oxígeno fallaba, cuándo le dolía, cuándo fingía dormir para no verme llorar.
Esa noche, la enfermera me dijo en voz baja:
“Puede ser cuestión de horas.”
Volví a su cuarto con el pecho hecho nudo.
Ernesto abrió los ojos de pronto.
“Prométeme que me vas a escuchar antes de odiarme.”
Sentí que el piso se hundía.
“Yo nunca podría odiarte, papá.”
Él sacó un papel doblado de debajo de la sábana.
“Ve a esta dirección. Ahora.”
“No voy a dejarte solo.”
“Necesito que sepas quién fui antes de que se me acabe el tiempo.”
“Dímelo tú.”
Lloró en silencio.
“Algunas verdades necesitan otra voz.”
Salí al pasillo con el papel temblándome entre los dedos. La dirección quedaba a menos de 20 minutos de la casa donde él me había criado.
Y mientras manejaba por calles casi vacías, empecé a imaginar lo peor: otra familia, una esposa escondida, un hijo abandonado, una mentira tan grande que pudiera destruir al único padre que yo había tenido.
Cuando una mujer anciana abrió la puerta y me vio la cara, se llevó la mano a la boca.
“Mariana”, susurró, como si hubiera visto regresar a una muerta.
Entonces supe que lo que venía no iba a parecerse a nada de lo que yo había imaginado.