Parte 1
—Abuelito, no te cases con ella… le pegó a mi mamá cuando tú no estabas.
Don Ernesto Aguilar se quedó inmóvil en medio del pasillo del hotel, a 10 minutos de entrar al salón donde 120 invitados lo esperaban con música de mariachi, flores blancas y copas listas para brindar.
Su nieto Mateo, de apenas 3 años, le apretaba la mano con una fuerza extraña para un niño tan pequeño. Traía un traje gris que le quedaba grande, los zapatos mal amarrados y el moñito torcido bajo la barbilla. Pero no estaba jugando. No estaba haciendo berrinche. Sus ojitos cafés miraban hacia la puerta del tocador de la novia con un miedo que le heló la espalda al viejo.
Ernesto se agachó frente a él.
—¿Quién le pegó a tu mamá, campeón?
Mateo levantó un dedo tembloroso y señaló al fondo del corredor.
Ahí estaba Patricia.
La mujer con la que Ernesto iba a casarse esa tarde.
Patricia Robles, elegante, peinada como artista de revista, vestida con encaje marfil y sonrisa perfecta, reía junto a 2 damas de honor mientras el fotógrafo acomodaba su velo. Parecía tranquila, dulce, intocable. La misma mujer que durante 2 años le había llevado café a su oficina, que le preparaba caldo cuando se enfermaba, que decía amar a su familia como si fuera propia.
Ernesto sintió que el ruido del hotel se apagaba.
Su hija Lucía no había llegado a la ceremonia. Esa mañana le mandó un mensaje diciendo que tenía migraña y que quizá llegaría tarde. Patricia le había dicho que Lucía estaba resentida porque él volvía a casarse 6 años después de enviudar.
—Tu hija no me acepta, Ernesto —le decía Patricia—. Pero yo voy a tener paciencia. El amor también necesita tiempo.
Ernesto había querido creerle.
Ahora Mateo se escondía detrás de su pierna como si Patricia fuera un animal suelto.
—¿Dónde está tu mamá? —preguntó Ernesto en voz baja.
—Con la tía Tere —susurró Mateo—. Mamá dijo que no viniera con ella.
Ernesto tragó saliva.
Lucía debía estar en su departamento de la Narvarte, descansando. Teresa, la hermana menor de Ernesto, vivía en Coyoacán. Nada encajaba.
—¿Tu mamá te dijo algo más?
Mateo miró hacia Patricia otra vez. Luego metió su manita dentro del bolsillo del saco. Sacó una memoria USB negra, chiquita, raspada de una esquina.
—Me dijo que si ella se dormía mucho, te diera esto.
A Ernesto se le aflojaron las rodillas.
Antes de poder preguntar más, Patricia volteó. La sonrisa se le borró por medio segundo. Después caminó hacia ellos con esa dulzura fabricada que siempre usaba cuando había gente cerca.
—Ernesto, amor, ya están tocando la entrada. Todos preguntan por ti.
Mateo retrocedió otro paso.
Ernesto guardó la USB dentro del saco.
—Necesito 5 minutos.
Patricia miró al niño.
—¿Qué te dijo Mateo?
—Cosas de abuelo y nieto.
—No es momento para juegos —respondió ella, todavía sonriendo, pero con la mandíbula rígida—. Hay invitados, hay prensa local, está tu socio del corporativo. No puedes dejarme parada ahí.
—Dije 5 minutos.
Patricia lo observó como si intentara leerle el pensamiento. Luego acercó la mano para tocarle el brazo, pero Mateo soltó un gemido y se escondió más.
—Mateo está cansado —dijo Ernesto—. Ve al salón.
Patricia no se movió.
—Ernesto…
—Ve al salón.
La voz de él salió tan firme que las damas de honor dejaron de fingir que no escuchaban.
Ernesto llevó a Mateo al cuarto donde se había cambiado. Cerró con seguro. Encendió su laptop con dedos torpes. La memoria abrió una sola carpeta.
PATRICIA.
Había capturas de mensajes, estados de cuenta, fotos de documentos y un video grabado desde la cocina de la casa de Ernesto.
Abrió el archivo más reciente.
En la pantalla apareció Lucía grabando a escondidas desde el pasillo. La voz de Patricia sonaba clara.
—Te advertí que dejaras de meterte.
—Mi papá tiene derecho a saber lo que estás haciendo —contestó Lucía.
Se escuchó una bofetada. Luego un golpe seco contra la mesa.
Lucía gritó de dolor.
Patricia habló con una calma que no parecía humana.
—Para cuando tu padre entienda, la casa, las cuentas y todo lo que construyó ya van a estar a mi nombre.
Alguien golpeó la puerta del cuarto.
—Ernesto, abre.
Era Patricia.
Mateo se tapó los oídos.
Y Ernesto comprendió que no estaba frente a una novia nerviosa, sino frente a una trampa vestida de blanco, y nadie podía imaginar lo que estaba a punto de ocurrir.
Parte 2