PARTE 2
La sirena de la ambulancia desgarró el silencio de la calle.
Durante el trayecto al hospital, Adrian sostuvo a Liam contra su pecho mientras los paramédicos conectaban cables a su pequeño cuerpo.
Yo permanecí arrinconada, con las manos temblorosas y la mirada fija en el rostro pálido del niño.
Mi niño.
Había imaginado aquel rostro durante cinco años.
En mis sueños tenía diferentes ojos, diferentes cabellos, diferentes sonrisas. A veces corría hacia mí. Otras veces me preguntaba por qué no lo había buscado.
Nunca imaginé conocerlo mientras luchaba por respirar.
—¿Qué tiene? —pregunté.
Adrian no respondió.
—Tengo derecho a saberlo.
Su mirada se clavó en mí.
—Renunciaste a tus derechos.
—¡No estoy hablando de un contrato! Estoy hablando del niño que llevé dentro durante nueve meses.
Liam soltó un débil gemido.
Los dos guardamos silencio.
En el hospital lo llevaron directamente a urgencias. Adrian intentó seguir la camilla, pero una enfermera lo detuvo.
—Señor Cole, debe esperar aquí.
—Soy su padre.
—Y los médicos harán todo lo posible.
La puerta se cerró.
Adrian permaneció mirando el cristal durante varios segundos. Después se dejó caer en una silla y se cubrió el rostro con las manos.
Aquella imagen me desconcertó.
El hombre al que todos temían, el CEO que parecía incapaz de sentir, estaba desmoronándose.
Me senté al otro extremo de la sala.
—¿Desde cuándo está enfermo?
—Desde hace ocho meses.
Su voz era apenas un murmullo.
—¿Qué dijeron los médicos?
—Que podría tratarse de una enfermedad hereditaria. Todavía están haciendo pruebas.
Sentí un frío profundo.
—¿La misma enfermedad que tenías tú?
Adrian asintió.
Entonces entendí.
No había aparecido en mi puerta para castigarme.
Había ido porque Liam necesitaba conocer a su madre biológica.
—¿Por qué no me buscaste antes?
Adrian soltó una risa seca.
—Porque mi madre aseguró que no querías volver a verlo. Dijo que habías pedido dinero adicional para mantenerte lejos.
—Eso es mentira.
—También me mostró una carta firmada por ti.
—Nunca escribí ninguna carta.
Adrian levantó la cabeza.
—Decía que el niño había sido solo un medio para obtener dinero. Que no deseabas conocerlo y que, si alguna vez intentábamos contactarte, revelarías el acuerdo a la prensa.
Me puse de pie de golpe.
—Yo jamás habría escrito algo así.
—Tu firma estaba al final.
—Durante el embarazo me hicieron firmar decenas de páginas sin permitirme leerlas. Eleanor decía que eran documentos médicos.