PARTE 2
Esa noche fingí dormir temprano. Apagué la luz del cuarto, dejé la puerta entreabierta y esperé.
A las once y media escuché los pasos de Doña Teresa hacia el balcón. Hablaba casi en susurros, pero el silencio de la casa hacía que cada palabra se arrastrara hasta mí.
“Diego, no vengas aquí. Te dije que te escondieras unos días. Si Valeria revisa los papeles, nos hundes a todos.”
Me quedé helada detrás de la puerta de la cocina.
Diego tenía veintinueve años y una colección de fracasos que su madre llamaba “proyectos”: una cafetería que cerró en tres meses, una tienda de celulares con clientes furiosos, un bar sin permisos que terminó clausurado. Cada vez que necesitaba dinero, Teresa decía que su hijo solo ocupaba una oportunidad. Mauricio lo defendía. Yo pagaba para evitar pleitos.
Al día siguiente pedí permiso en el trabajo para salir temprano. Me senté en mi oficina con todos mis movimientos bancarios abiertos. Ahí estaba el patrón, clarísimo, como una cucaracha bajo luz blanca.
Los ciento ochenta mil pesos para una “prueba cardíaca” de Teresa salieron la misma semana en que Diego compró una moto deportiva. Los doscientos setenta mil para “impermeabilizar su casa” coincidían con la apertura del bar. Los depósitos pequeños, de diez, quince, veinte mil, caían siempre antes de pagos a proveedores, multas o fiestas.
Llamé a mi amiga Lucía, gerente de riesgos en un banco.
“Valeria”, me dijo después de revisar lo que le mandé, “esto no es ayuda familiar. Esto es desvío disfrazado de necesidad. Guarda tus documentos, cambia contraseñas y revisa si usaron tu patrimonio para garantizar algo.”
Sentí frío en la espalda.
Dos años antes, cuando compramos la casa en Apodaca, Mauricio me pidió firmar un poder para agilizar trámites porque yo vivía metida en cierres contables.
“Somos esposos”, me dijo entonces. “Puedes confiar en mí.”
Corrí al archivero. El poder seguía ahí, amarillento, con mi firma al final. Lo leí completo por primera vez. No era solo para recoger escrituras. Tenía facultades amplias para gestionar trámites relacionados con la propiedad.
Demasiado amplias.
Llamé a Mauricio.
“¿Cuánto debe Diego?”
Silencio.
“No es tan grave”, dijo al fin. “Lo podemos arreglar juntos.”
“¿Usaste mi firma para respaldar una deuda?”
Colgó.
Dos días después, un sábado por la mañana, sonó el timbre. Doña Teresa saltó del sillón como si hubiera escuchado una detonación.
“No abras.”
En la cámara vi a tres hombres de traje y a una mujer con una carpeta negra. No parecían delincuentes de calle. Eso me asustó más. Parecían gente que sabía exactamente qué cobrar.
Mauricio salió del baño con la cara húmeda.
“¿Cómo dieron con esta dirección?”, murmuró.
Abrí.
La mujer habló con una educación afilada.
“Buscamos a Diego Hernández por un adeudo vencido. El monto total, con intereses y penalizaciones, asciende a tres millones ochocientos mil pesos.”
La sala se inclinó bajo mis pies.
Doña Teresa no tardó ni un segundo en señalarme.
“Hablen con Valeria. Ella maneja el dinero. Ella gana muy bien.”
La mujer abrió su carpeta. Diego era el deudor. Mauricio aparecía como obligado solidario.
“¿Qué usaron como garantía?”, pregunté.
Mauricio bajó la mirada.
La mujer me entregó una copia.
“Esta propiedad.”
“Esta casa está a nombre de los dos. Yo nunca autoricé esa deuda.”
“Su esposo presentó un poder firmado por usted.”
Tomé el papel. En la última página estaba mi nombre, mi dirección y una cláusula que jamás imaginé que mi marido usaría contra mí.
Entonces la mujer sacó otro documento.
“Y esto es lo más delicado. En las notas internas dejaron asentado quién pagaría si el señor Diego no podía cubrir el adeudo.”
Leí la primera línea y sentí que el aire se me partía en la garganta.