PARTE 2
—Significa que debemos prepararnos para secuelas importantes.
El médico señaló una zona clara en la imagen.
—El daño afecta regiones relacionadas con el movimiento. Por ahora presenta parálisis en el lado izquierdo y dificultades para hablar y tragar. Es demasiado pronto para saber cuánto recuperará.
Me quedé mirando la pantalla.
No entendía la mitad de los términos médicos.
Pero entendí una cosa.
Mi madre quizá no volvería a caminar sola.
—¿Cuánto tiempo tendrá que estar hospitalizada?
—Eso dependerá de su evolución. Después necesitará rehabilitación. Y probablemente asistencia diaria durante bastante tiempo.
—¿Asistencia diaria?
—Para comer, bañarse, vestirse, ir al baño, tomar medicamentos… al menos al principio.
Sentí un vacío en el estómago.
Salí del consultorio y encontré a Ryan en el pasillo.
Le expliqué lo que había dicho el médico.
Mi hermano frunció el ceño.
—Bueno… habrá que ver.
Aquella frase no me gustó.
—¿Ver qué?
—Cómo nos organizamos.
—Somos sus hijos. Nos organizamos y ya está.
Ryan desvió la mirada.
—Sí, claro.
Durante los siguientes cuatro días, yo prácticamente viví en el hospital.
Pedí permiso en el trabajo.
Dormía sentado.
Le daba agua a mi padre.
Hablaba con médicos.
Firmaba documentos.
Compraba pañales, toallitas, vasos especiales.
Ryan aparecía unas horas y luego se marchaba.
—Tengo cosas que hacer.
El quinto día le pregunté:
—¿Qué cosas?
—Los niños. El trabajo. Lauren está sola.
—Yo también tengo trabajo. Y una hija.
—Sí, pero tú eres el hermano mayor.
Ahí estaba.
Una frase que había escuchado desde niño.
Tú eres el mayor.
Tú debes entender.
Tú debes ceder.
Tú debes hacerte cargo.
Curiosamente, cuando había que repartir dinero, regalos o propiedades, ser el mayor nunca parecía importar.
Pero cuando aparecía una responsabilidad, de repente mi fecha de nacimiento se convertía en una obligación moral.
No discutí.
Todavía no.
Mi principal preocupación era mi madre.
Una tarde, mientras una enfermera intentaba ayudarla a beber, mamá comenzó a toser violentamente.
La enfermera actuó rápido.
La incorporó, comprobó su respiración y llamó a otra compañera.
Yo estaba paralizado.
Y entonces pensé en Emily.
Mi esposa llevaba casi veinte años trabajando como enfermera.
Sabía mover pacientes.
Sabía administrar medicamentos.
Sabía reconocer señales de alarma.
Sabía cómo cuidar a una persona que no podía valerse por sí misma.
Sin pensarlo, saqué el teléfono.
Emily respondió después del tercer tono.
—¿Sí?
—Mamá tuvo un derrame.
Hubo un silencio.
—Lo sé. Sophie me dijo que estabas en el hospital.
—Está bastante mal.
—Lo siento.
Su voz era sincera.
No había satisfacción.
No había ironía.
Eso me hizo sentir aún peor.
—Los médicos dicen que necesitará rehabilitación.
—Entonces debería empezar en cuanto esté médicamente estable.
—Y quizá necesite cuidados en casa.
Esta vez Emily no respondió.
Me aclaré la garganta.
—Tú sabes de estas cosas.
—Sí.
—Pensaba que quizá podrías…
Me detuve.
De repente me escuché a mí mismo.
Ocho años atrás, mi madre había celebrado mientras yo golpeaba a esa mujer.
Había gritado que si salía de su casa no regresara.
Y ahora yo estaba a punto de pedirle que regresara precisamente para limpiar, cocinar y cuidar a la persona que la había humillado.
Emily terminó la frase por mí.
—¿Quieres que cuide a tu madre?
No supe qué decir.
—Solo mientras se estabiliza todo.
—Mark.
Pronunció mi nombre suavemente.
—No.
Sentí calor en la cara.
—Ni siquiera lo pensaste.
—Lo pensé durante ocho años.
—Está enferma.
—Lo sé.
—No puede caminar.
—Lo sé.
—Es mi madre.
—También lo sé.
—¿Y eso no significa nada para ti?
Emily guardó silencio.
Después dijo:
—Sí significa algo. Por eso no me alegro de lo que le ocurrió. Por eso, si necesita que revise un informe médico o que te explique alguna indicación, puedo hacerlo. Pero no voy a convertirme en su cuidadora.
—Eres enfermera.
—En el hospital.
—Pero podrías ayudar.
—Puedo ayudarte a entender los cuidados que necesita. No voy a hacerlos por ustedes.
Me enfadé.
Ahora me avergüenza admitirlo, pero me enfadé.
—Pensé que después de tantos años habrías dejado atrás aquello.
Emily respiró lentamente.
—Tú sigues creyendo que esto es por las bofetadas.
—¿No lo es?
—No, Mark.
Su voz cambió.
No se hizo más fuerte.
Se hizo más fría.
—Las bofetadas fueron solo el momento en que entendí cuál era mi lugar en esa familia.
Me quedé callado.
—Tu madre me insultó durante años. Criticó mi trabajo. Criticó mi ropa. Criticó la comida que cocinaba. Cuando no quedé embarazada inmediatamente, dijo que quizá yo era defectuosa. Cuando nació Sophie, apenas quiso cargarla porque esperaba un niño.
Recordaba algunas cosas.
Otras había fingido no escucharlas.
—Y tú nunca dijiste nada —continuó—. Cada vez que te pedía que intervinieras, respondías: “Así es mamá”. Cuando tu hermano se burlaba de mí, decías: “No le hagas caso”. Cuando tu padre guardaba silencio, tú también guardabas silencio.
Sentí algo pesado en el pecho.
—Y aquel día —dijo— tu madre rompió el tazón porque yo le dije que no iba a dejar mi trabajo para cuidar de ella y de tu padre. Me llamó desagradecida. Me dijo que una esposa decente obedecía a la familia del marido. Yo respondí que no era su sirvienta.
Cerré los ojos.
Recordaba la discusión.
Demasiado bien.
—Entonces ella te dijo que me controlaras —continuó Emily—. Y tú lo hiciste.
No tuve defensa.
—Me golpeaste una vez.
Su voz tembló ligeramente por primera vez.
—Después miraste a tu madre. Ella sonrió. Y me golpeaste otra vez.
Sentí náuseas.
Nunca había pensado en ese detalle.
Pero era cierto.
Después de la primera bofetada, mi madre había dicho:
“Eso. Otra para que aprenda.”
Y yo…
Yo había obedecido.
—Ese día comprendí que si seguía entrando a esa casa, algún día mi hija crecería viendo aquello como algo normal.
Abrí los ojos.
—Sophie ni siquiera había nacido.
—Precisamente. Yo estaba embarazada de nueve semanas.
El pasillo del hospital pareció desaparecer.
—¿Qué?
—Estaba embarazada.
No podía respirar.
—Tú no…
—No te lo había dicho todavía. Quería esperar a la primera ecografía.
Me apoyé contra la pared.
—¿Las bofetadas…?
—El embarazo continuó. Sophie está aquí. No uses eso para castigarte con una tragedia que no ocurrió.
Me pasé una mano por la cara.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque cuando volviste a nuestro apartamento tres días después, no me preguntaste si estaba bien.
Intenté recordar.
Había llegado con una bolsa de mandarinas.
Le había dicho:
“Mamá sigue enfadada.”
Eso había sido lo primero.
Dios.
—Me preguntaste cuándo iba a disculparme con ella —dijo Emily.
Recordé la escena completa.
Ella sentada al borde de la cama.
Yo de pie.