PARTE 3
Salí del corralón con las piernas temblando. Daniel manejó mientras yo llamaba una y otra vez a Doña Marta. No contestó. Después llamé a Raúl.
Respondió al quinto intento.
“Camila está con su familia”, dijo, como si hablara de una mochila olvidada. “Vuelve a la casa y arreglamos esto.”
“Pásame a mi hija.”
“Primero firmas que retiras el divorcio y que la fonda también es mía.”
Daniel me hizo una seña para que respirara. Activó la grabadora de su teléfono y avisó a la patrulla que nos seguía.
“Raúl, solo quiero saber si mi hija está bien”, dije, tragándome el miedo.
“Está llorando porque tú le metes ideas. Si haces lo que te digo, nadie sale lastimado.”
Colgó.
La señal del celular los ubicó en casa de Doña Marta, en una colonia al norte de Toluca. Cuando llegamos, Camila estaba en la entrada, con los ojos rojos, tomada del brazo por su abuela. Paola grababa todo con el celular, encantada con el escándalo. Raúl caminaba de un lado a otro en el jardín, sosteniendo unos papeles.
“Firma aquí”, gritó. “Custodia completa para mí y reconocimiento de que la fonda es bien conyugal.”
“¡Mamá, no quiero quedarme aquí!”, lloró Camila.
Corrí hacia ella, pero Doña Marta me bloqueó el paso.
“Da otro paso y nos la llevamos por atrás.”
En ese momento, dos policías entraron por el pasillo lateral. Daniel les mostró la grabación. Raúl quiso romper los papeles y saltar la barda, pero lo esposaron antes de que pudiera subirse. Doña Marta juró que era un malentendido, hasta que Camila contó que su abuela le dijo que yo estaba enferma en el hospital para subirla al coche.
Esa misma tarde, el juez familiar me otorgó una orden de protección. Raúl no podía acercarse a mí, a Camila ni a la fonda. Doña Marta y Paola quedaron bajo investigación por sustracción de menor y amenazas.
Pero la tormenta todavía no terminaba.
Tres días después, los prestamistas de Raúl llegaron a la fonda con 4 hombres grandes y unos documentos falsos. Raúl venía con ellos, recién salido bajo fianza, con una sonrisa torcida.
“Lo que gana mi esposa también es mío”, dijo frente a los clientes. “Cóbrense de la caja.”
Uno de los hombres se metió detrás del mostrador. Otro empezó a pegar etiquetas rojas en las mesas, el refrigerador y las ollas grandes. Doña Marta entró señalando todo.
“Llévense la cafetera, las cazuelas y el congelador. Todo se compró mientras estaban casados.”
“Mentira”, grité. “Todo esto era de mi madre.”
Raúl me arrebató el celular cuando intenté llamar a la policía y lo estrelló contra el piso. Luego me jaló del cabello. Camila gritó desde la cocina.
Entonces agarré un cucharón grande, lo metí en la olla de caldo hirviendo y lo levanté frente a ellos.
“No toquen nada más. Salgan de mi fonda.”
Doña Marta retrocedió.
“¿Ya ven? Está loca.”
“No”, respondí. “Estoy cansada de que entren a mi vida como si todo lo mío les perteneciera.”
La puerta se abrió de golpe. Daniel entró con 2 abogados y varios policías. Después del secuestro de Camila, había instalado cámaras en la fonda. Todo quedó grabado.