PARTE 2
El vuelo hasta Washington duró menos de lo que esperaba.
Durante casi todo el trayecto, Adrian permaneció sentado frente a mí sin decir palabra.
Diecinueve años atrás, aquel silencio habría sido suficiente para hacerme sentir culpable.
En esa época yo intentaba interpretar cada movimiento de sus cejas, cada pausa, cada cambio en el tono de su voz.
Porque estaba enamorada.
Ridículamente enamorada.
Había creído que, si conseguía convertirme en la esposa perfecta, él terminaría queriéndome con la misma intensidad.
Qué joven había sido.
Qué ingenua.
Ahora podía observarlo como se contempla una fotografía antigua.
Reconocía al hombre.
Pero ya no tenía poder sobre mí.
Finalmente, Adrian habló.
—Ethan no sabe que fui personalmente a buscarte.
—Entonces seguramente quedará impresionado por tu sacrificio.
—No empieces.
—No he empezado nada.
Volví el rostro hacia la ventanilla.
Las luces de la ciudad comenzaban a aparecer bajo nosotros.
Adrian me estudió unos segundos.
—Has cambiado.
Sonreí.
—Sería preocupante no haber cambiado en diecinueve años.
—No me refiero a eso.
—Sé perfectamente a qué te refieres.
Antes bajaba la cabeza.
Ahora no.
Antes pedía permiso.
Ahora no.
Antes habría llorado si Adrian pronunciaba mi nombre con aquel tono.
Ahora su desaprobación significaba menos para mí que el pronóstico del tiempo.
El helicóptero aterrizó en una propiedad privada al norte de Washington.
Varios vehículos nos esperaban.
Cuando vi el escudo Lancaster en las puertas, tuve una sensación extraña.
No dolor.
No nostalgia.
Algo parecido a estar visitando el escenario de una película que alguna vez había confundido con mi propia vida.
Subimos al automóvil principal.
Veinte minutos después aparecieron las verjas negras de Lancaster Manor.
Nada había cambiado.
La larga avenida bordeada de robles.
La fuente de piedra.
Las columnas blancas.
Las enormes ventanas iluminadas.
Recordé haber llegado a aquella casa con veintidós años.
Había llevado dos maletas y una ilusión absurda: formar una familia.
Salí dieciocho meses después con una bolsa de ropa.
Sin mi hijo.
Sin dinero.
Sin nadie esperándome.
Esta vez bajé del automóvil por mi propio pie.
La puerta principal se abrió antes de que llegáramos.
Una mujer mayor esperaba dentro.
Margaret Lancaster.
Mi exsuegra.
Tenía más de ochenta años, pero seguía manteniendo la espalda recta y el cabello perfectamente recogido.
Cuando me vio, sus ojos se humedecieron.
—Elena.
Era la primera persona que pronunciaba mi nombre con algo parecido a emoción.
—Señora Lancaster.
Su expresión se contrajo.
—Sigues llamándome así.
—Hace diecinueve años que dejó de ser mi suegra.
Margaret abrió la boca, pero no insistió.
Entonces apareció el joven que estaba detrás de ella.
Al verlo, algo dentro de mí se detuvo.
Ethan.
Mi hijo.
Era alto.
Mucho más de lo que había imaginado.
Tenía el cabello oscuro de Adrian, la mandíbula de Adrian y la misma postura orgullosa.
Pero sus ojos…
Sus ojos eran míos.
Durante diecinueve años había intentado imaginar cómo sería.
Había visto fotografías robadas de periódicos, páginas sociales, actos benéficos y ceremonias escolares.
Pero ninguna fotografía podía prepararme para tenerlo a pocos metros.
Ethan me miraba como se mira a una desconocida de la que todos han hablado demasiado.
Yo fui la primera en romper el silencio.
—Hola, Ethan.
Él tardó dos segundos en contestar.
—Hola.
Eso fue todo.
Ninguno se acercó.
Ninguno abrazó al otro.
Margaret pareció incómoda.
—Entren. La cena está lista.
Atravesé el vestíbulo.
Sobre la gran escalera seguían colgados los retratos familiares.
Adrian de niño.
Adrian adolescente.
Adrian con sus padres.
Después fotografías de Ethan.
Una por cada etapa de su vida.
Su primer cumpleaños.
Su primer día de colegio.
Graduaciones.
Torneos deportivos.
Conciertos.
No había ni una sola fotografía mía.
Naturalmente.
Habían conseguido contar una historia familiar completa fingiendo que yo nunca había existido.
—Elena.
Una voz femenina llegó desde el salón.
Me detuve.
Rebecca Shaw avanzaba hacia nosotros.
A diferencia de Adrian, ella sí había cambiado.
Seguía siendo hermosa, pero ahora su elegancia parecía cuidadosamente construida.
Vestido marfil.
Diamantes discretos.
Cabello perfectamente ondulado.
La clase de mujer que sabía exactamente dónde debía colocarse para parecer la dueña de una casa que legalmente no le pertenecía.
Extendió los brazos como si quisiera abrazarme.
Me aparté.
Rebecca se detuvo, sonriendo.
—Ha pasado tanto tiempo.
—Diecinueve años.
—Me alegra verte bien.
—Eso es curioso.
Su sonrisa tembló.
—¿Por qué?
—Porque la última vez que nos vimos parecía preocuparte bastante que yo siguiera aquí.
Adrian intervino.
—Elena.
Lo miré.
—¿Qué?
—No conviertas esto en una escena.
Me reí.
—Acabas de aterrizar con un helicóptero y un equipo armado en mi patio para obligarme a venir a cenar, Adrian. Creo que perdiste el derecho a hablarme de dramatismo.