Sentí que el estómago se me revolvía.
—¿Entonces se casaba conmigo por dinero?
—No puedo afirmarlo —dijo Daniel—, pero te recomiendo que detengas inmediatamente la ceremonia hasta entender la situación financiera completa.
Colgué.
Mi padre caminaba de un lado a otro.
—Voy a sacarlo de aquí.
—No.
Se detuvo.
—¿Qué?
—Todavía no.
—Claire, ese hombre…
—Papá, hay doscientas personas abajo.
—Precisamente.
—Y por eso quiero terminar esto una sola vez.
Mi padre me miró.
Probablemente vio algo en mi rostro que lo convenció de no discutir.
—¿Qué piensas hacer?
Miré mi vestido.
Después miré el velo.
—Voy a celebrar mi boda.
Su expresión se transformó.
—Claire…
—Solo que no voy a casarme.
Quince minutos antes de la ceremonia, Ethan vino a buscarme.
Tocó la puerta.
—¿Claire?
Mi padre estaba conmigo.
Sophia ya se había marchado por una salida lateral después de que le pedí que no apareciera en la ceremonia.
Abrí.
Ethan sonrió.
—Todo el mundo está listo.
Después vio a mi padre.
Su sonrisa se debilitó.
—Señor Bennett.
Mi padre no contestó.
Ethan volvió a mirarme.
—¿Pasa algo?
Pensé en preguntarle directamente.
Pensé en arrojarle el teléfono a la cara.
Pensé en gritar.
Pero entonces recordé algo que mi madre siempre decía:
“Cuando alguien te engaña durante mucho tiempo, no le debes una reacción inmediata. La verdad no caduca.”
Así que sonreí.
—Solo estoy nerviosa.
Ethan pareció relajarse.
—Yo también.
Me tomó las manos.
—Pero después de hoy empieza nuestra vida de verdad.
Qué frase tan interesante.
Nuestra vida de verdad.
Tal vez, en cierto modo, tenía razón.
—Ethan —dije—, ¿me amas?
La pregunta lo sorprendió.
Después sonrió.
—Más que a nada.
—¿Estás seguro?
—Completamente.
Mi padre desvió la mirada.
Yo mantuve la sonrisa.
—Entonces nos vemos en el altar.
La música comenzó a las cinco de la tarde.
Las puertas se abrieron.
Todos se levantaron.
Mi padre me ofreció el brazo.
—Todavía podemos irnos.
—Lo sé.
—No tienes que demostrarle nada a nadie.
—No lo hago por él.
Miré a los invitados.
Familiares.
Amigos.
Compañeros de trabajo.
Personas que habían viajado cientos de kilómetros.
—Lo hago por mí.
Caminamos.
Al final del pasillo estaba Ethan.
Sonriendo.
Esperándome.
Cuando llegué, mi padre besó mi mejilla.
Antes de apartarse susurró:
—Estoy orgulloso de ti.
El oficiante comenzó.
Habló del amor.
La confianza.
La honestidad.
Cada palabra parecía una broma cruel.
Después llegaron los votos.
Ethan fue primero.
Sacó una tarjeta del bolsillo.
—Claire, desde el día que te conocí…
Levanté una mano.
—Perdón.
El oficiante se detuvo.
Los invitados murmuraron.
Ethan me miró confundido.
—¿Qué pasa?
Tomé el micrófono.
—Antes de los votos, necesito decir algo.
El salón quedó en silencio.
Miré a mis padres.
Después a Ethan.
—Esta mañana, alrededor de las nueve y media, la recepcionista del hotel me informó que una mujer había recogido la tarjeta de la habitación 1808 presentándose como “la señora Carter”.
Vi cómo el rostro de Ethan cambiaba.
Solo un poco.
Pero cambió.
Continué.
—Me pareció curioso, porque yo pensaba convertirme en señora Carter hoy.
Algunos invitados se removieron incómodos.
—Subí a esa habitación.
Ethan dio un pequeño paso hacia mí.
—Claire…
—Encontré dos vasos, dos desayunos, una cama usada, el labial de mi mejor amiga y una prueba de embarazo positiva.
Un murmullo recorrió el salón.
La madre de Ethan se llevó una mano a la boca.
—Claire, podemos hablar de esto en privado —dijo Ethan entre dientes.
—Tuviste siete meses para hablar conmigo en privado.
La sala quedó completamente inmóvil.
—Sophia ya me contó todo.
El rostro de Ethan palideció.
Ahí estaba.
La confirmación que todavía me faltaba.
—Me contó sobre la relación. Sobre el embarazo. Sobre tus promesas de dejarme.
—No sabes toda la historia.
—Entonces cuéntala.
Silencio.
—Delante de todos.
Ethan miró alrededor.
—No voy a hacer esto aquí.
—Qué curioso. Estabas dispuesto a casarte conmigo aquí.
Su padre se levantó.
—Ethan, ¿qué demonios está pasando?
Ethan no respondió.
Saqué mi teléfono.
—Y también descubrí que tu empresa atraviesa problemas financieros.
Su mirada cambió otra vez.
Esta vez no era vergüenza.
Era miedo.
—¿Quién te dijo eso?
—¿Importa?
—Claire, eso es información privada.
—Igual que mi futuro patrimonio.
Mi padre se puso de pie detrás de la primera fila.
Ethan comprendió inmediatamente.
—¿Llamaste a un abogado?
—Sí.
—Dios mío…
—¿Te molesta?
—Estás sacando conclusiones.
—Entonces explícame por qué tu abogado me envió documentos que permitirían comprometer activos matrimoniales para respaldar obligaciones empresariales.
Ahora ya nadie murmuraba.
Todos escuchaban.
Ethan apretó la mandíbula.
—Eso no era lo que significaban.
—Perfecto. Entonces después puedes explicárselo a nuestros abogados.
Nuestros.
No suyos.
No míos.
Los abogados.
Plural.
Su rostro se endureció.
—Claire, estás humillándome.
Aquello fue tan absurdo que por primera vez desde la mañana sentí ganas reales de reír.