PARTE 2
EL HOMBRE QUE ME DEJÓ EN EL ALTAR DESCUBRIÓ DEMASIADO TARDE LO QUE HABÍA PERDIDO
El funeral del señor Walker se celebró dos días después.
Durante mi infancia, él había sido casi como un segundo padre para mí.
Por eso, a pesar de todo lo ocurrido con Adrián, fui.
Vestí de negro, dejé a Emma en el hotel con la niñera y asistí acompañada de mi asistente.
La residencia Walker estaba llena de personas conocidas.
Empresarios.
Familiares.
Viejos amigos de ambas familias.
Muchos me reconocieron inmediatamente.
Y no tardaron en comenzar los murmullos.
—¿Esa no es Sophia Miller?
—¿Volvió?
—Pensé que vivía en Europa.
—Después de lo que pasó en su boda, jamás creí que regresaría.
Cinco años atrás esas miradas me habrían hecho querer desaparecer.
Esta vez caminé entre ellas sin bajar la cabeza.
Había aprendido algo viviendo lejos de allí:
la vergüenza pertenece a quien hace daño, no a quien lo recibe.
Me acerqué al retrato del señor Walker, coloqué las flores y me incliné.
—Descanse en paz, tío Robert.
Cuando levanté la vista, encontré a Adrián observándome desde el otro extremo del salón.
Vestía un traje negro.
Tenía el rostro cansado y los ojos hundidos.
Por primera vez desde que regresé, sentí algo parecido a compasión.
Había perdido a su padre.
Y por mucho resentimiento que tuviera hacia él, jamás me alegraría de su dolor.
Me acerqué.
—Lamento mucho su pérdida.
Adrián me miró fijamente.
—Mi padre preguntó por ti antes de morir.
Mis dedos se tensaron alrededor del bolso.
—¿Por mí?
—Dijo que si alguna vez regresabas… debía pedirte perdón en su nombre.
Bajé la mirada.
El señor Walker no tenía nada por lo que disculparse.
El error había sido de su hijo.
—No era necesario.
Adrián respiró hondo.
—También dijo que fui el mayor idiota que había conocido.
No pude evitarlo.
Solté una pequeña risa.
Adrián también sonrió por un segundo.
Pero aquella breve calma terminó cuando una voz femenina sonó detrás de nosotros.
—Sophia.
Me giré.
Vanessa Reed.
La mujer por la que Adrián había abandonado nuestro matrimonio.
Cinco años atrás, Vanessa era una joven famosa por su belleza.
Ahora seguía siendo hermosa, pero había un cansancio profundo detrás de su maquillaje perfecto.
Llevaba un vestido negro y sujetaba un bolso de diseñador con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos.
—Vanessa.
Ella me observó durante varios segundos.
—Escuché que regresaste.
—Solo por el funeral.
Su mirada bajó a mi mano.
Al anillo que llevaba.
—¿Te casaste?
—Sí.
Sus labios dibujaron una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Felicidades.
—Gracias.
Entonces miró a Adrián.
—¿Podemos hablar?
Él ni siquiera la miró.
—Ahora no.
El rostro de Vanessa se endureció.
—Claro.
Volvió a mirarme.
—Parece que algunas cosas nunca cambian.
No respondí.
No quería participar en su matrimonio.
Pero ella se inclinó ligeramente hacia mí.
—¿Sabes qué es lo más gracioso, Sophia?
Adrián tensó la mandíbula.
—Vanessa.
—No. Ya que está aquí, debería saberlo.
Sus ojos brillaron.
—Durante cinco años escuché su nombre cada vez que discutíamos.
Me quedé inmóvil.
Vanessa soltó una risa amarga.
—El hombre que te abandonó porque supuestamente me amaba terminó pasando cinco años comparándome contigo.
—Eso es asunto de ustedes.
—Exactamente. Y quiero que siga siendo asunto nuestro.
Comprendí lo que quería decir.
—No he regresado por Adrián.
—Entonces márchate.
Antes de que pudiera responder, Adrián intervino.
—Ella no tiene que irse por ti.
Vanessa lo miró.
—¿Ves? Esto. Exactamente esto.
Su voz comenzó a temblar.
—Durante cinco años me dijiste que habías elegido estar conmigo. ¿Y ahora aparece Sophia con una niña y de repente quieres convertirte en padre?
Sentí varias miradas sobre nosotros.
—No voy a discutir aquí.
Vanessa ignoró mis palabras.
—¿La niña es tuya?
—No —respondí inmediatamente.
Adrián habló al mismo tiempo.
—Creo que sí.
Lo miré.
—¿Tiene algún problema para comprender una oración sencilla?
Vanessa palideció.
—¿Cinco años?
No respondí.
Ella hizo el cálculo mental.
Y su expresión cambió.
—Dios mío.
—Vanessa…
Ella retrocedió.
—¿Te acostaste con ella antes de nuestra boda?
—¡No!
Mi voz salió más fuerte de lo que pretendía.
Varias personas se giraron.
Respiré hondo.
—Emma no es hija de Adrián.
Vanessa me observó.
—Entonces ¿de quién?
—Eso no le incumbe.
Me alejé antes de que aquello se convirtiera en un espectáculo.
Otra vez.
Pero Adrián me siguió hasta el jardín.
—Sophia.
No me detuve.
—Sophia, espera.
Cuando tomó mi brazo, me giré inmediatamente.
—Suélteme.
Lo hizo.
—Solo dime una cosa.
—No.
—¿Emma nació después de que te fuiste?
—Eso es evidente.
—¿Cuánto tiempo después?
Lo miré.
—No voy a darle detalles sobre mi embarazo.
—Porque sabes que podría ser mía.
La rabia que llevaba cinco años enterrando subió de golpe.
—¿Suya?
Me acerqué un paso.
—¿Quiere saber qué hice la noche después de nuestra boda, Adrián?
Él se quedó inmóvil.
—Me encerré en una habitación de hotel y lloré hasta quedarme sin voz.
Sus ojos cambiaron.
—Sophia…
—¿Quiere saber qué hizo mi madre? Se sentó afuera de la puerta durante horas porque tenía miedo de que yo hiciera una tontería.
—Yo no sabía…
—Claro que no.
Mi voz se quebró, pero continué.
—Porque usted estaba demasiado ocupado corriendo detrás de Vanessa.
Adrián bajó la mirada.
—Me fui del país dos semanas después. Descubrí que estaba embarazada meses más tarde.
Su cabeza se levantó de golpe.
—Entonces…
Levanté una mano.
—No termine esa frase.
—Pero…
—Porque el bebé no era suyo.
Su rostro perdió color.
Por primera vez, pareció realmente confundido.
—¿Cómo?
—Exactamente como lo escucha.
—Pero tú…
Se detuvo.
Comprendí lo que estaba pensando.