Eso fue suficiente.
—Voy a verla. No por usted.
La señora Walker estaba mucho más delgada de lo que recordaba.
Cuando entré en su habitación, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Sophia.
Me abrazó.
Y durante unos segundos desaparecieron cinco años.
Volví a ser aquella joven que pasaba los fines de semana en su casa.
—Lo siento mucho por su pérdida.
Ella asintió.
—Robert siempre lamentó lo ocurrido contigo.
—No fue culpa suya.
—Tal vez no. Pero sentimos que fallamos.
Nos sentamos.
Entonces miró hacia la puerta.
—¿Dónde está tu hija?
Sonreí.
—En el hotel.
—Vi las fotografías.
—Me temo que todos las vieron.
La señora Walker dudó.
—¿Es…?
—No.
—Entiendo.
Su expresión no fue de decepción.
Fue de alivio.
—Bien.
Aquello me sorprendió.
—¿Bien?
Ella cerró los ojos.
—Porque si fuera hija de Adrián, significaría que ese idiota perdió todavía más de lo que pensé.
No pude contener una sonrisa.
—Su hijo está convencido de lo contrario.
—Mi hijo siempre fue obstinado.
Se quedó callada.
—Sophia, hay algo que nunca supiste.
Sentí un cambio en el ambiente.
—¿Qué cosa?
La señora Walker miró hacia la puerta.
—La noche anterior a tu boda, Adrián vino a hablar con Robert.
Mi pecho se tensó.
—¿Sobre Vanessa?
—Sí.
—No necesito saberlo.
—Tal vez sí.
Suspiró.
—Vanessa le dijo que estaba embarazada.
Me quedé inmóvil.
Eso no lo sabía.
—Adrián creyó que el hijo era suyo.
La señora Walker continuó:
—Robert intentó convencerlo de que hablara contigo en privado. Que pospusiera la boda. Que no te humillara públicamente.
—Pero él hizo exactamente lo contrario.
—Sí.
—Entonces no cambia nada.
—No. Pero falta algo.
La miré.
—Vanessa nunca estuvo embarazada.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué?
—Lo confesó meses después.
Me quedé sin palabras.
—¿Y Adrián lo sabía?
—Sí.
—Entonces…
Ella asintió lentamente.
—Descubrió que había destruido su boda contigo por una mentira.
De repente entendí algo.
Las llamadas que nunca respondí.
Los correos que bloqueé.
Los intentos de contacto durante los primeros meses después de marcharme.
Siempre pensé que quería justificar su elección.
Tal vez quería decirme la verdad.
Pero eso tampoco cambiaba lo esencial.
—Él tomó una decisión —dije.
—Sí.
La señora Walker tomó mi mano.
—Y tendrá que vivir con ella.
Cuando salí, Adrián estaba esperando.
—Mi madre te lo contó.
No era una pregunta.
—Sí.
—Sophia…
—No diga nada.
—Necesitas saber por qué.
—Ya lo sé.
Lo miré directamente.
—Vanessa mintió. Usted creyó que estaba embarazada. Decidió abandonar nuestra boda.
—Yo pensé que tenía que hacerme responsable.
—¿Humillándome frente a cientos de personas?
Adrián cerró los ojos.
—Entré en pánico.
—Ese es el problema.
—Lo sé.
—No, no lo sabe.
Mi voz permaneció tranquila.
—Usted sigue creyendo que el error fue elegir a Vanessa.
Adrián me miró.
—¿No fue eso?
—No.
Negué con la cabeza.
—El error fue cómo me trató.
Él quedó en silencio.
—Si hubiese venido la noche anterior y me hubiese dicho que había otra mujer embarazada, me habría destrozado, sí. Pero lo habría respetado por asumir su responsabilidad.
Tragué saliva.
—En cambio esperó hasta que yo estuviera vestida de novia. Esperó hasta que nuestras familias estuvieran reunidas. Esperó hasta que pronuncié mis votos.
Sus ojos se humedecieron.
—Sophia…
—Y luego me dijo frente a todos que no me amaba.
Una lágrima cayó por su mejilla.
—Era mentira.
—Lo sé.
Eso pareció sorprenderlo.
—¿Qué?
—Lo supe mucho después.
—Entonces…
—Pero ya no importa.
—Para mí sí.
—Ese también es su problema.
Me di la vuelta.
Adrián habló detrás de mí.
—Nunca dejé de amarte.
Me detuve.
No porque aquellas palabras me conmovieran.
Sino porque cinco años atrás habría dado cualquier cosa por escucharlas.