Las noches sin dormir.
La vergüenza.
Los ataques de ansiedad cada vez que veía fotografías de bodas.
Los meses en terapia.
Vanessa empezó a llorar.
No me produjo satisfacción.
—Lo siento.
—Acepto sus disculpas.
Me miró sorprendida.
—¿De verdad?
—Sí.
—¿Puedes perdonarme?
Pensé.
—Perdonar no significa quererla en mi vida.
Ella asintió.
—Lo entiendo.
Me levanté.
—Espero que haga algo bueno con la persona en la que se convierta después de esto.
Vanessa lloró en silencio.
Y me fui.
La última noche antes de regresar al extranjero, la señora Walker nos invitó a cenar.
Daniel dudó.
Yo también.
Pero aceptamos por ella.
Emma conquistó a todos en menos de diez minutos.
La señora Walker le mostró fotografías antiguas.
Daniel conversó educadamente con algunos familiares.
Adrián permaneció casi toda la noche en silencio.
Después de la cena, salí al balcón.
Él apareció unos minutos más tarde.
—Mañana te vas.
—Sí.
—¿Volverás algún día?
—Probablemente.
—¿Podemos ser amigos?
Lo miré.
—No.
Adrián sonrió con tristeza.
—Directa.
—Creo que es mejor.
—Sí.
Permanecimos en silencio.
Luego sacó algo del bolsillo.
Una pequeña caja.
Mi corazón no reaccionó.
Pero reconocí inmediatamente el anillo.
El que había elegido para nuestra boda.
—Lo guardé.
—No debería.
—No podía tirarlo.
—Entonces guárdelo si quiere.
Adrián negó con la cabeza.
—Quiero devolvértelo.
No extendí la mano.
—No es mío.
—Lo compré para ti.
—Lo compró para una vida que no ocurrió.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Sophia, si pudiera volver atrás…
—Pero no puede.
—Lo sé.
—Y eso está bien.
Me miró confundido.
—¿Bien?
—Sí.
Sonreí ligeramente.
—Porque si pudiera volver atrás y cambiarlo, quizá yo nunca habría conocido a Daniel.
Miré a través de la ventana.
Mi esposo estaba sentado en el suelo ayudando a Emma a construir una torre con servilletas.
Mi hija reía.
Daniel fingía que la torre era un rascacielos.
Y de repente comprendí algo.
Durante años había pensado en aquel día como el peor momento de mi vida.
Tal vez lo había sido.
Pero también había sido la puerta hacia todo lo que vino después.
—No cambiaría mi vida actual por la vida que pensé que quería con usted.
Adrián cerró los ojos.
Una lágrima cayó por su rostro.
—Eso duele.
—Lo imagino.
—¿Alguna vez me amaste de verdad?
Lo miré.
—Muchísimo.
—¿Y ahora?
—Ahora ya no.
Él asintió.
No intentó tocarme.
No intentó detenerme.
Simplemente sostuvo la pequeña caja entre las manos.
—Cuídala bien.
—¿A Emma?
—A tu familia.
Mi expresión se suavizó.
—Lo haré.
—Y tú también cuídate.
—Adiós, Adrián.
—Adiós, Sophia.
A la mañana siguiente estábamos en el aeropuerto.
Emma caminaba entre Daniel y yo, sujetando una mano de cada uno.
Antes de entrar al control de seguridad, escuché mi nombre.
—¡Sophia!
Me giré.
Adrián estaba a varios metros.
No se acercó.
Solo levantó una mano.
Yo hice lo mismo.
Nada más.