—No, mi amor.
Mateo señó más rápido.
Mamá dejó a papá. Mamá dejó a Mateo.
Mariana lo abrazó.
—Tu mamá no eligió irse. A veces el cuerpo se apaga aunque la persona quiera quedarse con toda el alma. Tu mamá te amaba más que a nada.
Desde su despacho, Sebastián miraba la escena por una cámara.
Durante ocho meses había creído que Mateo callaba porque vio morir a Renata.
Nunca entendió lo peor.
Su hijo pensaba que su madre lo había abandonado.
Esa noche, Sebastián entró al cuarto de Mateo. El niño estaba despierto, bajo una luz azul.
Sebastián se sentó en la cama y señó despacio.
Papá ama a Mateo.
Mateo miró sus manos.
Mamá amaba a Mateo.
Mamá no eligió irse.
El niño empezó a llorar.
Sebastián puso una mano sobre su propio pecho.
Mamá aquí.
Luego tocó suavemente el pecho del niño.
Y aquí.
Mateo le tocó la cara mojada.
Sebastián se quebró.
—Perdóname, hijo. Estaba tan perdido extrañándola que no vi que tú también estabas perdido.
Mateo se metió en sus brazos.
Y Sebastián lo abrazó hasta que amaneció.
Al día siguiente, Mariana salió a su antigua vecindad por una caja con recuerdos de Sofía. Sebastián ofreció mandar escoltas, pero ella se negó.
—No quiero llamar la atención.
—Ya la llamaste —respondió él.
Aun así, la dejó ir sola.
O eso creyó ella.
Cuando Mariana llegó a su cuarto, encontró la caja: pulsera del hospital, zapatitos rojos, dibujos, el vestido amarillo del último cumpleaños de Sofía.
Entonces la puerta se abrió.
Entraron los hombres de don Abel.
—Así que ahora trabajas para Alvarado —dijo uno—. Con razón ya te sientes intocable.
La golpearon, le quitaron el sobre con su primer sueldo completo y, antes de irse, uno vio la pulsera rosa en su muñeca.
—Intereses.
—No —gritó Mariana.
La arrancó de un jalón.
Mariana cayó al suelo junto a la caja rota de su hija.
Lo que ellos no sabían era que Sebastián había prometido no mandar seguridad visible.
Nunca prometió dejarla sin protección.