PARTE 2
Mauricio acomodó primero a los gemelos en la cuna y después cargó a Teresa hasta su habitación.
Tenía las manos temblorosas.
—Voy a llamar al doctor.
Ximena lo siguió.
—Mauricio, no hagas un drama. Tu mamá insistió en ayudar. Tú sabes cómo es, no puede estarse quieta.
Él se giró.
—Mi madre tiene osteoporosis, una prótesis de rodilla y una lesión lumbar. ¿Me quieres explicar por qué “insistió” en limpiar un baño cargando a 2 bebés?
Ximena abrió la boca, pero no respondió.
Mauricio se acercó a Teresa.
—Mamá, mírame. ¿Tú querías hacer esto?
Teresa bajó la cabeza.
—Solo estaba ayudando, hijo.
La respuesta le dolió más que una confesión.
Mauricio recordó todas aquellas noches en que su madre decía que le dolía la espalda.
Los analgésicos que desaparecían demasiado rápido.
Las ocasiones en que rechazaba salir al jardín.
Siempre había una explicación.
Siempre había creído en ella.
El médico llegó poco después.
Tras revisar a Teresa, confirmó deshidratación, inflamación severa y una posible fractura en una costilla.
Luego señaló algo peor.
Los hematomas tenían distintas etapas de cicatrización.
No provenían de una sola caída.
Mauricio sintió que se le revolvía el estómago.
Cuando quedaron solos, se arrodilló frente a su madre.
—Ya no me protejas. Dime todo.
Teresa observó la cuna de sus nietos.
—Al principio solo me pedía favores. Calentar biberones, doblar ropa, lavar platos. Después empezó a decir que yo era una carga.
Respiró profundamente.
—Me despertaba a las 5. Me quitaba el bastón porque decía que rayaba el piso. Si no limpiaba bien, tiraba cosas para que volviera a empezar.
Mauricio permaneció inmóvil.
—¿Y estos golpes?
Teresa se tocó las costillas.
—Una vez derramé leche y me empujó contra una mesa. Otro día Mateo lloró durante una videollamada de ella y me jaló del brazo.
Las lágrimas finalmente aparecieron.
—Decía que no quería lastimarme, que solo tenía que aprender cuál era mi lugar.
Mauricio apretó los puños.
—¿Por qué no me dijiste?
—Porque me aseguró que me mandaría de regreso al pueblo y no volvería a ver a tus hijos.
Ximena, que escuchaba desde el pasillo, entró furiosa.
—¡Es mentira! Esta señora siempre quiso ponerlo en mi contra.
Teresa la miró.
Por primera vez no apartó los ojos.
—Nunca quise quitarte nada. Solo quería que me respetaras.
—¿Respetarte? —se burló Ximena—. Llegaste creyendo que por ser su mamá podías instalarte aquí para siempre.
Mauricio la observó sin reconocer a la mujer con quien había compartido su vida.
—¿Eso piensas de ella?
Ximena soltó el aire.
Parecía cansada de fingir.
—La consentiste demasiado. Le diste habitación, médicos, ropa, comida. ¿Qué aporta ella?
Mauricio quedó en silencio.
Su madre había vendido tamales afuera de una primaria.
Había lavado ropa ajena.
Había remendado uniformes hasta las 2 de la mañana.
Cuando Mauricio consiguió una beca para estudiar administración, Teresa vendió las pocas joyas que conservaba de su propia madre para pagar los gastos que la beca no cubría.
Años después, él había construido una empresa de logística valuada en millones.
Y ahora su esposa preguntaba qué había aportado Teresa.
—Todo lo que ves aquí existe porque ella me dio oportunidades que nunca tuvo —respondió Mauricio.
Ximena rodó los ojos.
—No exageres.
—A partir de hoy no vuelves a darle una sola orden. Tampoco te quedas sola con ella ni con los niños.
Ximena soltó una carcajada.
—¿Me vas a correr de mi propia casa por una anciana manipuladora?
—Estoy protegiendo a mi madre de la mujer con la que cometí el error de casarme.
El rostro de Ximena cambió.
—Tú también eres culpable, Mauricio. Nunca estás. Siempre tienes una junta, un viaje, un contrato. Trajiste dinero, sí, pero abandonaste a todos dentro de esta casa.
El golpe fue certero.
Mauricio bajó la mirada.
Porque aquella parte era verdad.
Había confundido mantener a su familia con acompañarla.
Había comprado seguridad, médicos, juguetes, choferes y comodidades.
Pero nunca se había detenido a preguntar si su madre era feliz.
—Sí —admitió—. Fallé como hijo. Y voy a cargar con eso. Pero mi ausencia no convierte tu crueldad en algo aceptable.
En ese instante apareció Lupita, una trabajadora doméstica que llevaba 4 años con ellos.
Tenía el rostro pálido y sujetaba su teléfono con ambas manos.
—Señor Mauricio… necesito enseñarle algo.
Ximena dio un paso hacia ella.
—No te metas.
Lupita retrocedió.
—Me quedé callada porque tengo 2 hijos y necesito mi trabajo. Pero ya no puedo seguir haciéndome güey.
Abrió una carpeta.
Había grabaciones de los últimos 3 meses.
En una, Teresa limpiaba la terraza bajo el sol mientras sostenía a Mateo.
En otra, Ximena escondía deliberadamente el bastón y observaba cómo Teresa avanzaba apoyándose contra las paredes.
El tercer video hizo que Mauricio dejara de respirar por un instante.
Ximena empujaba a Teresa contra una mesa después de que la mujer derramara un vaso de leche.
Luego desconectaba una cámara de seguridad.
No sabía que Lupita estaba grabando desde el pasillo.
—Guardé copias —dijo Lupita—. Hace 2 días también puse una denuncia anónima. Pensé que la señora Teresa no iba a aguantar mucho más.