Laura, sin embargo, no podía aceptar la situación.
Durante los siguientes días apenas sostenía al bebé.
Permanecía distante.
Lloraba constantemente.
Repetía una frase una y otra vez.
—Esto no era lo que soñé.
Daniel intentó comprenderla.
Pensó que solo necesitaba tiempo.
Pero el tiempo no cambió nada.
Dos semanas después del nacimiento ocurrió algo que jamás olvidaría.
Laura colocó una maleta junto a la puerta.
—No puedo hacerlo.
Daniel creyó que hablaba del cansancio.
—Claro que podemos. Aprenderemos juntos.
Ella negó con la cabeza.
—No, Daniel.
Lo miró directamente a los ojos.
—No quiero criar a un niño con discapacidad.
Las palabras cayeron como piedras.
Daniel sintió que el aire desaparecía.
—¿Qué estás diciendo?
—Quiero irme.
—¿Y Mateo?
Ella permaneció en silencio.
Ese silencio respondió todo.
Cuando la puerta se cerró detrás de Laura, la casa quedó completamente vacía.
Solo se escuchaba el llanto del bebé.
Daniel respiró profundamente.
Se acercó a la cuna.
Tomó a Mateo entre sus brazos.
—No estás solo.
Jamás volverás a estar solo.
Las primeras semanas fueron un verdadero desafío.
Dormía apenas dos horas por noche.
Aprendía a preparar biberones mientras respondía correos del trabajo.
Cocinaba con una mano y sostenía a Mateo con la otra.
Algunas personas intentaban ayudar.
Otras solo criticaban.
—Todavía eres joven.
—Puedes rehacer tu vida.
—Tal vez sería mejor entregarlo en adopción.
Daniel nunca respondió.
Simplemente sonreía.
Porque cada vez que miraba a su hijo sabía que estaba exactamente donde debía estar.