PARTE 2
Las luces del hospital pasaban sobre mí como destellos blancos.
Adrian corría junto a la camilla, sujetándome la mano con tanta fuerza que me dolían los dedos.
—Mírame, Claire. Quédate conmigo.
Intenté apartarlo.
—No me toques.
—El bebé estará bien.
—No vuelvas a prometerme nada.
El médico ordenó que lo sacaran de la sala.
Adrian se resistió hasta que dos enfermeros lo apartaron.
La última imagen que vi antes de que se cerraran las puertas fue su rostro desencajado.
Durante horas, los médicos intentaron detener el parto.
Mi hijo apenas tenía treinta y cuatro semanas. Sus pulmones aún no estaban completamente desarrollados y su frecuencia cardíaca comenzó a descender.
Fue necesario practicar una cesárea de urgencia.
Cuando desperté, lo primero que hice fue tocarme el vientre.
Estaba vacío.
—¿Mi bebé?
Una enfermera se acercó.
—Está en cuidados intensivos neonatales. Es pequeño, pero estable.
—¿Puedo verlo?
—En cuanto el médico lo autorice.
—¿Y mi esposo?
La enfermera dudó.
—Está afuera. No se ha movido en toda la noche.
Giré el rostro hacia la ventana.
—No quiero verlo.
Adrian permaneció tres días en el pasillo.
Lo supe porque las enfermeras hablaban de él. No comía, no dormía y preguntaba cada hora por mí y por el niño.
Yo me negué a recibirlo.
Al cuarto día, mi abogada llegó con los documentos del divorcio.
—Podemos retrasarlo hasta que te recuperes —me dijo.
—No.
—Claire, acabas de pasar por una cirugía.
—Precisamente por eso quiero terminarlo ahora.
Firmé con una mano temblorosa.
Mi hijo seguía conectado a una máquina y yo había comprendido algo doloroso: una familia no era un hombre prometiendo amor. Era quien permanecía a tu lado cuando dejabas de ser conveniente.
Adrian había tomado su decisión frente a aquel jardín de infancia.
Ahora yo tomaba la mía.
Mi abogada salió con los documentos.
Unos minutos después, escuché un golpe contra la pared del pasillo.
Luego la voz de Adrian.
—No voy a firmar.
—Señor Miller, su negativa no impedirá el proceso —respondió la abogada—. Solo lo hará más largo.
—Necesito hablar con ella.
—Claire no quiere verlo.
—Es mi esposa.
—La mujer a la que usted negó conocer bajo la lluvia ya no se considera su esposa.
Hubo un silencio.
Después oí cómo Adrian se deslizaba hasta el suelo.
No sentí satisfacción.
Solo cansancio.
Aquella tarde me permitieron ver a mi hijo.
Era diminuto. Tenía un gorrito azul y cables pegados al pecho. Su respiración era débil, pero constante.
Introduje la mano por una abertura de la incubadora y rocé sus dedos.
Él me sujetó.
Entonces lloré por primera vez.
Lloré por el hijo que casi perdí.
Por el matrimonio que había construido sobre una mentira.
Por todas las noches en que Adrian había llegado tarde y yo había preferido creer sus explicaciones.
—Se llamará Noah —susurré—. Y te prometo que nunca tendrás que rogarle a nadie que te elija.
—Yo ya lo elegí.
La voz de Adrian sonó detrás de mí.
Me volví.
Estaba en la puerta de la unidad neonatal, con los ojos enrojecidos. Se había cambiado de ropa, pero aún llevaba el reloj que yo le había regalado.
—¿Quién te permitió entrar?
—Soy su padre.
—Biológicamente.
La palabra lo golpeó.
Se acercó a la incubadora, pero no tocó al bebé.
—Noah —repitió—. Es bonito.
—No vine a pedir tu opinión.
—Claire, Vanessa no es mi esposa.
—¿Y eso debería tranquilizarme?
—Escúchame una sola vez.
—Te escuché durante siete años.
Adrian bajó la cabeza.
—Conocí a Vanessa cuando tenía veintidós años. Mi padre quería fusionar nuestras empresas y nos comprometieron. Nunca la amé. Antes de casarnos, ella quedó embarazada.
Miró a Daisy.
O al menos, pareció verla en su memoria.
—Su familia me aseguró que era mi hija. Yo no estaba listo, pero decidí asumir la responsabilidad. Después del nacimiento descubrí que Daisy tenía una enfermedad cardíaca congénita. Vanessa desaparecía durante meses, así que yo me hice cargo de todo.
—¿Y luego me conociste?
—Sí.
—¿Y decidiste ocultarme una hija?
—Temía perderte.
Me reí sin humor.
—No temías perderme. Temías enfrentar las consecuencias de tus mentiras.
Adrian aceptó el golpe.
—Tienes razón.
—¿El bebé que espera Vanessa es tuyo?
Su silencio volvió a responder.
—Dilo.
—Sí.
Tuve que sostenerme de la incubadora.
—¿Desde cuándo?
—Hace cinco meses Vanessa apareció en una conferencia. Estaba borracha. Dijo que se llevaría a Daisy al extranjero y que nunca volvería a verla. Discutimos. Yo también había bebido.
—No continúes.
—No intento justificarme.
—Entonces ¿por qué fingiste no conocerme?
Adrian cerró los ojos.
—Porque Vanessa no sabe que estamos casados.
Lo miré con incredulidad.
—¿Qué?
—Mi padre dejó una parte importante de las acciones de la empresa a Daisy. Vanessa controla esos derechos hasta que la niña sea mayor. Amenazó con venderlos a nuestro principal competidor si descubría que yo había formado otra familia.