—A la vista de las nuevas pruebas, este tribunal deja sin efecto la resolución dictada hace apenas unos minutos.
Se concede la suspensión inmediata del procedimiento hasta investigar los presuntos delitos de fraude, falsificación documental y violencia económica.
Además…
Miró fijamente a Ricardo.
—Se ordena el embargo preventivo de todos sus bienes personales y empresariales.
Dos agentes de la Unidad de Delitos Económicos entraron inmediatamente en la sala.
—Señor Ricardo Soler.
Queda usted formalmente detenido.
Las esposas se cerraron alrededor de sus muñecas con un sonido seco.
Ricardo volvió la vista hacia Clara una última vez.
Esperaba encontrar odio.
O satisfacción.
Pero solo encontró indiferencia.
Y esa indiferencia le dolió mucho más que cualquier condena.
Porque comprendió demasiado tarde que había perdido mucho más que una fortuna.
Había perdido a la única mujer que lo había amado de verdad.
Y jamás volvería a tener una segunda oportunidad.
Mientras los agentes se lo llevaban, Alejandro rodeó con un brazo los hombros de su hija.
—Vámonos a casa.
Clara levantó la vista.
—¿A cuál?
El multimillonario sonrió con lágrimas en los ojos.
—A la que siempre debió ser también la tuya.
Y mientras padre e hija abandonaban juntos el juzgado, decenas de periodistas aguardaban tras las puertas.
Los flashes iluminaron el cielo gris de Madrid.
Pero, por primera vez en toda su vida, Clara ya no sintió miedo de enfrentarse al mundo.
Porque había llegado al tribunal creyendo que saldría sin nada.
Y salía de él con algo que ningún dinero podía comprar.
Una familia que nunca dejó de buscarla.