No funcionó.
—Elena.
Seguí caminando.
Él me alcanzó.
—Por favor, solo cinco minutos.
—No deberías estar aquí.
—Necesitaba verte.
—Mi abogada te pidió que no vinieras.
—No vine a hablar de dinero.
Lo miré.
—Entonces no tenemos nada que hablar.
Daniel respiró hondo.
—Terminé con Vanessa.
No sentí nada.
Eso pareció desconcertarlo.
—¿Me escuchaste?
—Sí.
—Ya no hablo con ella.
—Está bien.
—¿Eso es todo?
—¿Qué esperabas?
Daniel se pasó una mano por el cabello.
—No sé. Alguna reacción.
—Tu relación con Vanessa dejó de ser asunto mío el día que presenté el divorcio.
—Pero lo hice por nosotros.
Negué con la cabeza.
—No existe un “nosotros”.
Sus ojos se humedecieron.
—Cometí errores.
—Sí.
—Pero nunca quise perderte.
—Y precisamente por eso me perdiste.
Frunció el ceño.
—No entiendo.
—Porque estabas tan seguro de que jamás me iría que pensaste que podías hacer cualquier cosa.
Daniel abrió la boca.
—Yo te quería.
—Querías tenerme.
La diferencia lo dejó en silencio.
—Querías llegar a casa y encontrar comida. Querías que recordara tus citas médicas, comprara regalos para tu familia, organizara tus viajes y soportara tus cambios de humor. Querías una esposa estable mientras disfrutabas de una relación emocional con otra mujer.
—Nunca dormí con ella.
—Ya no importa.
—¡Claro que importa!
—No para mí.
Daniel se quedó inmóvil.
Aquello era lo que nunca había comprendido.
Pasó meses intentando determinar exactamente qué línea había cruzado.
Si besar era peor que abrazar.
Si compartir hoteles era peor que compartir cenas.
Si dormir juntos era necesario para llamar aquello infidelidad.
Pero nuestro matrimonio no murió por una sola noche.
Murió cada vez que me pidió sacrificar mi dignidad para proteger su comodidad.
Daniel bajó la voz.
—Vanessa y yo nos besamos.
Lo miré.
—Fue una vez.
Silencio.
—Durante el aniversario.
Sentí una presión extraña en el pecho.
No dolor.
Algo más parecido a la última pieza de un rompecabezas encajando.
—Gracias por confirmarlo.
—Yo estaba borracho.
—Por supuesto.
—Ella me besó primero.
—Por supuesto.
—La aparté.
—Por supuesto.
—Elena, deja de hablar así.
—¿Así cómo?
—Como si ya no te importara.
Lo miré directamente.
—Daniel, ya no me importa.
Aquella fue la primera vez que realmente me creyó.
Su rostro se quebró.
—Dame una oportunidad.
—Tuviste miles.
—Podemos empezar de cero.
—Yo ya empecé de cero.
—Puedo mudarme aquí.
Me reí suavemente.
—Sigues sin entenderlo.
—Entonces explícame qué tengo que hacer.
—Nada.
—Tiene que haber algo.
—Firmar el divorcio.
Daniel apretó la mandíbula.
—¿Hay otro hombre?
Ahí estaba.
La única explicación que podía concebir para que una mujer dejara de girar alrededor de él era que hubiera encontrado a otro hombre alrededor del cual girar.
—No.
—No te creo.
—Eso también dejó de ser problema mío.
Me di la vuelta.
Daniel me agarró del brazo.
Me solté inmediatamente.
El guardia de seguridad del edificio se acercó.
—¿Todo bien, señora?
—Sí. Este hombre ya se iba.
Daniel bajó la mano.
Nunca olvidaré su expresión.
No porque estuviera triste.
Sino porque finalmente comprendía que ya no tenía acceso automático a mí.
Se marchó aquella misma noche.
Pensé que ahí acabaría todo.
Me equivoqué.
Dos meses después recibí una llamada de un número desconocido.
Era Vanessa.
Su voz temblaba.
—Elena, por favor no cuelgues.
—Tienes treinta segundos.
—Daniel está diciendo cosas horribles sobre mí.
—Eso es entre ustedes.
—Me culpa por el divorcio.
—También es entre ustedes.
—Dice que yo destruí su matrimonio.
Me apoyé en la silla.
—¿Y qué quieres que haga?
—Que le digas que no fue culpa mía.
No pude evitar reírme.
—Vanessa, durante años te sentaste a mi mesa, usaste mis cosas, ocupaste mis vacaciones, celebraste fechas especiales con mi marido y publicaste fotografías diseñadas específicamente para que yo las viera.