PARTE 2
CUANDO EL NOVIO ME VIO ENTRE LOS INVITADOS, SUPO QUE SU VIDA ACABABA DE CAMBIAR
Adrian se quedó parado en la entrada del salón.
Durante unos segundos, pareció olvidar que había cientos de personas observándolo.
Su rostro perdió el color.
Yo permanecí sentada.
No grité.
No corrí hacia él.
No hice ninguna escena.
Simplemente levanté mi copa y le dediqué una pequeña sonrisa.
Eso pareció asustarlo todavía más.
Sophie, completamente ajena a lo que estaba ocurriendo, corrió hacia él.
—¡Adrian!
Lo tomó del brazo.
Él tardó varios segundos en reaccionar.
—Sophie…
—¿Qué pasa? Estás pálido.
Sus ojos seguían clavados en mí.
—Nada. Solo… estoy cansado.
Entonces Sophie siguió su mirada.
Cuando me vio, sonrió.
—¡Ah! Te estaba esperando. Ven, quiero presentarte a mi jefa.
Aquello era tan absurdo que casi me hizo reír.
Mi propia amante… no.
La amante de mi esposo estaba a punto de presentarme a mi esposo.
Adrian intentó detenerla.
—Sophie, quizá ahora no…
Pero ella ya me estaba llevando de la mano.
—Elena, él es Adrian, mi esposo.
Luego se giró hacia él, orgullosa.
—Cariño, ella es Elena Carter, la directora de la empresa donde estoy haciendo mis prácticas. Te he hablado de ella muchas veces.
Adrian parecía incapaz de respirar.
Yo extendí la mano.
—Mucho gusto, Adrian.
Él miró mi mano.
Después miró mis ojos.
—Elena…
Sophie soltó una pequeña carcajada.
—¿Se conocen?
Yo mantuve la sonrisa.
Adrian respondió demasiado rápido.
—Nos hemos visto en algunos eventos empresariales.
—Qué mundo tan pequeño —dijo Sophie.
—Sí —respondí—. Mucho más pequeño de lo que imaginaba.
Adrian entendió perfectamente el significado.
Apretó los labios.
Sophie fue llamada por una de las damas de honor y se alejó unos pasos.
En cuanto estuvimos solos, Adrian se inclinó hacia mí.
—¿Qué estás haciendo aquí?
—Me invitaron.
—Elena.
—¿Sí?
—No hagas una locura.
Lo miré durante varios segundos.
Aquellas palabras hicieron que algo dentro de mí terminara de romperse.
Después de quince años de matrimonio, después de cuatro años de mentiras, después de hipotecar las propiedades de nuestras familias para financiar a otra mujer…
¿La loca podía ser yo?
—Tranquilo —respondí—. No pienso arruinar tu boda.
Su expresión cambió.
—Podemos hablar en casa.
—¿En cuál?
Frunció el ceño.
—¿Qué?
—¿En nuestra casa hipotecada o en la casa de Miami que pusiste a nombre de Sophie?
Su mandíbula se tensó.
Por fin comprendió que yo sabía mucho más de lo que había imaginado.
—Elena, no sabes toda la historia.
—Entonces tendrás tiempo para explicársela a mis abogados.
El miedo volvió a sus ojos.
—¿Abogados?
Antes de que pudiera responder, comenzó la ceremonia.
Adrian tuvo que alejarse.
Yo observé cómo caminaba hacia el altar.
Durante años había pensado que conocía cada gesto de ese hombre.
Sabía cómo fruncía el ceño cuando estaba preocupado.
Cómo movía los dedos cuando estaba nervioso.
Cómo fingía tranquilidad cuando algo escapaba de su control.
Y en aquel momento estaba aterrorizado.
Sophie apareció al fondo del salón.
Todos se pusieron de pie.
Sonaba una melodía romántica.
Ella avanzó hacia el altar con los ojos llenos de lágrimas.
Adrian la miraba.
Pero cada pocos segundos desviaba los ojos hacia mí.
Cuando el oficiante comenzó a hablar sobre fidelidad, compromiso y amor eterno, tuve que bajar la mirada para ocultar mi sonrisa.
Qué curioso.
Quince años antes, Adrian había prometido exactamente lo mismo frente a mí.
Entonces había llorado.
Yo también.
Aquel día pensé que estaba comenzando la mejor etapa de mi vida.
Ahora entendía que algunas personas podían pronunciar promesas solemnes sin sentir el peso de una sola palabra.
Finalmente llegó el momento.
—Adrian Cole, ¿aceptas a Sophie Bennett…?
Adrian abrió la boca.
Pero antes de que pudiera responder, las puertas del salón se abrieron.
Dos hombres vestidos con traje entraron.
Uno era Daniel Brooks, mi abogado.
El otro era un investigador financiero.
Varias personas se giraron.
Adrian cerró los ojos durante un instante.
Sabía perfectamente quiénes eran.
Daniel caminó hasta mí.
—Señora Carter.
Levanté la mirada.
—¿Está todo listo?
—Sí.
Le entregó un sobre grueso a Adrian.
—Señor Cole, queda formalmente notificado.
Sophie miró a su supuesto futuro esposo.
—¿Notificado de qué?
Nadie respondió.
El salón entero quedó en silencio.
Adrian abrió el sobre.
La primera página era una solicitud de divorcio.
La segunda contenía una orden judicial provisional para impedir la venta o transferencia de determinados bienes matrimoniales.
La tercera enumeraba varias propiedades y cuentas bajo investigación.
Sophie se acercó.
—Adrian… ¿qué significa esto?
Él dobló rápidamente los documentos.
—Nada.
Entonces me puse de pie.
No necesitaba levantar la voz.
La sala estaba tan silenciosa que podían escucharme perfectamente.
—Significa que el hombre con quien estás a punto de casarte ya está casado.
Sophie me miró.
Durante un segundo pareció no entender.
—¿Qué?
—Conmigo.
Escuché varias exclamaciones.
Rachel se tapó la boca.
Alguien dejó caer una copa.
Sophie volvió lentamente la cabeza hacia Adrian.
—Dile que está mintiendo.
Adrian no dijo nada.
—¡Adrian!
—Sophie, escúchame…
—¡Dile que está mintiendo!
Él cerró los ojos.
Aquello fue suficiente.
Sophie retrocedió dos pasos.
Su rostro palideció.
—Tú me dijiste que estabas divorciado.
Sentí un golpe inesperado.