Tragué saliva. Era la primera vez que lo escuchaba decir su nombre. Y tenía un sonido extraño, casi íntimo, como un secreto que se desliza por la piel.
—William —repetí con suavidad—. ¿Cómo soy yo? Lo que ve, quiero decir.
Se acercó. Sentí su presencia justo frente a mí. Su voz bajó de tono.
—Tiene el cabello más oscuro que imaginé. Y una sonrisa que… bueno, hace que me olvide de lo que iba a decir.
—Vaya, eso no suena muy ducal.
—Tampoco usted suena como una víctima. Y aquí estamos, rompiendo estereotipos.
Estiré la mano en dirección a su voz. No pensé demasiado. Simplemente lo hice. Él dudó un instante, pero luego tomó mi mano entre las suyas. Estaban cálidas. Firmes.
—¿Puedo? —pregunté, queriendo tocar su rostro.
—Claro.
Mis dedos rozaron su barbilla, su mandíbula bien definida, el arco de su nariz, las cejas arqueadas. No necesitaba ver para imaginarlo. Alto, fuerte, de rasgos elegantes pero tensos. Un hombre que se había guardado las emociones tanto tiempo que no sabía muy bien qué hacer con ellas.
—No eres tan fiero como decían, William.
—Y tú no eres tan frágil como temían.
Nos quedamos en silencio unos segundos, pero esta vez, no fue incómodo. Fue lleno. Como si estuviéramos diciendo más cosas sin abrir la boca.
Sabía, sin verlo, que estaba sonriendo. Y por primera vez en mucho tiempo, yo también lo estaba de verdad.
Los días siguientes pasaron más rápido de lo que imaginé.
William comenzó a visitarme cada tarde. A veces caminábamos por los jardines. Bueno, él caminaba y yo fingía no tropezar con las raíces para conservar un poco de dignidad.
—Acabas de chocar contra un rosal —comentó una tarde.
—El rosal se interpuso en mi camino.
—Por supuesto.
—Deberías castigarlo.
Su risa se convirtió rápidamente en uno de mis sonidos favoritos.
Por primera vez en años, dejé de sentirme como una carga que alguien debía soportar.
Con William era diferente.
No me guiaba tomándome del brazo como si fuera una niña.
Simplemente me ofrecía su mano.
Y yo la aceptaba.
Todo parecía perfecto.
Hasta que conocí a su madre.
La duquesa viuda tenía una voz afilada. Sonaba elegante, sí, pero también fría.
La primera vez que me recibió en el salón principal, apenas intentó disimular su desaprobación.
—Así que tú eres la joven —dijo.
—Y usted debe ser la madre de William.
—Muy observadora.
Me quedé en silencio unos segundos.
—Bueno, la alternativa era asumir que era el caballo de la familia.
Escuché a William atragantarse con una carcajada.
La duquesa no se rio.
Eso me dio una pista bastante clara de cómo sería nuestra relación.
Durante semanas soporté comentarios disfrazados de cortesía.
—Qué pena que no puedas apreciar los retratos familiares.
—Qué desafortunado que no veas los jardines.
—Qué complicado debe ser administrar una casa en tu condición.
Siempre sonreía.
Siempre respondía con educación.
Pero cada palabra dejaba una pequeña herida.
Una tarde, durante el té, la duquesa fue demasiado lejos.
—William, todavía estás a tiempo de reconsiderarlo.
El salón quedó en silencio.
Sentí cómo mi estómago se contraía.
—Madre —dijo él con voz peligrosa.
—Solo digo lo que todos piensan. Eres un duque. Necesitas una esposa fuerte.
Apreté los dedos alrededor de la taza.
—¿Insinúa que no lo soy?
—Insinúo que una mujer que no puede ver dependerá siempre de otros.
Por primera vez, no supe qué responder.