Había dejado sobre la encimera del baño una caja de vitaminas prenatales.
Cuando salí, lo encontré sentado en el borde de la cama con el frasco en la mano.
Su rostro parecía de piedra.
—¿Qué es esto?
Sentí que todo mi cuerpo se tensaba.
—Déjalo.
—Elena.
—Dámelo.
No lo hizo.
—¿Estás embarazada?
Silencio.
—¿Estás embarazada?
—Sí.
El frasco casi se le cayó.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde el día que fui a verte.
Adrian se quedó inmóvil.
Observé cómo calculaba las fechas.
Cómo recordaba aquella noche.
Cómo entendía finalmente qué llevaba yo en el bolso mientras él ayudaba a Claire a vestirse.
—Fuiste allí para…
—Decírtelo.
Se sentó de golpe.
—Dios.
Se pasó ambas manos por la cara.
—Dios mío, Elena.
Yo no sentí satisfacción.
Había imaginado aquel momento muchas veces.
Pensé que disfrutaría viéndolo comprender la magnitud de lo que había hecho.
No fue así.
Solo sentí cansancio.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque cinco minutos antes me habías dicho que era una suerte que no tuviéramos hijos.
Adrian cerró los ojos.
—No sabía.
—Exactamente.
—¿Ibas a abortar?
Mi silencio fue suficiente.
Levantó la cabeza.
—¿Ibas a hacerlo sin decirme?
—Tenía una cita.
Se puso de pie.
—¡Es mi hijo también!
—Y la cancelé.
Se quedó quieto.
—¿Qué?
—Voy a continuar con el embarazo.
La transformación de su rostro fue inmediata.
Algo parecido al alivio.
Luego dio un paso hacia mí.
—Entonces…
Levanté una mano.
—No.
—Ni siquiera sabes qué iba a decir.
—Sí lo sé.
—Elena, tenemos un hijo.
—Tenemos un embarazo.
—Podemos arreglar…
—No.
La palabra salió firme.
—Adrian, no uses a este bebé para borrar lo que hiciste.
—No estoy intentando borrar nada.
—Hace tres semanas querías divorciarte.
—No sabía que estabas embarazada.
—Y ese es exactamente el problema.
Respiré.
—Si solo quieres quedarte porque hay un bebé, no estás eligiéndome a mí.
Sus ojos se enrojecieron.
—Tal vez estaba confundido.
—No estabas confundido cuando alquilaste un apartamento.
—Elena…
—No estabas confundido durante ocho meses.
—Cometí un error.
—Un error ocurre una vez.
Lo miré directamente.
—Tú mantuviste un calendario.
Un departamento.
Transferencias.
Mentiras.
Eso no fue un error.
Fue una vida paralela.
Adrian se dejó caer nuevamente en la cama.
—¿Claire sabe?
—No es asunto mío.
Me miró.
—He terminado con ella.
Aquello me sorprendió.
—¿Por qué?
—Porque todo explotó.
Solté una pequeña risa sin alegría.
—Pobre Claire.
—No te burles.
—No me burlo.
Lo observé durante unos segundos.
—Solo resulta interesante que ella fuera “lo único que te mantenía en pie” hasta que tu vida empezó a tener consecuencias.
Adrian bajó los ojos.
Después de enterarse del embarazo empezó a llamarme todos los días.
No contestaba siempre.
Preguntaba por las citas médicas.
Le enviaba información básica porque, aunque nuestro matrimonio terminara, él sería el padre.
Pero establecí límites.
No entraba en consultas salvo que yo lo invitara.
No aparecía sin avisar.
No discutíamos nuestra relación cada vez que preguntaba por el bebé.
Al principio lo llevó mal.
Después comenzó a respetarlo.
Quizá porque su abogado también le había explicado que gritarme por teléfono no era una estrategia brillante.
O quizá porque, por primera vez, comprendió que ya no tenía acceso automático a mí.
Claire desapareció de su vida dos meses después.
Me enteré por Margaret.
Adrian había solicitado un traslado.
La relación con Claire había terminado mal.
Según él, ella no podía soportar “todo el drama”.
No sentí alegría.
Eso fue lo que más me confirmó que había avanzado.
Meses antes habría querido saber cada detalle.
Quién dejó a quién.
Si discutieron.
Si ella lloró.
Si Adrian se arrepentía.
Ahora me daba igual.
La verdadera victoria sobre alguien no siempre es verlo sufrir.
A veces es conseguir que su sufrimiento deje de interesarte.
El acuerdo de divorcio tardó meses.
Adrian devolvió los fondos que había retirado de nuestra cuenta.
Renunció a reclamar una parte sustancial de la casa a cambio de que yo asumiera el resto de la hipoteca.