Parte 2
La mujer se presentó como Elena, una trabajadora social ya jubilada. Había conocido a Clara más de cuarenta años atrás y conservaba una carpeta que nunca había tenido oportunidad de entregarle. Cuando escuchó que aquella anciana había llamado “Isabel” a mi hija y que había reaccionado para salvarla, comprendió que algunos recuerdos seguían vivos a pesar del Alzheimer. Abrió la carpeta y nos mostró fotografías antiguas. En varias aparecía Clara sosteniendo a una niña de apenas dos años. Detrás de cada imagen había una fecha y un mismo nombre escrito con tinta azul: Isabel.
Elena nos explicó que Isabel era la única hija de Clara. Treinta y cinco años antes sufrió un grave accidente mientras jugaba cerca de una carretera. Clara alcanzó a correr y logró apartarla de un automóvil segundos antes del impacto, aunque ella resultó gravemente herida. Isabel sobrevivió, pero falleció años después debido a una enfermedad completamente distinta. A partir de aquella pérdida, Clara jamás volvió a ser la misma. Cuando el Alzheimer comenzó a borrar lentamente sus recuerdos, desaparecieron nombres, lugares y fechas, pero nunca aquella imagen de correr desesperadamente para salvar a su hija. Por eso, al ver el cochecito de Olivia avanzar hacia la pendiente, su cuerpo reaccionó antes que la enfermedad.
Mientras todos escuchábamos en silencio, Elena sacó una carta doblada que Clara había escrito poco después de la muerte de Isabel. Nunca llegó a entregársela a nadie. En ella podía leerse: “Si algún día dejo de recordar quién soy, solo espero no olvidar que fui la mamá de la niña más valiente del mundo.” La psicóloga de la residencia rompió en llanto. Durante años habían estudiado la evolución de Clara sin conocer la historia que explicaba por qué siempre pronunciaba aquel nombre. Pero aún quedaba una última sorpresa. Elena mostró un pequeño medallón que había permanecido guardado junto a la carta. Dentro había una fotografía diminuta de Isabel cuando era bebé. Al colocar el medallón junto al rostro de Olivia, el parecido era extraordinario. Clara acarició la mejilla de mi hija y, por primera vez en muchos meses, pronunció con total claridad una frase que ninguno de nosotros esperaba: “No sos Isabel… pero gracias por traerme de vuelta el recuerdo de abrazarla una vez más.”