Al final pagó y se fue.
Volvió el viernes siguiente. Y el otro. Siempre las flores más baratas. Siempre para “una tumba”.
Un día me preguntó, sin verme a los ojos, si yo tenía una hija.
Le dije que sí.
Me preguntó cómo se llamaba.
Cuando le dije “Renata”, tuvo que agarrarse del mostrador. Ese nombre lo escogió Diego. Yo no sabía que él lo sabía. A lo mejor Diego se lo alcanzó a decir antes del pleito, cuando todavía se hablaban.
Nunca me pidió verla. Óiganme bien: nunca. En tres años, ni una sola vez me dijo “déjame cargarla”, “déjame conocerla”, “es mi nieta”.
Solo preguntaba, cada viernes: “¿Cómo está la niña?”
Y me dejaba el sobre.
Yo, la verdad, al principio lo agarré con rencor. Pensaba: ahora sí quieres ayudar, viejo, ahora que tu hijo ya no está para que le arruines la vida. Agarraba su dinero casi con coraje. Como cobrándome algo.
Me tardé como un año en darme cuenta de que ese hombre nunca me estaba comprando el perdón.
Me estaba pidiendo permiso de existir cerca de lo único que le quedaba de su hijo. Y ni eso se atrevía a pedirlo en voz alta.
Yo agarraba su dinero y le hablaba golpeado. Y él me daba las gracias. A mí. Por dejarlo preguntar cómo estaba la niña.
Hay una cosa que no le he dicho a nadie.
Un viernes lo vi, desde la ventana de la florería, sentado en la banca de enfrente. Nada más ahí. Viendo pasar a los niños que salían del kínder de junto. El kínder al que iba Renata.
No la cargó nunca. Pero se aprendió la hora de la salida.
Y yo, todo ese tiempo, le decía “sugar daddy” a mis amigas.
Esa noche, en mi puerta, Don Ernesto seguía parado. No se quiso sentar.
Le dije que pasara. Negó con la cabeza.
—Ya me voy. Nada más vine a dejar la caja.
Le pregunté por qué. Por qué venía a dejar cosas ahora. Por qué el mensaje de la mañana, lo de que ya no le quedaba nada que vender.
Y ahí, en el marco de la puerta, con Martín oyendo desde el sillón, el viejo me contó lo que llevaba tres años sin decirme.
—El dinero que te daba no me sobraba —dijo.
Me contó que había vendido el taller. Las herramientas de toda su vida, una por una. El reloj de su papá. Que llevaba año y medio malbaratando los muebles de su casa. Que dormía en un colchón en el piso porque ya había vendido hasta la cama.
—Todo está bien —dijo—. Yo no necesito mucho.
Le pregunté, ya llorando, por qué. Por qué no me dijo. Por qué no me dejó devolverle un peso. Por qué nunca me pidió ver a Renata si tanto la…
No me dejó terminar.
—Porque yo corrí a mi hijo de la casa —dijo—. Lo corrí por ti. Y se murió enojado conmigo. Se murió sin que yo le pidiera perdón.
Se quedó callado. Le temblaba la quijada igual que hace rato.
—A Diego ya no lo puedo abrazar —dijo—. Pero le podía mandar dinero a su hija. Sin molestar. Sin que nadie me lo agradeciera. Era lo único que me dejaba dormir.
Martín se levantó del sillón. No dijo nada. Se metió a la cocina. Creo que no aguantó.
Le dije a Don Ernesto que pasara. Que Renata ya se iba a dormir, pero que lo dejaba verla un ratito. Que ya no importaba lo de antes.
Y el viejo, que en tres años no me pidió nada, me pidió lo único que me pidió en su vida:
—¿Me dejas verla dormir? Nomás tantito. No la despierto.
Lo dejé pasar al cuarto.
Se paró en la puerta. No entró. Desde ahí la vio dormir, con su cobija, chupándose el dedo, como memorizándola.
No lloró. Nada más se quedó viéndola, agarrado del marco.
Después de un rato dijo, bajito:
—Es igualita a él cuando era chiquito.
Y se persignó.
En la puerta, antes de irse, me agarró la mano con las dos suyas, heladas, y me dijo:
—Gracias por dejarme ser su abuelo, aunque sea de lejos.
Se fue caminando despacio en lo oscuro.
Fue la última vez que lo vi vivo.
Esa noche no dormí.
Decidí que se acababa el secreto. Que Renata iba a saber quién era su papá y quién era su abuelo. Que a Don Ernesto lo íbamos a sacar de ese colchón en el piso, que se viniera a vivir cerca, algo, lo que fuera. Que a mi hija no le iba a faltar el único abuelo que tenía por un orgullo mío.
Martín, ya en la madrugada, me dijo una sola cosa desde la cama:
—Ve por él mañana.
No me pidió perdón por lo del anillo. Yo tampoco. Pero puso su mano en mi espalda y ahí la dejó.
Al otro día no fui. Tuve trabajo en la florería, Renata amaneció con tos, se me hizo tarde. Me dije: el fin de semana. El sábado voy con Renata y le caemos de sorpresa.
El viernes Don Ernesto no llegó a la florería.
La primera vez en tres años que un viernes no llegó.
Se me hizo raro. Pero pensé que estaba malito, con el frío que hacía.
El sábado agarré a Renata, compré flores —de las buenas, no de las de a veinte— y fui a la dirección que venía en un papelito adentro de la caja.
Era una vecindad vieja. Toqué. Salió una señora.
Le pregunté por Don Ernesto.
Me miró con esa cara que una ya reconoce. La cara de la mala noticia.
—¿Usted es familia? —me preguntó.
—Es el abuelo de mi hija —dije.
Se le llenaron los ojos.
—Se nos fue el miércoles, mija. En la madrugada. Solito.
El miércoles.
Un par de noches después de haber estado parado en la puerta del cuarto de Renata, viéndola dormir.
La señora me dejó entrar a su cuarto. No había nada. El colchón en el piso, como él dijo. Una veladora apagada. Y en la pared, con tachuelas, recortes.
Eran fotos de Renata.
De la salida del kínder. De lejos, movidas, mal tomadas, de alguien que no se atrevía a acercarse. Tres años de fotos de una niña, tomadas desde una banca, desde la otra acera.
En un cajón encontré los papeles del IMSS.
Cáncer. Desde hacía ocho meses. En los papeles decía que había rechazado el tratamiento.
Ocho meses. Los mismos ocho meses en que me mandaba mensajes de “aguántame, mija”.
No le quedaba nada que vender. Tampoco le quedaba tiempo. Y las dos cosas se las estaba gastando en Renata.
Esa noche abrí la caja que se le había caído en mi puerta.
Arriba estaban las cosas de Diego. Su gorra. Sus discos. Los zapatitos que compró cuando yo estaba embarazada, guardados cuatro años.
Y hasta abajo, un sobre. Adentro, la escritura de la vecindad —de ese cuarto con el colchón en el piso— pasada a nombre de Renata. Y un papelito, con su letra temblorosa:
“Para la niña. No es mucho. Es lo que me quedaba. Dile, cuando sea grande, que su papá la quería desde antes de conocerla. Y que su abuelo la vio crecer, aunque fuera de lejos. No le digas que lloré.”
No le hice caso.
Sí lloré. Y le voy a decir.
Renata todavía no entiende bien. Sabe que su papá y su abuelo están en el cielo, juntos. Sabe que a los dos les gustaban las flores.
Yo las conseguí que quedaran pegadas, las dos tumbas. Padre e hijo. Los que se murieron peleados y nunca se pudieron pedir perdón, ahora están lado a lado, y yo soy la que los junté.
Renata siempre escoge las amarillas. Dice que son las más alegres. Las reparte entre las dos y luego me jala para ir por un helado.
El otro día me preguntó por qué compramos las flores más baratas, si a ella le gustan las caras.
Le dije que su abuelo también compraba las más baratas.
Lo que no le conté —eso se lo voy a decir cuando aprenda a leer, con el papelito enfrente— es que cada una de esas moneditas que contaba despacito en mi mostrador, como si le costara soltarlas, se la estaba quitando a los pocos viernes que le quedaban de vida.
Para regalárselos a ella.
Yo todavía me quedo un rato en la banca. La misma de enfrente del kínder, la del panteón, todas las bancas.
Compro las flores más baratas. Los viernes. Para una tumba que por fin sé de quién es.
Ahora son dos.