PARTE 2
EL DIRECTOR QUE ME DESPIDIÓ POR 1.000 YUANES TERMINÓ SUPLICÁNDOME POR 200 MILLONES
Durante varios segundos nadie dijo una palabra.
El director Wang estaba frente a mí, respirando con dificultad, como si hubiera corrido una maratón en lugar de atravesar apenas veinte metros desde la entrada del banco.
Detrás de él se agrupaban empleados, guardias de seguridad y algunos clientes curiosos.
Jessica también estaba allí.
Y por primera vez desde que la conocía, no había ni una pizca de arrogancia en su rostro.
Solo confusión.
—¿Qué acaba de decir? —pregunté.
Wang tragó saliva.
—Señorita Lin, creo que ha habido un malentendido.
Casi me reí.
—Qué rápido aparecen los malentendidos cuando desaparecen doscientos millones.
Su cara se puso todavía más pálida.
—Podemos volver a mi oficina y hablar tranquilamente.
—Hace quince minutos estaba perfectamente dispuesto a despedirme delante de todo el mundo.
Miré a mi alrededor.
—Podemos hablar aquí.
Varios empleados bajaron la cabeza.
Wang apretó los dientes.
Sabía que cada segundo que pasaba la situación se volvía más humillante.
Pero también sabía algo mucho más importante.
Yo no estaba mintiendo.
La llamada que acababa de recibir no era de un cajero.
Ni siquiera era de la oficina regional.
Era de la división de grandes patrimonios de la sede central.
Una transferencia de doscientos millones desde una sola cuenta no pasaba desapercibida.
Mucho menos cuando ese dinero llevaba años depositado allí.
—Señorita Lin —dijo intentando recuperar el tono profesional—, nadie quiere perder una clienta tan importante.
Lo observé.
—Hace diez minutos yo no era una clienta importante.
—La situación era diferente.
—No.
Negué lentamente.
—La situación era exactamente la misma. Yo era la misma persona. Lo único diferente es que ahora sabe cuánto dinero tengo.
Wang abrió la boca.
No encontró respuesta.
Jessica, incapaz de soportar el silencio, intervino:
—Elena, esto es ridículo. Aunque tengas dinero, infringiste las normas.
La miré.
Aquella mujer realmente no sabía cuándo detenerse.
—¿Sigues queriendo hablar de las tarjetas?
—Claro que sí.
—Perfecto.
Saqué mi teléfono.
—Entonces llamemos a la señora Li.
Jessica se quedó inmóvil.
Por primera vez vi miedo en sus ojos.
No mucho.
Apenas un destello.
Pero estaba allí.
Wang también lo notó.
—No es necesario molestar a una clienta…
—¿No?
Sonreí.
—Me despidieron basándose en su regalo. Creo que la persona que lo entregó merece participar en la conversación.
Busqué el contacto.
Marqué.
La señora Margaret Li contestó casi inmediatamente.
—¡Elena! Justo estaba pensando en llamarte. ¿Cómo estás, querida?
Activé el altavoz.
—Señora Li, disculpe que la moleste. Necesito confirmar algo.
—Claro.
—La semana pasada, ¿usted me dio dos tarjetas de supermercado por valor de quinientos yuanes cada una?
—Sí. ¡Y no quería aceptarlas! Tuve que prácticamente meterlas en tu cajón.
Algunos empleados levantaron la vista.
Continué:
—¿Yo le pedí esas tarjetas?
—¡Por supuesto que no! ¿Qué clase de pregunta es esa?
—¿Le ofrecí algún beneficio bancario a cambio?
—Nunca. Elena, ¿qué está pasando?
Miré directamente a Jessica.
—Las tarjetas desaparecieron de mi cajón al día siguiente. Hoy me despidieron acusándome de aceptar regalos de forma indebida.
La señora Li guardó silencio.
Dos segundos.
Tres.
Y entonces explotó.
—¿QUÉ?
Su voz salió tan fuerte del teléfono que incluso el guardia de seguridad dio un paso atrás.
—¡Quiero hablar con el director!
Wang intentó intervenir.
—Señora Li, soy el director Wang. Estamos investigando…
—¿Investigando? ¡Yo le di esas tarjetas! ¡Esa chica me atendió durante años y jamás me pidió nada! Siempre que yo intentaba agradecerle algo, ella lo rechazaba. ¿Y ustedes la despiden?
Wang se masajeó la frente.
—Entendemos su posición, pero existen procedimientos internos…
—Entonces revise sus cámaras.
El silencio fue instantáneo.
Miré a Wang.
—Eso mismo iba a sugerir.
Jessica dio un paso atrás.
Muy pequeño.
Pero suficiente.
Wang frunció el ceño.
—Las cámaras no cubren completamente la zona de escritorios.
—Entonces revisemos las que sí la cubren.
—Elena…
—¿Por qué tanta resistencia?
La sonrisa desapareció de mi rostro.
—Si están tan seguros de que soy culpable, las cámaras deberían ayudarlos.
Detrás de Wang apareció un hombre alto con traje gris.
Lo reconocí vagamente.
Era el subdirector regional, Michael Zhou.
Había visitado nuestra sucursal varias veces.
Normalmente caminaba sin mirar a nadie que estuviera por debajo del nivel gerencial.
Ese día, sin embargo, vino directamente hacia mí.
—Señorita Lin.
Su voz era extremadamente respetuosa.
—Acabo de hablar con la sede central.
Wang palideció todavía más.
—Director Zhou, yo puedo explicarlo…
—Después.
Zhou ni siquiera lo miró.
—Señorita Lin, antes que nada quiero disculparme en nombre del banco.
Jessica abrió los ojos.
Yo crucé los brazos.
—¿Ya determinaron que no hice nada?
—Todavía estamos revisando el procedimiento.
—Entonces no se disculpe todavía.
Zhou pareció sorprendido.
—Quiero saber exactamente qué pasó.
Se hizo otro silencio.
Yo señalé hacia el interior.
—Muy bien.
—Revisemos las cámaras.
Quince minutos después estábamos dentro de la sala de seguridad.
Wang.
Zhou.
Jessica.
El jefe de seguridad.
Y yo.
La tensión era tan espesa que casi podía tocarse.
El técnico buscó las grabaciones correspondientes al día en que la señora Li había visitado la sucursal.
Primero apareció ella.
Se veía perfectamente cómo hablábamos en mi escritorio.
Después sacaba algo del bolso.
Yo levantaba ambas manos negándome.
Ella insistía.
Finalmente abría mi cajón y colocaba las tarjetas dentro mientras yo parecía protestar.
La cámara no tenía audio.
Pero las imágenes eran claras.
Zhou miró a Wang.
—Esto no parece precisamente una solicitud de soborno.
Wang se secó el sudor de la frente.
Jessica intervino:
—Pero igual las aceptó.
Yo sonreí.
—Siga avanzando.
El técnico adelantó la grabación.
La señora Li se marchó.
Yo continué trabajando.
Más tarde fui a almorzar.
El área quedó relativamente vacía.
Entonces apareció una figura.
Jessica.
Se acercó a mi escritorio.
Miró a ambos lados.
Abrió mi cajón.
Y metió la mano dentro.
La habitación quedó congelada.
Jessica perdió todo el color de la cara.
—Eso… eso no demuestra nada.
Nadie respondió.
En la pantalla se veía cómo sacaba algo pequeño.
Dos rectángulos.
Después los guardaba dentro de una carpeta.
—Avance —ordenó Zhou.
El técnico obedeció.
Veinte minutos más tarde, Jessica regresaba a su mesa.
Sacaba las tarjetas.
Tomaba fotografías con el teléfono.
Luego las guardaba en su bolso.
Yo la miré.
—Qué extraño.
—Las pruebas que supuestamente demostraban que yo había aceptado regalos estaban en tu bolso.
—¡Yo solo las guardé para entregarlas como evidencia!
—¿Y por qué no lo dijiste desde el principio?
—Porque…
No terminó.
Zhou se volvió hacia Wang.
—¿Usted revisó estas grabaciones antes de autorizar el despido?
Wang tartamudeó.
—La denuncia parecía clara y Jessica presentó fotografías…
—Le hice una pregunta.
La voz de Zhou bajó varios grados.
—¿Revisó las grabaciones?
—No.
—¿Entrevistó a la clienta?
—No.
—¿Permitió que Elena presentara su versión formalmente?
—Sí, pero…
—¿La documentó?
Silencio.
Zhou cerró los ojos.
Ya podía imaginar lo que estaba pasando por su cabeza.
Esto ya no era un simple problema de recursos humanos.