PARTE 2
Durante unos segundos nadie se movió.
El reloj de la sala seguía marcando los segundos como si nada extraordinario estuviera ocurriendo.
Tic.
Tac.
Tic.
Tac.
Marcus miró al hombre de traje.
Después me miró a mí.
Luego volvió a mirar los documentos.
—Esto es una broma.
El desconocido no sonrió.
—No lo es.
La mujer que lo acompañaba abrió la carpeta.
—Mi nombre es Rachel Coleman. Soy abogada y represento al señor Adrian Brooks, comprador de esta propiedad. La transferencia se cerró ayer y el registro correspondiente ya fue presentado.
Vanessa apareció detrás de Marcus con el cabello todavía recogido de cualquier manera.
—¿Comprador?
Se rio con nerviosismo.
—¿Comprador de qué?
Rachel levantó la vista.
—De esta casa.
Mi suegra salió de la cocina.
—¿Qué está pasando?
Entonces Daniel finalmente bajó las escaleras.
Me miró a mí antes que a cualquier otra persona.
Fue suficiente para entenderlo.
Ya sabía la respuesta.
Solo esperaba que yo la negara.
—Elena.
Se acercó un paso.
—Dime que esto no es verdad.
Durante años había escuchado aquel tono.
El tono que utilizaba cuando quería que yo arreglara algo.
Cuando Marcus necesitaba dinero.
Cuando su madre se quejaba.
Cuando Vanessa quería ocupar otro armario.
Daniel jamás me daba una orden directamente.
No hacía falta.
Solo pronunciaba mi nombre de aquella manera y esperaba que yo cediera.
Aquella mañana no funcionó.
—Es verdad.
Mi suegra se llevó una mano al pecho.
—¿Vendiste la casa?
—Sí.
—¿Sin hablar con tu marido?
—No necesitaba su autorización.
Marcus soltó una carcajada áspera.
—Claro que la necesitabas. Daniel es tu esposo.
Rachel intervino con calma.
—La propiedad fue adquirida antes del matrimonio y figura únicamente a nombre de la señora Martínez. Los documentos están en regla.
Marcus dio un paso hacia mí.
Reconocí inmediatamente aquella postura.
Pecho hacia delante.
Mandíbula tensa.
Puños cerrados.
La misma que había adoptado tres noches antes.
Solo que esta vez Adrian se interpuso.
No levantó la voz.
—Le aconsejo que mantenga la distancia.
Marcus lo miró con furia.
—Esto es un asunto de familia.
Adrian respondió:
—No. Desde ayer, esto es un asunto relacionado con mi propiedad.
La frase cayó como una piedra en medio de la sala.
Por primera vez desde que lo conocía, Marcus no tuvo respuesta inmediata.
Vanessa sí.
—Pues no nos vamos.
Se cruzó de brazos.
—Vivimos aquí desde hace años. Tenemos niños. Nadie puede aparecer una mañana y echarnos.
Rachel asintió.
—Precisamente por eso estamos aquí con la documentación correspondiente. El procedimiento seguirá la legislación aplicable. Pero quiero evitar cualquier malentendido: ustedes ya no pueden actuar como propietarios de esta vivienda.
Marcus señaló a Daniel.
—¡Él es el propietario!
Rachel negó con la cabeza.
—Nunca lo fue.
Mi suegra se volvió hacia su hijo mayor.
—Daniel…
Él tenía el rostro completamente blanco.
—Yo pensaba…
Se detuvo.
Aquellas dos palabras resumían nuestro matrimonio.
Yo pensaba.
Pensaba que mi casa también era suya.
Pensaba que podía instalar a su familia indefinidamente.
Pensaba que yo seguiría cocinando, pagando, limpiando y guardando silencio.
Pensaba que, incluso después de verme recibir seis bofetadas, yo continuaría allí al día siguiente preparando el desayuno.
Lo peor era que durante años había tenido razón.
Hasta aquella noche.
Daniel me agarró suavemente del brazo.
—Podemos hablar en privado.
Miré su mano.
La retiró inmediatamente.
—No tenemos nada que hablar en privado.
—Soy tu esposo.
—Precisamente.
Su expresión cambió.
—Elena, sé que estás enfadada…
Me reí.
No pude evitarlo.
No fue una carcajada.
Fue un sonido pequeño, casi triste.
—¿Enfadada?
Señalé mi mejilla.
El moretón seguía visible.
—Tu hermano me golpeó seis veces delante de ti.
Daniel bajó la voz.
—Ya te dije que se equivocó.
—No. Dijiste que “perdió el control”.
—Es lo mismo.
—No lo es.
Marcus bufó.
—¿Todo esto por unas bofetadas?
La sala quedó en silencio.
Incluso Vanessa lo miró.
Yo sentí algo extraño.
No rabia.
Claridad.
—Gracias —dije.
Marcus frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque necesitaba escuchar eso una vez más.
Saqué el teléfono.
Toqué la pantalla.
Y reproduje una grabación.
Primero se oyó ruido de platos.
Después mi propia voz:
“Esta casa ya está demasiado llena.”
La voz de Marcus:
“¿Quién demonios te crees que eres?”
Y después…
Los golpes.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Cinco.
Seis.
El llanto de mi hijo.
La voz de Marcus:
“Si vuelves a hablar así de mi familia, habrá más.”
Finalmente, la voz de mi suegra:
“Ya basta. No vale la pena seguir peleando por esto.”
Nadie respiraba.