PARTE 2
Sentí que el suelo se inclinaba bajo mis pies.
Sarah me quitó el teléfono de las manos y amplió la fotografía.
La imagen estaba ligeramente desenfocada, pero no había duda: era yo entrando en el baño. Había sido tomada desde el extremo del pasillo.
Daniel estaba dentro del hotel.
—¿Cómo sabía lo que estábamos hablando? —susurré.
Sarah no respondió de inmediato.
Miró alrededor, localizó la pequeña ventana situada sobre los lavabos y después bloqueó la puerta con un cubo de basura.
—¿Compartes tu ubicación con él?
—Sí. Desde que nos casamos. Dice que es por seguridad.
—¿Tiene acceso a tus contraseñas?
—A casi todas.
Sarah cerró los ojos un instante, intentando contener la rabia.
—Emily, tenemos que sacarte de aquí sin que te vea.
—Tal vez estás exagerando. Daniel jamás me haría daño.
—Ya te ha hecho daño.
La frase me golpeó con una fuerza inesperada.
Quise defenderlo, pero al intentar enderezarme sentí una punzada profunda en la parte baja de la espalda. Era un dolor conocido, uno que aparecía ocasionalmente antes de los viernes y desaparecía después de que Daniel me “acomodara”.
Hasta aquel momento siempre había interpretado ese ciclo como prueba de que el tratamiento funcionaba.
De pronto comprendí otra posibilidad.
Quizá el dolor regresaba porque él mismo lo provocaba.
Sarah llamó a su esposo, un detective del departamento de policía. Le pidió que enviara una patrulla sin sirenas y que revisara las cámaras del hotel.
Después telefoneó al hospital.
—Necesito una tomografía, análisis toxicológicos y una valoración ginecológica urgente —dijo—. Paciente femenina, treinta y cinco años, posible manipulación articular repetida y administración desconocida de medicamentos.
La palabra “ginecológica” me hizo levantar la cabeza.
—¿Por qué necesito eso?
Sarah dudó.
—Porque dijiste que tu suegra hablaba de preparar tu cuerpo para un embarazo.
—Llevamos años intentando tener hijos.
—¿Y nunca te has quedado embarazada?
—Una vez.
Mi voz se volvió más débil.
—Hace cinco años. Lo perdí en la semana doce.
Sarah palideció todavía más.
—¿Quién te atendió?
—Un médico recomendado por Margaret. El doctor Preston.
Sarah tomó su teléfono y escribió el nombre.
Su expresión cambió de inmediato.
—Emily… Preston perdió su licencia hace cuatro años.
—Eso es imposible. Sigue atendiendo a mi suegra.
—No de manera legal.
Al otro lado de la puerta se escucharon pasos.
Luego, tres golpes suaves.
—Emily —dijo Daniel—. Abre, cariño.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Instintivamente di un paso hacia la puerta.
Durante siete años, esa voz había significado hogar.
Sarah se interpuso.
—No abras.
—Emily, sé que Sarah está contigo. No quiero discutir. Solo quiero llevarte a casa.
—Daniel… ¿por qué estás aquí?
Hubo un silencio breve.
—Me preocupé cuando dejaste de responder.
—Acabas de mandarme una foto.
—Quería que supieras que estaba cerca.
—¿Escuchaste nuestra conversación?
—No seas ridícula.
Entonces la voz de Margaret sonó desde el pasillo.
—Emily, abre ahora mismo. Estás alterando a mi hijo.
Miré a Sarah.
—Mi suegra también está aquí.
Sarah activó la grabadora de su teléfono.
—Pregúntales por el caldo.
Me acerqué a la puerta sin abrirla.
—Daniel, ¿qué había en lo que me daban todos los viernes?
La respuesta tardó demasiado.
—Hierbas para dormir.
—Sarah dice que podrían haber sido medicamentos.
Margaret golpeó la puerta.
—Esa mujer siempre te tuvo envidia. Quiere destruir tu matrimonio.
—¿Qué había en el caldo?
—Nada que te hiciera daño —respondió Daniel.
No era una negación.
Sarah y yo nos miramos.