Años de formación que había decidido olvidar porque le resultaba más cómodo pensar que su esposa no sabía nada.
—Esto no ha terminado —dijo finalmente.
—Correcto.
Recogí una última carpeta.
—Todavía falta el divorcio.
La expresión de Daniel volvió a endurecerse.
—Perfecto.
—Mi abogada te enviará la documentación hoy.
—Puedes quedarte la casa.
—No la quiero.
—Entonces el apartamento de Manhattan.
—Tampoco.
—¿Qué quieres?
—Lo que legalmente me corresponde.
Su mandíbula se tensó.
—No intentes quitarme lo que construí.
Aquella frase sí consiguió hacerme sonreír.
—¿Lo que construiste?
Me acerqué a la fotografía de mis padres.
—Mi padre dormía cuatro horas por noche cuando esa empresa no podía pagar nóminas.
Señalé a mi madre.
—Ella vendió las joyas que recibió de su abuela para mantener abierta la primera fábrica.
Volví a mirarlo.
—Tú llegaste cuando la compañía facturaba cuarenta millones al año.
Daniel apretó los puños.
—Yo la convertí en lo que es hoy.
—Contribuiste a hacerla crecer.
—Yo la hice grande.
—Y también casi la destruiste.
Se acercó.
—Sin mí no eres nadie.
Durante años esa frase habría conseguido herirme.
Aquella mañana solo me pareció triste.
—Entonces será muy sencillo comprobarlo.
Daniel abandonó el edificio escoltado por seguridad.
La fotografía de él cruzando el vestíbulo apareció en las noticias antes del mediodía.
El escándalo de la fiesta ya circulaba por las redes.
Alguien había grabado su declaración en ruso.
Otro invitado había subido mi reacción.
Los videos se multiplicaron.
La mayoría de la gente creyó al principio que yo no había entendido nada.
Horas después se filtró la noticia de la suspensión.
Entonces comenzaron las especulaciones.
Yo no hice ninguna declaración pública.
No era necesario.
Dos días después, Daniel apareció en casa de mi hermana.
Yo estaba viviendo allí temporalmente.
Eran casi las diez de la noche.
Mi hermana abrió la puerta y quiso cerrársela en la cara.
Le pedí que lo dejara entrar.
Daniel parecía haber envejecido cinco años en cuarenta y ocho horas.
—Tenemos que hablar.
—Habla.
—A solas.
Mi hermana me miró.
Asentí.
Se marchó a la cocina.
Daniel permaneció de pie.
—Retira la auditoría.
—No.
—Elena.
—No depende de mí.
—Claro que depende de ti.
—Hay un consejo, auditores externos y abogados involucrados.
—Puedes detenerlo.
—No pienso hacerlo.
Se pasó las manos por el cabello.
—No entiendes lo que puede pasar.
—Lo entiendo perfectamente.
—Podría ir a prisión.
—Eso dependerá de lo que encuentren las autoridades.
—Soy tu esposo.
—Por ahora.
Me miró con rabia.
Después la rabia desapareció.
Y ocurrió algo que jamás había visto.
Daniel comenzó a llorar.
No de forma elegante.
No con una lágrima cinematográfica.
Se derrumbó sobre una silla y se cubrió el rostro con ambas manos.
—Lo arruiné.
Yo no dije nada.
—Lo arruiné todo.
Esperé.
—Anna me traicionó.
—No conviertas esto en culpa de Anna.
Levantó la cabeza.
—¿La estás defendiendo?
—No. Ella responderá por las decisiones que tomó. Tú responderás por las tuyas.
—Siempre haces eso.
—¿Qué cosa?
—Hablar como si fueras mejor que todos.
Casi me dio risa.
—Durante diez años apenas hablaste conmigo.
Se quedó callado.
—No sabías qué libros leía. No sabías que seguía estudiando. No sabías con quién hablaba. No sabías que continuaba asistiendo remotamente a determinadas reuniones del fideicomiso.
Lo miré.
—Ni siquiera sabías que entendía ruso.
Aquello pareció afectarlo más que cualquier otra cosa.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de conocerte.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Sí te lo dije.
Frunció el ceño.
—No.
—Nuestra segunda cita.
Recordé perfectamente el pequeño restaurante italiano.
Daniel había contado una historia sobre un cliente ruso.
Yo le dije que había estudiado el idioma durante dos años en Moscú.
Él estaba respondiendo mensajes en su teléfono.
No escuchó.
—Después volví a mencionarlo.
—No lo recuerdo.
—Exactamente.
Se quedó mirándome.
Quizá por primera vez comprendió algo esencial.
Yo no me había convertido de repente en una mujer diferente.
Siempre había sido aquella mujer.
Él simplemente había dejado de verla.
—¿Alguna vez me amaste? —preguntó.
La pregunta me dolió más de lo esperado.
—Sí.
—¿Todavía?
No respondí inmediatamente.
Diez años no desaparecen en una noche.
Había mañanas compartidas.
Viajes.
Enfermedades.
Navidades.
Planes para hijos que nunca llegaron.
Había un hombre que alguna vez me había llevado sopa cuando tuve fiebre.
Un hombre que se sentó conmigo en el suelo del hospital cuando murió mi madre.
Todo eso había existido.
Pero una relación no se salva únicamente porque alguna vez hubo amor.
—Amo a la persona que creí que eras —dije.
Daniel bajó la mirada.
—Podemos arreglarlo.
—No.
—Voy a dejar a Anna.
—Eso ya no importa.
—Podemos empezar de cero.
—No quiero empezar de cero contigo.
—Haré terapia.
—Ojalá la hagas.
—Dejaré la empresa.
—Ya la dejaste.
Aquello le dolió.
—Elena…
—Daniel, no estoy rechazándote para castigarte.
Me acerqué.
—Simplemente ya no quiero esta vida.
Permanecimos en silencio.
Finalmente se levantó.
Antes de marcharse se volvió.
—Si aquella noche no hubiera hecho lo de Anna…
—Igualmente habría solicitado el divorcio.
Me miró sorprendido.
—¿Ya lo habías decidido?
—Seis meses antes.
—Entonces ¿por qué seguiste conmigo?
—Necesitaba asegurar la empresa.
Su rostro cambió.
—Me utilizaste.
—Me protegí.
—Es lo mismo.
—No.
Abrí la puerta.
—Pero entiendo por qué para ti lo parece.
Tres semanas después, la investigación financiera se amplió.