Porque por primera vez él realmente parecía querer escucharla.
—Quizá el día de la ecografía de las veinte semanas.
Daniel tragó saliva.
—Tenía una presentación.
—Lo sé.
—Era para una cuenta enorme.
—Lo sé.
—Si la perdíamos…
—Daniel.
Me volví hacia él.
—¿Sabes qué ocurrió en esa ecografía?
No respondió.
—La doctora vio una sombra cerca del corazón de Lily.
Su cara cambió.
—¿Qué?
—Necesitaron hacer pruebas adicionales.
—Nunca me dijiste…
Me reí, pero no había humor.
—Te llamé cuatro veces.
Daniel sacó el teléfono como si pudiera comprobar algo de hacía meses.
—Luego te envié un mensaje.
Su expresión me dijo que empezaba a recordarlo.
—Me respondiste: “Si fuera grave, el médico ya te habría dicho algo. Estoy entrando a una reunión.”
La noche quedó en silencio.
—Fue ahí —continué— cuando entendí que, si algún día realmente ocurría algo grave, quizá yo también estaría sola.
Daniel apoyó los codos sobre las rodillas.
—Dios.
—Después todo salió bien. Pero durante cuatro días esperamos resultados.
—Emma, yo…
—Y ni siquiera lo recuerdas.
Se cubrió la cara con ambas manos.
—No sabía.
—Porque no preguntaste.
Permanecimos en silencio.
Luego dijo:
—Fui un idiota.
No respondí.
—No. Peor.
Respiró hondo.
—Fui un esposo horrible.
Era la primera vez que asumía responsabilidad sin añadir una excusa.
Y, extrañamente, eso no cambió nada.
—Sí —dije.
Levantó la cabeza.
Probablemente esperaba que lo consolara.
Había pasado años haciéndolo.
Cuando perdía un cliente.
Cuando discutía con su padre.
Cuando no conseguía un ascenso.
Siempre encontraba una forma de suavizar la realidad para él.
Aquella noche no lo hice.
—Pero puedo cambiar.
—Espero que sí.
Sus ojos se iluminaron apenas.
—Entonces…
—Por Lily.
La esperanza desapareció.
—No por mí.
Las semanas siguientes fueron extrañas.
Daniel dejó de discutir sobre el divorcio conmigo directamente.
Sus abogados seguían haciéndolo, pero él empezó a comportarse de otra manera.
Llegaba puntual a las visitas acordadas.
Aprendió a preparar biberones.
Anotaba cuánto comía Lily.
Preguntaba por sus citas.
Asistió a la siguiente consulta pediátrica.
Llegó veinte minutos antes.
Cuando entró en la sala de espera y me vio con Lily en brazos, se quedó de pie.
—¿Puedo sentarme?
La pregunta era absurda y, al mismo tiempo, importante.
—Sí.
Se sentó a mi lado.
Durante un rato observó a las parejas que nos rodeaban.
Padres empujando carriolas.
Madres revisando documentos.
Hombres cargando pañaleras.
Daniel miró al suelo.
—Así era para ti, ¿verdad?
Lo miré.
—¿Qué?
—Esperar aquí sola.
No respondí.
Él tampoco necesitaba una respuesta.
Cuando llamaron el nombre de Lily, Daniel se levantó y tomó la pañalera.
No hizo ningún comentario.
No buscó que lo felicitara.
Simplemente la cargó.
Por primera vez pensé que quizá, algún día, podría ser un buen padre.
Pero ser un buen padre no borraba haber sido un mal esposo.
Yo había tardado demasiado en aprender esa diferencia.
Tres meses después, tuvimos la primera audiencia importante sobre la custodia temporal.
Daniel había dejado de pedir una división exactamente al cincuenta por ciento.
Su abogado propuso un plan progresivo basado en la edad de Lily.
Michael me miró sorprendido cuando recibió la propuesta.
—Es bastante razonable.
—¿Crees que aceptemos?
—Legalmente, tiene sentido. Y si tu objetivo no es excluirlo de la vida de la niña…
—Nunca lo fue.
Eso era cierto.
Yo no quería castigar a Daniel usando a nuestra hija.