PARTE 2
CUANDO TODO EL HOSPITAL SE QUEDÓ EN SILENCIO, ENTENDÍ QUE MI MATRIMONIO TENÍA MÁS SECRETOS DE LOS QUE IMAGINABA
Megan fue la primera en reaccionar.
—Claire… quizá deberíamos hablar en otro sitio.
Esa frase me confirmó que había algo más.
Sonreí.
—No hace falta. Yo solo vine a repartir dulces.
Tomé uno de la bolsa y se lo puse en la mano.
—Come. Es un día feliz.
Megan parecía querer desaparecer.
En ese momento se abrió la puerta del ascensor.
Rachel salió de él.
Llevaba una bata blanca, el cabello recogido y una carpeta contra el pecho.
Al verme, se detuvo en seco.
Luego miró las bolsas de dulces.
Su rostro perdió el color.
—Claire…
Yo sonreí.
—Rachel. Justo hablábamos de ti.
Todos contuvieron el aliento.
Me acerqué.
—Quería darte las gracias personalmente.
—¿Por qué?
—Por avisarme, aunque fuera indirectamente, de que compartimos dirección.
Ella apretó la carpeta.
—Puedo explicarlo.
—Perfecto.
Saqué un dulce.
Se lo ofrecí.
—Explícalo mientras comes.
No lo aceptó.
—Ethan solo quería ayudarme con la inscripción de Lily.
—Eso ya me lo contó.
—No pasó nada más.
La frase salió demasiado rápido.
Yo alcé una ceja.
—Curioso. Yo todavía no te había preguntado si pasó algo más.
Rachel palideció.
A mi alrededor, nadie se movió.
Y entonces apareció Ethan.
Venía todavía con el uniforme quirúrgico, la mascarilla colgando del cuello.
Cuando me vio, frunció el ceño.
—Claire, ¿qué haces aquí?
Levanté las bolsas.
—Celebrando tu segunda boda.
—Baja la voz.
Eso fue lo primero que dijo.
No “lo siento”.
No “te lo explicaré”.
No “¿estás bien?”.
Baja la voz.
Miré a nuestro hijo dormido contra mi pecho.
Después miré a mi esposo.
—Tu hijo tiene un mes.
—Lo sé.
—Yo apenas duermo tres horas seguidas.
Su mandíbula se tensó.
—Claire…
—Y mientras yo estaba recuperándome del parto, tú sacaste documentos de nuestra casa y se los diste a otra mujer sin decirme nada.
—Era por la escuela.
—Entonces responde algo sencillo.
Di un paso hacia él.
—¿Quién le dio la llave?
Silencio.
Rachel bajó la mirada.
Ahí estaba.
La respuesta que nadie quería pronunciar.
—Ethan.
Su nombre salió de mi boca despacio.
—¿Le diste una llave de nuestra casa?
—Fue solo por si necesitaba recoger los documentos.
Solté una pequeña carcajada.
—Claro.
Miré al resto del personal.
—¿Escucharon? Para registrarse en mi casa, además de mis documentos, también recibió una llave.
Ethan se acercó, molesto.
—Deja de convertir esto en un espectáculo.
Lo miré fijamente.
—No fui yo quien convirtió nuestro matrimonio en un espectáculo. Solo invité público.
Alguien ahogó una risa.
Ethan se puso rojo.
—Vete a casa. Hablamos esta noche.
—No.
Saqué el teléfono.
—Vamos a hablar ahora.
Le mostré la pantalla.
Había abierto la aplicación bancaria.
—También quiero saber por qué transferiste 3.800 dólares a Rachel hace dos meses.
Por primera vez, Ethan pareció realmente sorprendido.
Rachel levantó la cabeza.
—¿Revisaste mis cuentas?
—No. Revisé las nuestras.
El dinero había salido de una cuenta conjunta.
Una cuenta que yo casi no miraba desde el parto porque, ingenuamente, creía que podía confiar en mi marido.
—Fue para el depósito del alquiler —dijo él.
—¿Alquiler?
Miré a Rachel.
—Pensé que el problema era que vivía en una zona escolar mala. ¿Ahora además le pagas el alquiler?
Rachel intervino:
—Se lo devolví.
—¿Cuándo?
No respondió.
—¿Transferencia bancaria? ¿Efectivo? ¿Cheque?
Nada.
Ethan perdió la paciencia.
—¡Ya basta!
Mi hijo se movió sobresaltado.
El pasillo entero se quedó quieto.