PARTE 2
El juzgado familiar en la Ciudad de México estaba lleno cuando llegué con Mateo en brazos.
Emiliano ya estaba ahí, sentado junto a sus abogados, impecable en su traje gris, mirando su celular como si mi divorcio fuera una simple firma más en su agenda. Detrás de él estaba doña Rebeca, con collar de perlas y esa sonrisa de mujer que ya celebraba una victoria que no había ganado.
Cuando crucé la puerta, nadie habló.
No entré sola.
A mi lado caminaba Laura Santillán, mi abogada, seguida por 2 especialistas financieros y un notario público. En mi brazo izquierdo llevaba a Mateo, dormido contra mi pecho. En la mano derecha, un portafolio negro.
Emiliano levantó la mirada.
Su arrogancia se quebró en cuanto vio al bebé.
—¿Qué significa esto? —preguntó, poniéndose de pie—. ¿De quién es ese niño?
Doña Rebeca soltó una risa venenosa.
—Qué vergüenza, Isabel. ¿Ahora traes un bebé ajeno para pedir más dinero?
Yo no le respondí a ella.
Caminé hasta la mesa, acomodé a Mateo con cuidado y miré a Emiliano a los ojos.
—Se llama Mateo Arriaga. Nació hace 3 semanas, mientras tú estabas en Los Cabos con Valeria Ríos.
Su abogado dejó de escribir.
Emiliano apretó la mandíbula.
—Eso es mentira.
Laura abrió el portafolio y colocó un documento sellado frente al juez.
—Prueba de ADN realizada por laboratorio certificado, con cadena de custodia notarial. Coincidencia biológica: 99.9 por ciento. El menor es hijo de Emiliano Arriaga.
El silencio cayó como vidrio roto.
Emiliano tomó el papel con manos temblorosas. Lo leyó una vez. Luego otra. Su rostro perdió color.
—Esto no cambia nada —dijo, aunque su voz ya no sonaba igual—. El contrato prenupcial la deja fuera de Grupo Arriaga.
—A mí, sí —respondí—. A tu hijo, no.
Doña Rebeca se levantó furiosa.
—¡Ese niño no tiene derecho a nada! ¡Mi hijo construyó ese imperio!
Fue entonces cuando Laura conectó su computadora a la pantalla del juzgado. Apareció el documento que mi padre había firmado 15 años atrás, cuando Grupo Arriaga estaba a punto de caer por deudas ocultas.
La cláusula 18-B brilló frente a todos.
Laura habló con calma.
—Si el socio administrador incurre en ocultamiento de activos, fraude conyugal o desvío patrimonial que afecte a un heredero directo, el paquete de control accionario será congelado y transferido a un fideicomiso irrevocable para proteger al menor.
Emiliano miró a sus abogados.
Ninguno pudo sostenerle la mirada.
Entonces Laura mostró las transferencias: departamentos en Miami, joyas compradas con cuentas de empresa, viajes cargados a subsidiarias, dinero enviado a sociedades fantasma en Panamá.
Y una cuenta bloqueada donde Emiliano había escondido dinero 4 días antes de presentar el divorcio.
El juez revisó los documentos.
Doña Rebeca empezó a gritar.
—¡Esto es una trampa!
Yo cargué a Mateo, que comenzaba a despertar.
—No, Rebeca. La trampa la pusieron ustedes. Yo solo traje la llave.
El juez levantó la vista.
Y antes de dictar la resolución provisional, Emiliano se volvió hacia mí con el miedo que nunca pensé ver en su cara.