PARTE 2
No pude gritar.
Mi garganta se cerró mientras aquella cosa avanzaba lentamente desde el hueco. Sus uñas raspaban la madera y dejaban marcas negras sobre el suelo.
Apreté la caja contra mi pecho y retrocedí.
—Tú no eres Ethan.
La criatura inclinó la cabeza.
Su sonrisa se ensanchó.
—No.
La voz no salió de su boca. Pareció vibrar dentro de las paredes, bajo el suelo y en el interior de mi propia cabeza.
—Entonces, ¿quién eres?
La criatura extendió una mano quemada.
En uno de sus dedos llevaba un anillo.
Un anillo de plata con una pequeña inscripción: M.R.
Lo había visto antes.
Tres meses atrás, cuando la policía me entregó las pertenencias recuperadas del accidente, había un inventario firmado por el agente encargado.
Teléfono.
Reloj.
Cartera.
Anillo de matrimonio.
Pero Ethan jamás había llevado un anillo con aquellas iniciales.
—¿Quién es M.R.? —pregunté.
La criatura abrió la boca.
Un hilo de humo oscuro escapó de su garganta.
—El hombre que enterraste.
Las luces de la casa se apagaron.
Durante unos segundos, solo pude escuchar mi respiración y el sonido de la lluvia golpeando las ventanas.
Cuando las luces volvieron, estaba sola.
La pared se encontraba intacta.
No había hueco.
No había marcas en el suelo.
Solo la caja entre mis manos y un olor insoportable a carne quemada.
Corrí hacia la cocina y coloqué la caja sobre la mesa. El candado parecía antiguo, pero no tenía ninguna abertura para una llave.
Busqué herramientas y traté de romperlo.
No pude.
Lo golpeé con un martillo.
La madera se agrietó, pero el candado ni siquiera se rayó.
Entonces recordé algo.
Dos semanas antes del accidente, Ethan había regresado del trabajo nervioso. Se había encerrado en su oficina y había escondido algo cuando me vio entrar.
—¿Qué ocurre? —le pregunté.
—Problemas en la empresa.
—¿Problemas graves?
Ethan miró hacia la ventana antes de responder.
—Mi padre ha estado haciendo negocios con personas peligrosas.
En aquel momento no le di importancia. La familia Bennett poseía una enorme compañía de transporte y logística. Pensé que se refería a contratos ilegales, sobornos o evasión de impuestos.
Pero aquella noche Ethan añadió algo que ahora regresaba a mi memoria:
—Si alguna vez me sucede algo, recuerda la fecha en la que nos conocimos.
Me había reído.
—No digas tonterías.
—Prométemelo, Claire.
Nuestra primera cita había sido el 17 de septiembre.
Probé los números en los pequeños discos ocultos bajo el candado.
Uno.
Siete.
Cero.
Nueve.
Escuché un clic.
El candado se abrió.
Dentro de la caja había una memoria USB, una llave pequeña, varias fotografías y un teléfono que nunca había visto.
Tomé la primera fotografía.
Ethan aparecía frente a uno de los almacenes de la compañía. A su lado había un hombre de aproximadamente cuarenta años, alto, de cabello oscuro y barba corta.