PARTE 2
La asesora del banco me observó mientras guardaba los documentos en una carpeta.
—Señora Hayes, debo advertirle que su esposo podría impugnar esta transferencia.
—Puede intentarlo.
—¿Está segura de que el dinero le pertenece principalmente a usted?
Abrí la carpeta y coloqué sobre el escritorio varios contratos, comprobantes bancarios y escrituras.
—Doscientos ochenta mil dólares provienen de mis ingresos profesionales. El resto corresponde a la venta de una propiedad que compré seis años antes del matrimonio. Mi esposo firmó documentos reconociendo el origen de los fondos cuando solicitamos la hipoteca.
La mujer revisó las páginas una a una.
Finalmente asintió.
—Entonces está bien protegida.
—Eso esperaba.
Daniel siempre se había burlado de mi costumbre de guardar recibos, contratos y copias digitales de todo.
Decía que yo convertía nuestra casa en una oficina.
Ese día, aquella obsesión se convirtió en mi mejor defensa.
Al salir del banco, encendí temporalmente el teléfono.
Había decenas de mensajes.
“¿Por qué la tarjeta no funciona?”
“Estoy intentando pagar el transporte desde el aeropuerto.”
“El hotel exige una garantía.”
“Laura, contéstame inmediatamente.”
Después, su tono cambió.
“Sé que estás enfadada, pero esto es una emergencia.”
“Podemos hablar como adultos.”
“No tienes derecho a dejarme sin dinero en otro país.”
Leí esa última frase tres veces.
No tenía derecho.
El hombre que viajaba con su amante usando mis ahorros estaba convencido de que la víctima era él.
Volví a bloquearlo.
Minutos más tarde recibí una llamada de un número desconocido.
Era su madre.
—¿Qué hiciste con la tarjeta de Daniel?
—La cancelé.
Hubo un silencio.
—¿Estás loca? Mi hijo está solo en Alemania.
—No está solo.
—¿Qué quieres decir?
—Pregúntele a Sophie Miller.
La respiración de mi suegra se volvió irregular.
—No sé quién es esa mujer.
—Entonces Daniel podrá presentársela cuando vuelva.
—Laura, los hombres cometen errores. No puedes destruir un matrimonio por una tontería.
Me eché a reír.
No pude evitarlo.
—¿Una tontería?
—Daniel está bajo mucha presión. Quizá esa mujer solo sea una compañera de trabajo.
—Reservaron una habitación con una cama matrimonial.
—Eso no demuestra nada.
—También tengo sus mensajes.
Mentí.
Todavía no los tenía.
Pero la reacción de mi suegra me confirmó algo importante.
Ella sabía más de lo que fingía.
—Escúchame bien —continuó—. Debes devolver el dinero inmediatamente. Gran parte de esa cuenta pertenece a Daniel.
—Entonces que presente los comprobantes.
—Eres su esposa.
—Por poco tiempo.
Colgué.