PARTE 3
La primera audiencia fue 12 días después.
Yo todavía caminaba despacio, con una faja médica bajo el vestido y una punzada en el abdomen cada vez que respiraba hondo. Mateo y Nicolás se quedaron en casa con Mariana y una enfermera. No iba a permitir que mis hijos estuvieran cerca de una guerra que ellos no habían provocado.
El Juzgado Familiar de Guadalajara estaba lleno de ecos, tacones y murmullos.
Rodrigo llegó con dos abogados, su madre, su padre y Camila. Ella llevaba lentes oscuros dentro del edificio, como si fuera actriz entrando a una alfombra roja y no la tercera persona en un matrimonio destrozado.
Doña Graciela me vio primero.
Se acercó con esa mirada de señora rica acostumbrada a que todos le abrieran paso.
“Todavía puedes arreglar esto”, dijo en voz baja. “Retira la demanda. Acepta el dinero. No obligues a tus hijos a crecer entre escándalos.”
Yo la miré con calma.
“Ustedes llevaron el escándalo a mi cuarto de hospital.”
La secretaria anunció nuestro caso.
Entramos.
La jueza revisó el expediente unos minutos. Después levantó la vista y dejó algo claro desde el principio: ningún contrato privado podía decidir el destino de dos recién nacidos sin revisión judicial. Menos aún si había señales de presión, abuso emocional y vulnerabilidad médica.
Luego ordenó reproducir el video del hospital.
La pantalla mostró la habitación.
Yo aparecía en silla de ruedas, pálida, con los mellizos en brazos. Rodrigo entraba con la carpeta. Camila detrás. La familia formando un muro a mi alrededor.
El audio se escuchó con una claridad brutal.
“Firma estos papeles.”
“Mañana venimos por los niños.”
“Ellos necesitan el apellido Castañeda.”
Doña Graciela se puso rígida.
Rodrigo apretó la mandíbula.
Su abogado intentó intervenir.
“Su señoría, mi cliente buscaba una solución rápida para evitar un proceso doloroso.”
La jueza lo miró por encima de sus lentes.
“¿Llama solución rápida a presionar a una mujer tres días después de una cesárea, rodeada por más de 15 personas, mientras sostiene a dos recién nacidos y con la amante del esposo presente?”
El abogado tragó saliva.
“El documento fue firmado.”
Ana Sofía se puso de pie.
“Fue firmado sin asesoría independiente, bajo vulnerabilidad física y presión colectiva. Además, incluía una cláusula para impedir auditorías sobre empresas familiares. Ese contrato no era un acuerdo de custodia. Era una maniobra para encubrir fraude patrimonial.”
Entonces abrió la primera carpeta.
Durante casi una hora, Ana Sofía explicó el rastro del dinero.
Transferencias desde Grupo Castañeda Desarrollos hacia consultoras sin empleados. Pagos de supuestos estudios de mercado que nunca existieron. Facturas duplicadas. Depósitos a una empresa creada por un primo de Rodrigo. Renta de un departamento de lujo en Andares, ocupado por Camila, pagado desde una cuenta compartida.
Camila se quitó los lentes.
“Rodrigo me dijo que ese dinero era suyo”, soltó de pronto.
Rodrigo giró hacia ella.
“Cállate.”
El martillo de la jueza golpeó la mesa.
“Señor Castañeda, una interrupción más y será sancionado.”
Camila se hundió en la silla. Por primera vez dejó de verse como la mujer triunfante que había entrado a mi cuarto de hospital. Ahora parecía entender que Rodrigo no solo la había usado para humillarme. También la había metido en un problema legal.