PARTE 2
El director regional, Héctor Barragán, miró la mica con los pedazos del cheque y luego miró a Renata.
“Explíqueme qué ocurrió aquí”, dijo.
Renata se levantó tan rápido que su silla casi cayó hacia atrás.
“Señor Barragán, este hombre intentó depositar un cheque fraudulento por noventa millones de pesos. Yo actué para proteger a la institución.”
Le entregué la mica al director.
“Se negó a verificarlo, lo rompió frente a empleados y clientes, me llamó mentiroso y ordenó congelar mis cuentas.”
La abogada corporativa, una mujer de lentes finos llamada Mariana Rivas, abrió su tableta. Héctor tomó uno de los fragmentos, observó el folio y endureció la mandíbula.
“Este cheque fue prevalidado desde las nueve de la mañana por banca empresarial”, dijo. “La empresa Meditech Norte notificó ayer el depósito inicial por la compra de la patente del señor Aguilar.”
Renata parpadeó.
“¿Prevalidado?”
Mariana giró la pantalla para mostrar un expediente digital.
“El señor Diego Aguilar recibirá pagos estructurados por un total de cuatrocientos cincuenta millones de pesos durante los próximos doce meses. Esta sucursal fue elegida porque él solicitó abrir un fideicomiso médico local para la cirugía de su madre.”
La boca de Renata se abrió, pero no salió nada.
Héctor la miró con una calma que daba miedo.
“¿Usted rompió un cheque prevalidado sin hacer la revisión obligatoria?”
Renata intentó reír, pero la risa le salió rota.
“Debe haber un error. Diego no puede haber inventado nada de ese valor. Yo lo conozco. Él era…”
“Era el creador de la Válvula Aguilar”, interrumpió Mariana. “El dispositivo que tres hospitales privados y dos fondos de innovación médica están financiando este trimestre.”
La oficina pareció hacerse más pequeña.
Yo recordé una noche de lluvia, años atrás, cuando Renata había tomado mis planos y los había aventado al bote de basura.
“Tu juguetito no va a pagar la renta”, me gritó entonces.
Ahora ese “juguetito” iba a pagar cirugías. Muchas. Empezando por la de mi madre.
Héctor volteó hacia los oficiales de cumplimiento.
“Cierren la sucursal al público. Resguarden cámaras, bitácoras, accesos de sistema y cualquier movimiento realizado desde esta oficina.”
Renata dio un paso hacia mí.
“Diego, por favor. Fue un malentendido personal. Tú sabes cómo somos. Podemos arreglarlo sin hacer escándalo.”
La miré. Y en ese instante entendí que no le importaba mi madre. No le importaba el banco. No le importaba haber cruzado una línea que podía costarle la vida a una mujer enferma.
Le importaba salvarse.
“Mi mamá necesitaba una gerente que hiciera una llamada de dos minutos”, le dije. “No una exesposa usando un cargo para humillarme.”
Su rostro cambió. La súplica se volvió veneno.
“Tú planeaste esto para destruirme.”
“No. Vine a depositar un cheque.”
Kevin, su asistente, estaba pálido frente a la computadora. Uno de los oficiales le pidió apartarse. Minutos después, el ambiente se puso más oscuro.
Mariana leyó algo en la pantalla y levantó la vista.
“Aquí hay una alerta de alto riesgo asociada al CURP del señor Aguilar desde hace dieciséis meses.”
Sentí que se me helaban las manos.
“¿Qué alerta?”
Mariana siguió leyendo.
“Posible actividad fraudulenta. Sin expediente soporte. Sin reporte externo. Sin autorización regional.”
Héctor giró lentamente hacia Renata.
“¿Quién la creó?”
El oficial respondió desde la terminal.
“Credenciales de gerente. Usuario: R.Salgado.”
Kevin tragó saliva.
“Ella me dijo que venía autorizado por corporativo”, soltó de pronto. “También me pidió negar cualquier solicitud de crédito o inversión relacionada con el señor Aguilar.”
Renata explotó.
“¡Cállate, Kevin!”
Pero ya era tarde.
Durante un año y medio, esa falsa alerta había contaminado mis intentos de conseguir financiamiento. Por eso varios inversionistas se habían retirado sin explicación. Por eso un préstamo para equipo de laboratorio se había caído en la última firma. Por eso tuve que vender herramientas, dormir en la cochera y retrasar pruebas clínicas.
Renata no solo me había abandonado.
Había intentado enterrarme.
Mariana siguió revisando los accesos.
“No es el único caso.”
Renata retrocedió como si el piso se estuviera abriendo.
“Aparecen otras tres alertas creadas con el mismo patrón”, dijo Mariana. “Un arrendador, una prima de la señora Salgado y un proveedor independiente.”
Héctor cerró los ojos un segundo, respiró hondo y luego pronunció una frase que terminó de romperle la máscara.
“Señora Salgado, queda separada de sus funciones de inmediato.”
Renata se aferró al borde del escritorio.
“¡No pueden hacerme esto!”
Yo miré los pedazos del cheque sobre la mesa.
“No”, dije en voz baja. “Esto te lo hiciste tú.”
En ese momento sonó mi celular.
Era el Hospital San Rafael.
Y cuando vi el nombre del doctor Ledesma en la pantalla, sentí que el mundo entero se suspendía de un hilo.