PARTE 2
Ethan permaneció en medio del salón con el teléfono pegado al oído.
Todos lo observaban.
Su respiración se había vuelto más profunda, pero su expresión recuperaba lentamente aquella confianza arrogante que yo conocía demasiado bien.
Era la expresión de un hombre convencido de que siempre existiría alguien más poderoso dispuesto a limpiar sus desastres.
—Sí, director Wallace —continuó—. Exactamente. Me están obligando a pagar una cantidad absurda después de haberme prometido condiciones especiales.
Daniel levantó ligeramente una ceja.
Nunca habíamos prometido tal cosa.
Pero no lo contradijo.
Ethan sonrió.
—Perfecto. Lo espero.
Colgó.
Luego miró a todos como un rey que acababa de ordenar una ejecución.
—En diez minutos esto estará resuelto.
Uno de sus amigos se rio.
—Sabía que Ethan conocía a todo el mundo.
Otro añadió:
—Ese gerente se metió con la persona equivocada.
Vanessa dejó de llorar inmediatamente.
Se acercó de nuevo a Ethan y se colgó de su brazo.
—Sabía que podrías solucionarlo.
Era fascinante observar cómo sus lágrimas desaparecían en cuanto recuperaba la esperanza de seguir presumiendo.
Daniel no respondió.
Solo mantuvo la terminal de pago sobre la mesa.
Yo, desde el segundo piso, llamé a recepción.
—Cuando llegue el director Wallace, déjenlo pasar directamente al salón.
—Sí, señora Morgan.
—Y díganle que no suba a verme primero.
—Entendido.
Me serví otra copa.
No porque estuviera nerviosa.
Todo lo contrario.
Hacía años que esperaba un momento como aquel.
No para vengarme.
La venganza implica rabia.
Y yo ya no sentía rabia por Ethan.
Lo que sentía era algo mucho más frío.
Claridad.
Durante nuestro matrimonio había confundido su arrogancia con seguridad.
Su manipulación con inteligencia.
Su necesidad constante de humillar a otros con liderazgo.
Me había convencido de que él era indispensable.
Hasta el día en que perdí casi todo.
Y descubrí que el único motivo por el que Ethan parecía tan grande…
era porque yo llevaba años haciéndome pequeña
Diez minutos después, las puertas del salón se abrieron.
Entró Richard Wallace, director regional de supervisión comercial.
Ethan se adelantó inmediatamente.
—Richard.
Abrió los brazos como si fueran viejos amigos.
Wallace no respondió al abrazo.
Miró alrededor.
Después a Daniel.
—¿Cuál es la situación?
Ethan se apresuró.
—Este hotel intenta cobrarme casi novecientos mil yuanes por una cena.
Wallace frunció el ceño.
—¿Pidió usted los servicios?
—Ese no es el punto.
—Sí lo es.
Ethan parpadeó.
Varias personas dejaron de sonreír.
Wallace tomó la factura que Daniel le ofrecía.
La revisó.
—Banquete Imperial. Bebidas premium. Servicio de salón. Decoración adicional. Personal extraordinario.
Levantó la vista.
—Todo aparece detallado.
Ethan bajó la voz.
—Richard, ya sabes cómo funcionan estas cosas.
—Yo siempre he tenido crédito aquí.
—Entonces supongo que existe un contrato.
Ethan se quedó quieto.
—Bueno…
Wallace extendió la mano.
—Enséñemelo.
—Nunca hicimos un contrato formal.
—Entonces no tiene una línea de crédito.
Los murmullos regresaron.
Ethan miró alrededor.
Su padre intervino.
—Director Wallace, usted conoce a nuestra familia.
Wallace respondió educadamente:
—Sí.
El padre de Ethan sonrió.
—Entonces entenderá que esto es un malentendido.
—No.
La sonrisa desapareció.
Wallace dejó la factura sobre la mesa.
—Entiendo que su hijo consumió un servicio y ahora se niega a pagarlo.
Aquella frase destruyó lo poco que quedaba de su espectáculo.
Ethan perdió la paciencia.
—¡Esto es personal!
Señaló a Daniel.
—¡El dueño de este hotel está intentando humillarme!
Wallace lo observó durante unos segundos.
—Propietaria.
Ethan se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—La propietaria del hotel es una mujer.
Por primera vez durante toda la noche, vi miedo real en sus ojos.
No mucho.
Solo una sombra.
Pero estaba allí.
Vanessa lo notó también.
—Ethan…
Él no respondió.
Wallace continuó:
—Y me sorprende que usted no sepa quién es.
Ethan miró hacia las escaleras.
Luego hacia la zona VIP del segundo piso.
Sus ojos empezaron a buscar.
Yo me aparté de la ventana.
Todavía no.
Durante nuestro matrimonio, Ethan jamás había prestado verdadera atención a mi trabajo.
Cuando nos casamos, mi familia poseía una pequeña empresa de distribución hotelera.
Nada espectacular.
Pero estable.
Yo había empezado a trabajar allí desde muy joven.
Conocía proveedores.
Conocía compradores.
Sabía cómo negociar contratos.
Ethan, en cambio, sabía impresionar.
Se vestía bien.
Hablaba mejor.
Entraba en una habitación y conseguía que todos lo miraran.
Cuando comenzamos a trabajar juntos, parecía una combinación perfecta.
Yo construía.
Él vendía.
Yo organizaba.
Él aparecía en las fotografías.
Durante años pensé que nuestro éxito era compartido.
Hasta que descubrí que, lentamente, había puesto todas las acciones estratégicas a nombre de empresas controladas por él.