El silencio fue absoluto.
—Hoy apareciste aquí.
—Elegiste mi hotel.
—Elegiste el menú más caro.
—Presumiste.
—Y ahora no puedes pagar.
Me encogí ligeramente de hombros.
—Eso no es mi venganza.
—Es simplemente la consecuencia de tus propias decisiones.
Vanessa empezó a llorar otra vez.
Pero esta vez no parecía actuación.
—Ethan, necesito hablar contigo.
—Ahora no.
—Me dijiste que todo estaba bien.
—Está bien.
—Me dijiste que la empresa había cerrado un contrato enorme.
—¡Vanessa!
Ella lo miró fijamente.
—Mi padre puso dinero en tu empresa.
El padre de Ethan cerró los ojos.
Varias personas empezaron a murmurar.
Ethan bajó la voz.
—Hablaremos en casa.
Vanessa negó.
—No.
—Quiero saberlo ahora.
—¿Estás teniendo problemas financieros?
Ethan no respondió.
Eso fue suficiente.
Vanessa se quitó lentamente la mano de su brazo.
Luego miró el vestido.
El salón.
Las flores.
Las mesas.
Como si acabara de comprender que toda aquella boda había sido financiada con una mentira.
—Dios mío.
Se llevó una mano a la boca.
—¿También mentiste sobre la casa?
Ethan palideció.
Ahí supe que había algo más.
—Vanessa…
—¿La casa está hipotecada?
Nada.
—Ethan.
Su voz se quebró.
—¡Contéstame!
—Tenemos algunos compromisos financieros.
Vanessa soltó una risa sin humor.
—¿Compromisos?
—Me dijiste que estaba pagada.
La madre de Ethan intentó intervenir.
—Vanessa, hoy es tu boda.
Ella se giró.
—¡Precisamente!
—Hoy es mi boda y descubro delante de cien personas que mi marido no puede pagar el banquete.
La situación se había transformado por completo.
Ya nadie miraba hacia mí.
Todos miraban a la pareja recién casada.
Ethan intentó tomarla del brazo.
Vanessa se apartó.
—No me toques.
Finalmente, el padre de Ethan sacó su teléfono.
Hizo dos llamadas.
Después de casi veinte minutos, consiguió transferir una parte del dinero.
La madre añadió otra cantidad.
Un amigo empresarial cubrió el resto mediante una transferencia inmediata.
No fue Ethan quien pagó.
Fueron todos los demás.
Daniel verificó el monto.
—Pago recibido.
Imprimió el comprobante.
Se lo entregó a Ethan.
—Gracias por su visita.
Aquella frase casi parecía cruel.
Ethan tomó el recibo.
Lo arrugó.
Luego me miró.
—Esto no termina aquí.
—Para mí terminó hace años.
Di media vuelta.
Pero antes de marcharme, añadí:
—Ah, Ethan.
Se detuvo.
—La próxima vez que quieras impresionar a alguien…
Miré a Vanessa.
Luego a sus amigos.
—Hazlo con dinero que realmente tengas.
Subí las escaleras sin volver la vista atrás.
Pensé que aquello sería el final.
Me equivocaba.
Dos semanas después, Daniel entró en mi oficina con una expresión extraña.