PARTE 2
Corrí detrás de Daniel sin quitarme los tacones.
Escuché a mi madre llamarme. Escuché a Vanessa gritar que detuvieran la ceremonia. Escuché el ruido de varias personas siguiéndome.
Pero yo solo veía a mi esposo avanzando hacia el automóvil con el teléfono en una mano y las llaves en la otra.
Cuando llegó a la puerta del conductor, activé el cierre desde mi aplicación.
Las luces del vehículo parpadearon.
Daniel tiró de la manija.
Nada.
Volvió a intentarlo.
—Ábrelo, Clara.
Me detuve a pocos metros.
—Aléjate del coche.
—No sabes lo que estás haciendo.
—Sé exactamente lo que estoy haciendo.
Vanessa apareció detrás de mí, respirando con dificultad.
—¿Qué hay en esa maleta?
Daniel la miró.
Por primera vez desde que llegaron al cementerio, vi miedo auténtico en sus ojos.
No dolor.
No arrepentimiento.
Miedo.
—Nada —respondió—. Documentos del trabajo.
—Entonces no tendrás problema en abrirla delante de todos —dije.
Daniel bajó la voz.
—Tu sobrina acaba de morir. ¿De verdad quieres convertir su funeral en un espectáculo?
Aquella frase terminó de destruir la última parte de mí que aún esperaba encontrar algo humano en él.
—Tú convertiste su muerte en una oportunidad para borrar pruebas.
Saqué el teléfono y marqué a la policía.
Daniel se lanzó hacia mí.
Mi primo Marcos se interpuso y lo sujetó del brazo. Otros dos familiares lo rodearon.
—No la toques —le advirtió Marcos.
Vanessa comenzó a llorar.
—Daniel, dime qué está pasando.
Él la miró con desprecio.
—Ahora no.
Fue una mirada rápida, pero suficiente para que ella entendiera algo que yo ya sabía: para Daniel, Vanessa nunca había sido una compañera. Solo otra persona útil.
Cuando llegaron los agentes, les mostré la alerta de acceso remoto, los movimientos bancarios y la solicitud de preservación de datos que había presentado horas antes.
No podían abrir la maleta sin autorización, pero sí impedir que Daniel se marchara con ella mientras verificaban una denuncia por posible fraude.
Uno de los agentes le pidió las llaves.
Daniel se negó.
Entonces Vanessa sacó una pequeña llave plateada de su bolso.
—Yo tengo una copia —dijo.
Él giró hacia ella.
—No lo hagas.
Vanessa temblaba.
—Me dijiste que ahí estaban los regalos.
Nadie habló.
El agente abrió el maletero.
Había ropa, dos bolsas de playa, una caja de licor y la tercera maleta.
Era negra, pesada y no tenía etiqueta.
Cuando la abrieron, no encontraron dinero en efectivo ni joyas.
Encontraron carpetas.
Decenas de carpetas.
Cada una llevaba el nombre de un niño.
Niños que recibían tratamiento a través de la Fundación Corazones Pequeños, la organización benéfica que Vanessa había creado después del nacimiento de Emma.
La fundación recaudaba dinero para cirugías, medicamentos y traslados.
Yo misma había ayudado a organizar sus registros durante los primeros años.
Pero, meses atrás, Vanessa me había pedido que dejara de revisar las cuentas. Dijo que Daniel había contratado a “un equipo profesional”.
Dentro de la maleta había solicitudes médicas alteradas, recibos duplicados, facturas de hospitales que nunca habían tratado a aquellos niños y fotografías impresas de pacientes usadas para campañas de donación.
También había pasaportes.
Uno de Vanessa.
Uno de Daniel.
Y dos identificaciones nuevas con otros nombres.
La tercera pertenecía a una mujer que yo no conocía.
Pero reconocí su fotografía.
Era la directora financiera de la fundación.
La misma mujer que había desaparecido tres semanas antes diciendo que necesitaba atender una emergencia familiar.
Vanessa se dejó caer contra el automóvil.
—Me dijiste que el dinero venía de inversionistas.
Daniel no respondió.
—Me dijiste que la fundación estaba creciendo.
Silencio.
—Me dijiste que podríamos empezar una nueva vida.
Él se rio.
No fue una carcajada. Fue un sonido corto y cruel.
—Tú no preguntabas de dónde salía el dinero cuando pagaba tus viajes.
Vanessa levantó la mano y lo abofeteó.
El golpe resonó en el estacionamiento.
Pero no sentí satisfacción.
Solo pensé en Emma.
En la niña que había usado ropa heredada mientras su madre aparecía en fotografías de hoteles de lujo diciendo que todo era “parte de la imagen de la fundación”.
Pensé en las veces que yo pagué medicamentos porque Vanessa aseguraba que el dinero estaba retenido.