Mi madre no lloró.
Su cara se endureció.
“Ella lo manipuló.”
Liliana bajó la cabeza.
Yo no.
“Eduardo hizo todo con médicos, notarios y abogados. ¿También manipuló a todos ellos?”
“Él estaba enfermo. No pensaba bien.”
“Pensaba mejor que todos nosotros.”
Mi papá habló por primera vez.
“Diana, basta.”
Ella giró hacia él.
“¿Vas a ponerte de su lado?”
Él miró a Liliana, y por fin vi vergüenza en sus ojos.
“Yo debí preguntar más. Debí notar que mi hijo se estaba apagando. Preferí creer que todo estaba bien porque era más cómodo.”
Mi madre golpeó su bolsa contra la silla.
“Esto no se va a quedar así. Voy a llevarlo a un juez si hace falta.”
La miré de frente.
“Entonces nos veremos ahí.”
Ella frunció los labios.
“Soy tu madre.”
“Y Liliana es mi hermana. Eduardo se encargó de eso.”
Mi madre levantó la barbilla y dijo algo que me heló más que la muerte de mi hermano:
“Vamos a ver cuánto le dura la protección a una viuda ciega cuando esté sola.”
Entonces Liliana sacó su celular, lo puso sobre la mesa y dijo:
“No estoy sola. Y Eduardo tampoco dejó solo este momento.”
Nadie respiró.
Porque en la pantalla apareció un audio con el nombre: “Por si Diana empieza”.