PARTE 2
Durante varios segundos, Adrian no dijo nada.
El despacho quedó completamente en silencio.
Los hombres de seguridad detrás de mí se miraron entre ellos.
Yo también estaba nerviosa.
Mucho.
Mis rodillas casi temblaban.
Pero después de pasar toda una vida soportando a mi familia, había aprendido una cosa: si permitías que alguien oliera tu miedo, inmediatamente intentaría usarlo contra ti.
Así que sostuve su mirada.
Adrian arqueó apenas una ceja.
—¿Devolverme a mi hijo?
—Eso dije.
—¿Y quién eres tú?
—Emily Carter.
—Nunca he oído ese nombre.
—Eso es porque no soy la madre.
Por primera vez, algo parecido a confusión apareció en su rostro.
Miró nuevamente al bebé.
—Entonces empieza desde el principio.
Respiré profundamente.
—La madre se llama Vanessa Carter. Es mi hermana.
Sus ojos cambiaron.
Apenas.
Pero lo vi.
Reconocimiento.
—Vanessa…
—Supongo que la recuerdas.
La mandíbula de Adrian se tensó.
—Continúa.
Le conté todo.
El embarazo que mi hermana había ocultado.
La manera en que había desaparecido durante meses utilizando como excusa un supuesto programa académico.
El parto.
Su viaje al extranjero.
Y finalmente la decisión de mis padres de obligarme a abandonar la escuela y fingir que yo había dado a luz.
Adrian escuchó sin interrumpirme.
Cuando terminé, señaló un sofá.
—Siéntate.
—Estoy bien de pie.
—El bebé no.
Eso me hizo callar.
Me senté.
El pequeño comenzó a moverse y, pocos segundos después, soltó un llanto débil.
Me puse tensa.
Llevaba menos de dos días cuidándolo y todavía tenía miedo de hacer cualquier cosa mal.
Busqué nerviosamente el biberón dentro de mi bolso.
Entonces Adrian extendió las manos.
—Dámelo.
Lo miré.
—¿Sabes cargar a un bebé?
—No.
—Excelente.
Por primera vez, vi algo parecido a irritación humana en aquel hombre de hielo.
—Puedo aprender.
Casi me reí.
Le entregué al niño con cuidado.
El resultado fue desastroso.
Adrian sostenía al bebé como si fuera un objeto extremadamente costoso que pudiera explotar.
—Sujétale la cabeza —le indiqué.
Corrigió la posición inmediatamente.
El bebé dejó de llorar durante un instante.
Después volvió a hacerlo.
—Tiene hambre.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque llevo casi cuarenta y ocho horas con él.
—Eso no responde mi pregunta.
—Porque cuando tiene hambre mueve la boca así.
Adrian observó la carita del niño como si estuviera analizando el balance trimestral de una compañía.
—Entiendo.
Preparé el biberón.
Él lo alimentó.
Y algo extraño ocurrió.
Aquel hombre que minutos antes parecía capaz de despedir a mil empleados con una frase miraba al bebé con una concentración casi ridícula.
Cuando el pequeño rodeó accidentalmente uno de sus dedos con la mano, Adrian quedó inmóvil.
No dijo nada.
Solo durante un segundo.
Y fue suficiente.
Él ya sospechaba que el bebé podía ser suyo.
Sin embargo, sospechar no era suficiente.
—Quiero una prueba de ADN —dijo.
—También yo.
Me miró sorprendido.
—¿No vas a protestar?
—¿Por qué lo haría? Yo tampoco pienso entregarle un bebé a un extraño simplemente porque algunas… circunstancias me hicieron creer que eras el padre.
Casi mencioné las misteriosas palabras que habían aparecido frente a mis ojos.
Decidí no hacerlo.
Ya tenía suficientes problemas.
Adrian llamó a alguien.
—Daniel, organiza una prueba de paternidad privada. Hoy.
Una voz respondió desde el teléfono.
—Entendido.
Adrian colgó.
—Hasta tener resultados, el bebé permanecerá aquí.
—Perfecto.
Me puse de pie.
—Entonces me voy.
—No.
Me detuve.
—¿Qué?
—Tú también te quedas.
Lo miré incrédula.
—Disculpa, ¿eso era una invitación o una orden?
—Necesito saber todo lo ocurrido.
—Ya te lo conté.
—Necesito verificarlo.
—Claro. Porque probablemente soy una estafadora profesional que planeó entrar aquí usando una mochila de veinte dólares.
Por primera vez, la comisura de su boca se movió.
Casi parecía una sonrisa.
Casi.
—Precisamente.
Rodé los ojos.
—Bien. Pero no pienso quedarme aquí para siempre.
—¿Adónde irías?
La pregunta me golpeó más fuerte de lo esperado.
No respondí.
Adrian entendió.
—Tu familia cree que regresarás esta noche.
—Probablemente.
—¿Y cuando descubran dónde estás?
Imaginé a mi madre gritando.
A mi padre amenazándome.
A Vanessa llamando desde Europa, aterrorizada porque alguien había descubierto su secreto.
—Vendrán por el niño.
—Exactamente.
Adrian tomó el teléfono nuevamente.
—Daniel.
—¿Sí?
—Prepara una habitación para Emily.
Abrí la boca.
—No necesito una habitación.
—También contacta a seguridad. Nadie relacionado con la familia Carter entra sin autorización.
—Adrian…
—Y quiero información completa sobre Vanessa Carter.
La voz respondió:
—¿Hasta qué nivel?
Adrian miró al bebé.
—Todo
Los resultados preliminares llegaron esa misma noche.
Probabilidad de paternidad: 99,99 %.
Adrian leyó el informe en silencio.
Yo estaba frente a él.
—Entonces…
Doblando el documento, levantó la vista.
—Es mi hijo.
No hubo celebración.
No hubo lágrimas.
Pero aquella noche, cuando pensé que nadie estaba mirando, lo vi sentado junto a la cuna.
El bebé dormía.
Adrian permanecía allí en silencio, observándolo.
Como si intentara comprender cómo podía haber tenido un hijo durante semanas sin saber siquiera de su existencia.
No interrumpí.
Me alejé discretamente.
A la mañana siguiente descubrí algo más importante.
La familia Cole no sabía nada.
Eso cambió cuando apareció Margaret Cole.
La abuela de Adrian.
Tenía casi setenta años, cabello plateado perfectamente peinado y una presencia capaz de hacer que incluso los guardaespaldas enderezaran la espalda.
Entró en la residencia sin avisar.
—¿Dónde está mi bisnieto?
Yo casi derramé mi café.
Adrian salió del despacho.
—¿Quién te lo dijo?
Margaret sonrió.
—Cariño, construí parte de este imperio antes de que tú aprendieras a atarte los zapatos. ¿Realmente creías que podías hacer una prueba de ADN en uno de nuestros hospitales sin que me enterara?
Después me vio.
Sus ojos recorrieron mi ropa sencilla.
—¿Tú eres la madre?
—No.
—¿La amante?
Casi me atraganté.
—¡Tampoco!
Adrian cerró los ojos.
—Abuela.
—Solo estoy aclarando la situación.
Le contamos la historia.
Mientras escuchaba, su sonrisa desapareció.
Cuando terminamos, permaneció callada unos segundos.
—Entonces esa familia pretendía obligar a una chica de dieciocho años a cargar con el escándalo de su hermana.
—Sí —respondió Adrian.
Margaret me miró.
Pensé que sentiría lástima.
Pero no.
Lo que vi fue respeto.
—Y tú tomaste al bebé, saliste de casa y viniste directamente aquí.
—Sí.
—¿Sin saber si Adrian aceptaría siquiera recibirte?
—Sí.
La mujer sonrió lentamente.
—Me agradas.
Adrian suspiró.
—Eso es preocupante.
—Cállate.
Margaret caminó hacia la cuna.
Cuando vio al bebé, toda su expresión se suavizó.
—Tiene tus cejas.
—Tiene tres semanas.
—Y ya tiene tus cejas.
No discutimos.
Media hora después, la casa parecía prepararse para recibir a un príncipe.