PARTE 2
Durante unos segundos pensé que había escuchado mal.
—¿De mí?
Daniel asintió.
La gente pasaba junto a nosotros arrastrando maletas, abrazándose, buscando taxis, reencontrándose después de largos viajes.
Yo llevaba cincuenta días reconstruyendo una versión de mí misma que ya no giraba alrededor de aquella familia.
Y ahora, a cinco minutos de regresar, mi suegra volvía a aparecer en mi vida desde la tumba.
—No quiero escucharla aquí.
Daniel tragó saliva.
—Tenemos que ir a casa.
—Yo no dije que fuera a volver contigo.
La frase pareció golpearlo.
Antes de Alemania, jamás habría hablado así.
Antes de Alemania habría visto su rostro destrozado y automáticamente habría sentido la obligación de cuidarlo.
Preguntarle si había comido.
Llamar un taxi.
Resolver el funeral.
Organizar los documentos.
Preparar café para las visitas.
Ser útil.
Siempre ser útil.
Pero aquella mujer se había quedado en algún lugar entre Múnich y los Alpes.
Saqué mi teléfono.
—Voy a un hotel.
—Laura…
—Puedes enviarme la carta.
—No puedo.
—¿Por qué?
Daniel bajó los ojos.
—Porque el abogado exige que estés presente para abrir el segundo sobre.
Eso consiguió detenerme.
—¿Qué segundo sobre?
Daniel se llevó una mano al rostro.
Parecía no haber dormido durante días.
—Mamá dejó instrucciones específicas. Hay un documento que solo puede abrirse contigo presente.
Lo observé en silencio.
Entonces comprendí algo.
Daniel no había ido al aeropuerto únicamente porque estuviera de duelo.
Tenía miedo.
—¿Qué hiciste?
Su expresión cambió.
—¿Qué?
—Te conozco desde hace siete años. Cuando tienes culpa no me miras a los ojos. ¿Qué hiciste?
—Nada.
—Daniel.
Su mandíbula se tensó.
—No aquí.
Sonreí sin humor.
—Entonces definitivamente no voy a casa contigo.
Pedí un auto desde la aplicación.
Daniel permaneció frente a mí durante varios segundos, hasta que finalmente murmuró:
—El abogado viene mañana a las diez.
—Mándame la dirección.
—Será en casa de mis padres.
—Mándamela.
Subí al auto sin despedirme.
Mientras nos alejábamos, miré por la ventana.
Daniel seguía de pie frente a la terminal.
Por primera vez, no sentí necesidad de volver por él.
El hotel estaba a cuarenta minutos del aeropuerto.
Me duché, desempaqué lo imprescindible y me senté junto a la ventana.
Tenía diecisiete llamadas perdidas.
Todas de Daniel.
Después llegó un mensaje.
“Laura, hay cosas que no sabes.”
Lo miré durante varios segundos.
Después escribí:
“Entonces mañana las sabré.”
Apagué el teléfono.
Pero no dormí.
A las tres de la madrugada seguía mirando el techo, recordando la última vez que había visto a mi suegra.
Había sido una semana antes de que publicara la lista de invitados.
Yo estaba en su cocina preparando sopa.
Ella entró, abrió un armario y dijo sin mirarme:
—Rosa corta las verduras más finas que tú.
Recuerdo haber sonreído.
—La próxima vez intentaré hacerlo mejor.
Era ridículo.
Tenía treinta y cuatro años, un trabajo estable y una carrera que había construido sola.
Y aun así buscaba aprobación porque mis zanahorias no estaban cortadas lo suficientemente finas.
A la mañana siguiente me vestí como si fuera a una reunión importante.
Pantalón negro.
Blusa blanca.
Abrigo beige.
Nada de los vestidos discretos que mi suegra prefería porque, según ella, una mujer casada debía “verse decente”.
Cuando llegué, había cuatro autos frente a la casa.
Daniel abrió la puerta.
Detrás de él vi a su hermana, Sofía.
La misma mujer por la que cinco años antes yo había prestado cien mil yuanes para rescatar su negocio.
Al verme, corrió hacia mí.
—¡Por fin apareces!
Ni siquiera había entrado y ya estaba atacándome.
—Mamá se enfermó y tú estabas paseando por Europa.
La miré.
—¿Cuándo se enfermó?
—Dos semanas después de que te fuiste.
—¿Quién la cuidó?
Sofía abrió la boca.
No respondió.
Desde el salón apareció Rosa.
Vestía de negro.
Sus ojos estaban hinchados de llorar.
Entonces entendí la respuesta.
—Rosa —dije.
La empleada bajó la cabeza.
Sofía se puso roja.
—¡Ese no es el punto!
—Para mí sí.
Pasé junto a ella.
En el salón estaban mi suegro, un abogado de unos cincuenta años y otra mujer que no conocía.
Mi suegro parecía haber envejecido diez años.
Cuando me vio, no dijo nada.
El abogado se levantó.
—¿Señora Laura Mendoza?
—Sí.
—Soy el abogado Arturo Vidal. Representé a la señora Elena Fuentes durante los últimos meses de su vida.
Elena Fuentes.
Mi suegra.
Escuchar su nombre completo en aquel contexto resultaba extraño.
—Su suegra modificó su testamento veintitrés días antes de fallecer.
Sofía interrumpió de inmediato.
—¡Porque Rosa la manipuló!
El abogado levantó la mano.
—Señora, ya hemos explicado que existen dos evaluaciones médicas certificando que su madre conservaba plena capacidad cognitiva.
—¡Eso no significa que no la engañaran!
Rosa comenzó a llorar.
—Yo nunca le pedí nada.
Sofía se volvió hacia ella.
—¡Te dejó más de un millón de dólares!
—Sofía.
La voz de Daniel sonó cansada.
—Cállate.
Ella se giró, furiosa.
—¡¿Ahora la defiendes?!
—Dije que te calles.
El abogado abrió una carpeta.
—La señora Fuentes dejó el equivalente aproximado a nueve millones de yuanes en activos financieros, cuentas y propiedades. La beneficiaria principal es la señora Rosa Méndez.
Vi a Rosa cerrar los ojos.
No parecía feliz.
Parecía aterrorizada.
—Además —continuó el abogado— existen dos cartas anexas. Una dirigida a sus hijos. Otra dirigida a Laura.
Daniel palideció.
—Pensé que era una sola.
El abogado lo miró.
—Usted vio únicamente la primera página del inventario sucesorio. Las cartas permanecieron bajo custodia.
Aquello explicaba parte de su nerviosismo.
—¿Puedo leer la mía?
—Antes debemos leer la que la señora Fuentes dejó para todos.
Sofía bufó.
—Ya sabemos lo que dice.
—No —respondió el abogado—. No lo saben.
Sacó un sobre.
Reconocí inmediatamente la letra de mi suegra.
Recta.
Fuerte.
Casi agresiva.
El abogado comenzó a leer.
No repetiré cada palabra.
Pero sí recuerdo perfectamente el inicio.