—No quiero promesas —dijo Mariana—. Quiero escrituras, depósitos, cláusulas claras y firma ante juez.
—Acepto.
—Y no vas a aparecer cuando se te dé la gana —añadió ella—. Si dices que vas a venir, vienes. Y si no puedes, avisas con tiempo. Mi hijo no va a volver a esperar junto a una ventana en su cumpleaños.
Andrés cerró los ojos.
—Acepto también.
Esteban tomó el papel y empezó a corregirlo con precisión de bisturí. Carmen exigió que la colegiatura, terapias, consultas médicas y útiles escolares quedaran fuera de la pensión mensual.
Mariana añadió una cláusula para impedir que las partes de los niños fueran vendidas sin autorización judicial.
Andrés no discutió.
Mateo seguía en la puerta.
De pronto preguntó:
—¿Sí sabes jugar ajedrez?
Andrés levantó la mirada, sorprendido.
—Un poco.
—Un poco casi siempre significa que eres malo —dijo Mateo—.
Te puedo enseñar, pero no voy a dejarte ganar.
—No te pediría eso.
—El sábado —decidió Mateo—. Si vienes.
No era perdón.
Era una rendija.
Y Andrés entendió que no tenía derecho a pedir más.
Al mediodía, Mariana fue por Sofía a su taller de dibujo.
La niña entró corriendo, abrazó a sus abuelos y se detuvo al ver a su papá junto a la mesa.
—¿Te vas otra vez?
—preguntó.
Andrés se hincó para quedar a su altura.
—Sí, por hoy.
Pero regreso el sábado para verte.
Sofía lo miró con una seriedad que no pertenecía a una niña de siete años.
—¿De verdad vas a regresar?
—De verdad.
—Bueno —susurró ella.
No lo abrazó. Se fue con Carmen para enseñarle un lápiz nuevo.
Andrés la vio alejarse, y Mariana supo que esa distancia le dolía más que cualquier demanda.
Dos días después, Esteban envió por paquetería certificada el recibo original y contactó a Mariana con una abogada familiar en Toluca. Con esas pruebas, Mariana podía irse a juicio y tenía muchas posibilidades de ganar.
Pero también sabía que un proceso podía tragarse un año entero de vida, dinero y salud emocional.
No aceptó el acuerdo por compasión hacia Andrés.
Lo aceptó porque protegía mejor a sus hijos.
La primera cita fue en una notaría del centro de Toluca.
La madre de Brenda ya estaba ahí, rígida y molesta.
Aceptó cancelar la donación de la cabaña a cambio de que le cubrieran gastos legales.
—Andrés paga eso —dijo Mariana—.
Yo no voy a dar un solo peso para recuperar lo que me quitaron.
—Yo lo pago —respondió él de inmediato.
Mariana leyó cada página.
Tachó frases ambiguas. Pidió folios, certificados y constancias del Registro Público.
No firmó hasta confirmar que la cabaña quedaba únicamente a su nombre.
El resto se firmó en el juzgado familiar: pensión nueva, gastos médicos, calendario de visitas, multas por incumplimiento y derechos de los niños sobre la casa de Querétaro.
Cuando salieron, Andrés se quedó quieto en las escaleras.
—Creí que estaba construyendo otra vida —dijo—.
Pero destruí la que ya tenía.
—Sí —respondió Mariana—. La destruiste.
—Sé que para nosotros ya es tarde.
—Para nuestro matrimonio, sí —dijo ella—.
Para tus hijos, depende de lo que hagas desde hoy.
Andrés no pidió otra oportunidad como esposo.
El sábado llegó puntual con un tablero de ajedrez básico y un libro de aperturas.
Mateo le ganó en veintisiete minutos.
—Te lo advertí —dijo el niño, casi sonriendo.
—Otra partida —pidió Andrés.
Jugaron tres. Perdió las tres.
Sofía dibujaba en el piso.
Antes de que él se fuera, le entregó una hoja con un gato azul.
—Para que no se te olvide venir —dijo.
Andrés dobló el dibujo con cuidado y lo guardó en el bolsillo interior del saco.
Los meses siguientes no fueron perfectos. Algunas visitas tuvieron risas. Otras fueron silenciosas.
A veces Mateo hablaba poco. A veces Sofía se escondía detrás de Mariana antes de saludar.
Pero Andrés dejó de exigir cariño inmediato y empezó a hacer lo único que podía hacer: llegar.
Un jueves de noviembre llamó dos horas antes para avisar que una audiencia se había retrasado.
Mariana sintió rabia al instante.
—Díselo tú a Mateo —ordenó, pasándole el teléfono.
Andrés explicó el retraso sin excusas largas. Mateo escuchó.
—La próxima vez no hagas planes que no puedas cumplir —dijo antes de colgar.
Esa noche Andrés llegó tarde, pero llegó con cena. Se sentó en la cocina hasta que Mateo terminó la tarea y jugaron una sola partida. Al irse, Mateo no sonrió, pero dejó la puerta de su cuarto abierta.