Había deseado que un día Adrian comprendiera que estaba perdiéndome.
Que luchara.
Que tuviera miedo.
Pero ahora que finalmente ocurría, no sentí triunfo.
Solo cansancio.
—La oportunidad fue el matrimonio.
Entré en casa.
Y cerré la puerta.
Claire me llamó aquella misma noche.
Un número francés apareció en la pantalla.
Iba a ignorarlo, pero algo dentro de mí quiso terminar también con esa parte de la historia.
Contesté.
—¿Elena?
Su voz era suave.
Exactamente como la recordaba.
—Sí.
—Soy Claire.
—Lo sé.
Hubo una pausa.
—Quería hablar contigo.
—Habla.
—Adrian regresó antes de lo previsto.
No dije nada.
—Desde que llegó no responde mis llamadas.
Seguía en silencio.
—Creo que hubo un malentendido.
Sonreí.
Siempre me habían parecido fascinantes las personas que llamaban “malentendido” a aquello que las beneficiaba.
—¿Qué malentendido?
—Entre Adrian y yo.
—No necesitas explicarme tu relación.
—Pero quiero hacerlo.
—¿Por qué?
Claire tardó varios segundos.
—Porque no quiero ser la razón por la que una familia se rompa.
Ahí sí me reí.
—Claire, tú no eres tan importante.
El silencio al otro lado fue inmediato.
—Perdona.
—Mi matrimonio no se rompió porque tú fueras a París con mi marido. Se rompió porque mi marido quiso ir contigo.
—No ocurrió nada.
—Tampoco me importa.
—Adrian y yo tenemos una historia.
—Lo sé.
—Nos conocimos antes de que él te conociera.
—También lo sé.
—Yo pensé…
—Ese ha sido siempre el problema, Claire. Todos ustedes pensaron demasiado en lo que Adrian quería. Tú, su familia, sus empleados… incluso yo.
Me acerqué a la cuna de Lily.
—Durante años supe que eras especial para él. ¿Quieres saber qué hice? Competí contigo sin que tú siquiera estuvieras presente. Intenté ser más comprensiva. Menos exigente. Más elegante. Más silenciosa.
Claire no respondió.
—Cuando Adrian cancelaba una cena, yo decía que no pasaba nada. Cuando llegaba tarde, fingía estar dormida. Cuando olvidó nuestro aniversario, le dije que esas fechas no eran importantes.
Mi voz se volvió tranquila.
—Me convertí en la esposa perfecta para un hombre que no quería comportarse como esposo.
—Elena…
—Así que no. Tú no destruiste nada. Solo fuiste el espejo en el que finalmente vi lo ridícula que me había vuelto.
Antes de colgar añadí:
—Si lo quieres, puedes quedártelo.
Claire habló rápidamente.
—Él no quiere estar conmigo.
Miré a mi hija.
—Ese ya no es mi problema.
Y terminé la llamada.
Las semanas siguientes fueron extrañas.
Adrian empezó a presentarse a cada visita acordada.
Siempre puntual.
La primera vez que sostuvo a Lily durante más de diez minutos, estaba tan tenso que parecía estar cargando un objeto explosivo.
—Sujétale la cabeza —le dije.
—La estoy sujetando.
—No así.
Me acerqué y acomodé su mano.
En cuanto nuestros dedos se tocaron, Adrian levantó la vista.
Me aparté inmediatamente.
Lily comenzó a llorar.
Adrian entró en pánico.
—¿Qué le pasa?
—Puede tener hambre.
—Comió hace una hora.
Lo miré.
—¿Sabes cuándo comió?
—Me lo dijiste cuando llegué.
Aquello me sorprendió.
Él lo notó.
—Puedo escuchar, Elena.
—Escuchar nunca fue tu problema.
Adrian bajó los ojos.
—Lo sé.
Preparé el biberón y se lo entregué.
—¿Así?
—Inclínalo un poco.
Durante varios minutos observé a aquel hombre que dirigía una empresa con cientos de empleados intentar alimentar a una bebé de dos meses.
Le temblaban las manos.
Lily finalmente dejó de llorar.
Después de beber un poco, rodeó uno de sus dedos con la mano.
Adrian se quedó completamente inmóvil.
Su rostro cambió.
No había visto jamás aquella expresión en él.
—Me agarró.
—Sí.
—No quiere soltarme.
—Los bebés hacen eso.
—Elena.
—¿Qué?
—Déjame tener este momento.
No contesté.
Quince minutos después Lily se quedó dormida sobre su pecho.
Adrian no se movió durante casi una hora.
Cuando llegó el momento de marcharse, me pidió una fotografía.
—¿De ella?
—De nosotros.
Dudé.
Después tomé su teléfono.
Adrian estaba sentado en el sofá, Lily dormida contra él.
Tomé una sola foto.
Se la devolví.
Él la observó durante mucho tiempo.
—Gracias.
A la semana siguiente volvió.
Y a la siguiente.
Aprendió a cambiar pañales.
Aprendió qué canción calmaba a Lily.
Aprendió que no soportaba el agua demasiado caliente.
Aprendió a reconocer cuándo lloraba por hambre y cuándo simplemente estaba cansada.
Pero entre nosotros nada cambió.
Yo era amable.
Correcta.
Distante.
Y esa distancia comenzó a desesperarlo.
Una tarde, después de acostar a Lily, me encontró recogiendo juguetes.
—¿Vas a volver a trabajar?
—En dos meses.
—¿En tu antigua firma?
—No.
—¿Dónde?
Lo miré.
—No creo que te corresponda saberlo.
Adrian apretó los labios.
—Soy tu esposo.
—Legalmente, por ahora.
—Siempre haces eso.
—¿Qué cosa?
—Hablar como si ya no existiéramos.
Dejé un juguete en la cesta.
—Porque ya no existimos.
—Para ti quizá.
—Para un matrimonio hacen falta dos personas.
—Precisamente.
Se acercó.
—Yo sigo aquí.
—Ahora.
—Sí. Ahora.
—¿Y dónde estabas cuando yo seguía allí?
Adrian se quedó callado.
—No puedes usar el pasado para siempre.
Levanté las cejas.
—¿El pasado? Adrian, hace seis semanas yo estaba sola con una recién nacida mientras tú cenabas en París.
—Sé que cometí un error.
—No fue un error.
—¿Entonces qué fue?
—Una decisión.
Eso lo silenció.
—Tomaste un avión.
—Elegiste un hotel.
—Organizaste reuniones.
—Saliste a cenar.
—Ignoraste mis llamadas.
Cada acción requirió una decisión distinta.
Me acerqué a él.
—No tropezaste accidentalmente y apareciste durante quince días al lado de Claire.
Su rostro perdió color.
—Tienes razón.
La respuesta me desconcertó.
—¿Qué?
—Tienes razón.
Adrian respiró despacio.
—Dejé de llamarlo error hace semanas.
Lo observé.
—Entonces ¿cómo lo llamas?
—Cobardía.
No dije nada.
—Claire regresó y yo… quería saber qué sentía.
Una punzada atravesó mi pecho, aunque me odié por sentirla.
—¿Y necesitabas ir a París para descubrirlo?
—Sí.
—Qué conveniente.
—No estoy pidiendo que lo entiendas.
—Menos mal.
Adrian apretó las manos.
—Durante años pensé que si Claire volvía, una parte de mí volvería con ella. Pensé que había algo pendiente.
—Mientras estabas casado.
—Sí.
—Mientras yo estaba embarazada.
—Sí.
—Mientras nuestra hija acababa de nacer.
Cerró los ojos.
—Sí.
Me costó respirar.
Había imaginado tantas veces aquella conversación, pero la verdad seguía doliendo.
—¿Y qué descubriste?
Adrian tardó en contestar.
—Que estaba enamorado de un recuerdo.
Me reí sin humor.
—Qué revelación tan cara.
—Lo sé.
—¿Y ahora quieres que te felicite porque descubriste que preferías a tu esposa después de probar la alternativa?
—No.
—Porque no habrá premio.
—No espero uno.
Lo miré fijamente.
—¿Entonces qué esperas?
Por primera vez vi lágrimas acumulándose en sus ojos.
Adrian nunca lloraba.
Ni siquiera en el funeral de su padre.
—Tiempo.
Negué con la cabeza.
—No.
—Elena.
—Te di cuatro años.
—Dame seis meses.
—No.
—Tres.
—No estás negociando una adquisición.
—Lo sé.
—Entonces deja de poner cifras.
Adrian se quedó completamente quieto.
—No quiero perderte.
—Ya me perdiste.
—No.
—Sí.
Su voz se quebró.
—No puedo aceptar eso.
—No necesito que lo aceptes para que sea verdad.
El día de nuestra primera audiencia, Adrian llegó acompañado de tres abogados.
Yo fui con Daniel.
Nos cruzamos en el pasillo.
Adrian llevaba un traje oscuro y parecía el hombre seguro e intocable que todos conocían.
Hasta que me vio.
Entonces sus ojos fueron directamente a mi mano.