PARTE 2
Elena recogió el cuchillo, pero sus dedos temblaban. Arturo la observó con la satisfacción de quien acaba de encontrar una herida antigua y sabe exactamente dónde presionar.
—Mi cocinera no es parte de esta negociación —dijo Gabriel.
—Eso cree usted —respondió Arturo—. Hay personas que convierten cualquier casa en un problema.
Cuando el automóvil desapareció, Gabriel encontró a Elena limpiando una mesa que ya estaba limpia.
—¿Estás en peligro?
—Todavía no lo sé.
Él pudo exigir explicaciones. No lo hizo.
—Cuando quieras hablar, voy a escuchar. Mientras tanto, nadie entra aquí sin mi permiso.
A la mañana siguiente, don Nicanor entregó una carta. Arturo exigía que Elena acudiera sola a la posada de Creel. Si no lo hacía, contaría en el pueblo que había sido su amante, que había robado documentos y que Gabriel protegía a una mujer sin honra. Elena quemó la carta, pero Matilde había recibido otra copia.
La mujer llegó furiosa.
—¡Lo sabía! Ana apenas lleva 2 años muerta y ya metiste a su reemplazo en su cocina.
—Elena no reemplaza a nadie —contestó Gabriel.
—Entonces despídela.
—No.
La negativa rompió algo entre Gabriel y la familia de su esposa. Matilde anunció que asistiría a la cena de la parroquia y que no permitiría que una desconocida manchara el apellido Montoya. Elena decidió marcharse antes del evento, pero Gabriel dejó su sueldo completo sobre la mesa.
—No voy a retenerte. Sólo quiero que sepas que irte por miedo también le entrega la verdad a él.
Elena guardó el dinero sin tocarlo.
—No me da miedo que sepan quién fui. Me da miedo que crean la versión de un hombre rico antes de escuchar la mía.
La cena parroquial reunió a ganaderos, comerciantes y familias de toda la región. Arturo llegó con Matilde del brazo. Durante 20 minutos fingió cortesía. Después se acercó a un grupo junto a la chimenea y comenzó a hablar con una voz baja diseñada para viajar.
—En Chihuahua hubo una casa donde cierta empleada confundió gratitud con derechos. Cuando se le pidió irse, desaparecieron papeles privados.
Elena cruzó el salón antes de que terminara.
—Prefiero contarlo yo.
Las conversaciones murieron. Gabriel se colocó a pocos pasos de ella.
—Trabajé 3 años en la casa de Arturo Renán —dijo Elena—. Entré como ayudante de cocina. Él me prometió matrimonio, una casa y una vida que nunca pensó darme. Mientras yo esperaba, se comprometió con la hija de un socio. Me despidió el mismo día de su boda y ordenó que nadie me diera trabajo.
Arturo sonrió con desprecio.
—Eso no explica los documentos.
—Los documentos eran cartas que usted me escribió. Me las llevé porque tenían mi nombre y porque eran la única prueba de que no había imaginado 3 años de engaños. No robé dinero ni información del banco.
Matilde miró alrededor, esperando que el pueblo condenara a Elena. Nadie habló.
—¿Y quién te enseñó a cocinar? —preguntó una mujer.
Elena respiró hondo.
—Un chef francés llamado Marcel, contratado para las cenas de Arturo. Yo limpiaba sus ollas y observaba desde la puerta. Él terminó enseñándome porque decía que una persona capaz de probar una salsa 1 vez y recordar cada ingrediente no debía pasar la vida escondida.
Arturo perdió la sonrisa.
—Una historia conmovedora no cambia lo que eres.
Gabriel avanzó.
—Ella acaba de decir lo que es. Usted sólo ha demostrado lo que hizo.
El murmullo del salón se volvió contra Arturo. Sin embargo, él sacó una carpeta de cuero.
—Entonces hablemos de usted. Compré el pagaré de La Soledad. Según esta cláusula, el adeudo completo vence en 15 días. Si no paga, el banco se queda con las tierras del norte.
Gabriel revisó el documento y palideció.
—Yo nunca firmé esta modificación.
Matilde bajó la mirada.
—Yo le di copias de tus libros y de tu firma —confesó—. Efraín debía dinero. Arturo prometió cancelar su deuda si tú vendías esas tierras. Pensé que era mejor perder una parte del rancho que ver destruida a la familia de Ana.
—¿Entregaste mi casa para salvar a tu yerno?
—¡También era la herencia de mi hija!
Gabriel cerró la carpeta con fuerza.
Elena alcanzó a ver la firma en la última página. El trazo final descendía hacia la izquierda. Había visto esa misma imperfección muchas veces en Chihuahua, en cartas que Arturo ordenaba copiar a sus empleados.
—Esa firma no sólo es falsa —dijo—. Sé quién pudo haberla hecho.
Arturo se volvió hacia ella, y por primera vez mostró miedo.