Tres días después Martín apareció.
Entró sonriendo demasiado.
—Tenemos que hablar.
Yo seguí tomando café.
—Te escucho.
Se sentó enfrente.
—Cometí un error.
Yo asentí.
—Ajá.
—Pero no hay que destruir una vida por algo pasajero.
Lo miré.
—¿Algo más?
Se acomodó.
—Ella ya sabe que no vamos a seguir.
Qué rápido.
Le pregunté:
—¿Y por qué ya sabe?
Se quedó callado.
Levanté una carpeta.
—¿Será porque también se enteró de que la fábrica y la casa están a mi nombre?
Se puso rígido.
Silencio.
Después preguntó:
—¿Cómo que están a tu nombre?
Lo miré.
Quince años.
Quince años viviendo ahí.
Quince años entrando a una fábrica.
Y nunca había leído un papel.
Le mostré copias.
Vi cómo cambiaba la cara.
Primero confusión.
Después miedo.
Después cálculo.
—Pero… eso lo arreglamos…
Le sonreí.
—¿Lo arreglamos?
Ese mismo día se fue.
No solo él.
La amante también desapareció.
Pero la historia no terminó ahí.
Dos semanas después recibí un mensaje.
Era ella.
Sí.
La misma.
Decía:
“Perdón si fui dura contigo. Yo no sabía que eras socia.”
Le respondí:
“No era socia.”
Tardó unos segundos.
“¿Entonces?”
Contesté:
“Era la dueña.”
Nunca respondió.
Meses después hice cambios en la fábrica.
Ascendí gente que llevaba años trabajando.
Quité puestos inventados.
La empresa empezó a funcionar mejor.
Y una tarde me crucé a Martín.
Me preguntó:
—¿De verdad nunca me vas a perdonar?
Le respondí:
—Te confundiste. Esto nunca fue castigo. Solo dejé de regalarte lo que siempre fue mío.
Me fui.
Y mientras manejaba me reí sola.
Porque al final no perdió una esposa.
Perdió el personaje principal de su propia historia.
Moraleja: antes de burlarte de alguien por parecer tranquila, fijate quién firma los papeles.
Si este relato te sacó una sonrisa, tben Facebook y contame:
¿Vos le hubieras avisado antes… o también dejabas que descubrieran solos quién era el verdadero dueño?