No necesitaba combinar con ninguna otra.
Era imperfecta.
Pero era mía.
En mi siguiente cumpleaños regresé sola a San Diego.
Contraté al mismo fotógrafo.
Esta vez, cuando me pidió que sonriera, no tuve que obligarme.
El océano seguía siendo igual de inmenso.
El viento volvió a enredar mi cabello.
Pero ya no había nadie detrás de mí a quien necesitara vigilar.
Antes de abandonar el acantilado, recibí un mensaje desde un número desconocido.
Era Adrian.
“Todavía pienso en lo que perdimos”.
Miré la pantalla durante unos segundos.
Después tomé una fotografía del mar y le respondí:
“Tú no perdiste nuestra historia el día que te descubrí. La perdiste cada vez que elegiste mentirme”.
Bloqueé el número.
Y seguí caminando.
Aquel cumpleaños comprendí algo que ojalá hubiera aprendido mucho antes:
A veces, la peor traición no es descubrir que alguien dejó de amarte.
Es darte cuenta de que llevabas años abandonándote a ti misma para conservarlo.
Y la mejor venganza no fue ver cómo Adrian y Vanessa se destruían.
Fue volver a mirarme al espejo sin preguntarme por qué yo nunca había sido suficiente.
Porque siempre lo fui.
Simplemente estaba pidiendo amor en el lugar equivocado.